Sin duda la prensa de calidad en internet es imposible, salvo que los lectores paguen por ello. Los problemas a los que se enfrentan los periódicos digitales para obtener publicidad no tienen nada que ver con los que tienen que afrontar sus versiones en papel. La prensa escrita es un compartimento estanco en sí mismo, pero Internet no lo es. Internet es una especie de conglomerado de empresas de comunicación, páginas estáticas de información, páginas de ocio, enciclopedias, redes sociales, foros… La tarta publicitaria en Internet cada vez está más segmentada, al tiempo que la de otros medios, como la televisión, lo está cada vez menos.

El problema de los periódicos digitales es que tienen que competir con páginas web que apenas tienen que hacer esfuerzos para conseguir visitas y, por lo tanto, publicidad. Una página de descargas directas, un buscador como Google, una red social como Facebook o un portal de vídeos como YouTube se valen de las aportaciones de sus propios usuarios y lectores que, al mismo tiempo, comparten contenidos y hacen crecer la propia página web. Un periódico tiene que mantener una plantilla de periodistas, normalmente titulados universitarios, que trabajan muchas horas al día y que están continuamente actualizando los contenidos del propio periódico. Encima, esos contenidos tienen limitaciones de idioma y de proximidad geográfico y por lo tanto de interés. Es difícil que a un chileno le interese la última sesión de control al Gobierno de Rajoy, aunque pueda entender la noticia, redactada en castellano.

YouTube o Facebook tienen que asumir grandes costes de personal, pero, en comparación con un periódico, increíblemente menores en proporción al contenido que alojan sus servidores o al tráfico que generan. Y, encima, su facilidad para que estos contenidos aumenten es infinita. Su labor es básicamente de mantenimiento y custodia.

Y de recogida de beneficios. Esa diferencia básica entre generar y no generar los propios contenidos es la que hace imposible que los periódicos digitales puedan obtener los ingresos que deberían, porque no tienen poder. Antiguamente la prensa escrita, limitada a unas cuantas cabeceras, podía regular los precios de la publicidad. En Internet esta regulación es mucho más complicada, pues la prensa tiene que enfrentarse a una competencia mucho mayor y a empresas, como Google o Facebook, que pueden cobrar mucho menos por la publicidad y seguir siendo rentables.