Todo el mundo ha admitido que los cinco eurodiputados del partido de Pablo Iglesias en las últimas elecciones europeas fueron una sorpresa. Una sorpresa que ha llenado de optimismo a determinados movimientos o grupos sociales que parecían escépticos y aletargados. Nos guste o no, algo ha cambiado.

Podemos es el primer partido político en la historia de la democracia (probablemente de la democracia continental) que con menos del 8% de los votos en unas elecciones europeas, habla como un futurible partido de gobierno. Estos chicos se lo creen y van a por todas, y si para conseguir llegar al poder (del que luego será más difícil que se bajen) tienen que aparentar cierta moderación, lo harán. Y es que es llamativo el cambio de discurso de Pablo Iglesias en los últimos días. Hace seis meses aseguraba que había que salir del euro, que había que nacionalizar la banca, la energía y los transportes o que había que controlar la fuga de capitales. Sí, Iglesias da por segura esa fuga de dinero en el mismo momento en el que sus medidas comenzaran apasear por el Congreso con alguna posibilidad de ser aprobadas. No lo digo yo, lo admite él. Todo eso ahora es historia.

La actual estrategia de Podemos es la de parecer un partido democrático y centrado, alejado del chavismo y, por supuesto del comunismo, ideologías que el líder del partido ha defendido durante lustros y que ahora parece haber olvidado de repente. Pero los votantes le han venido a ver, y con tal de intentar rascar algunos votos, Pablo es capaz de tragarse sus filias de extrema izquierda y de intentar parecer un ciudadano moderado, casi un hombre de Estado. Si sigue a este ritmo, en un año será difícil distinguir su mensaje del que tendrá el PSOE. Y cuando el mensaje extremista de los miembros de Podemos quede totalmente anulado por su propia prudencia, veremos el recorrido real del partido.

Pablo Iglesias sabe de sobra que si anuncia nuestra salida del euro o expropiaciones al amanecer, su techo de votantes será limitado. También sabe que alabar las atrocidades que ocurren en Cuba o en Venezuela no le conviene para su imagen (sobre todo cuando se rumorea que le financian en la sombra). Por eso Iglesias matiza su mensaje. Eso no quiere decir que si algún día rasca poder no vaya a aplicar una por una las medidas que en el fondo de su alma desea aplicar. Y si algún día lo hace, incumpliendo por exceso sus propias promesas, los votantes y defensores de Podemos asegurarán que otros políticos antes también mintieron en sus programas electorales. Y así se cerrará un ciclo de estupideces, excusas y reproches en el que, lejos de avanzar, habremos retrocedido a un penoso estado de pobreza y de falta de libertades que pocos admitirán y que quedará justificado por la incompetencia que demostraron los dos grandes partidos cuando sí pudieron gobernar.

No es agradable comprobar que un político y un líder de opinión va matizando su mensaje (sin rubor y con cierta habilidad) de un día para otro para intentar administrar un éxito que ni él mismo esperaba. No es agradable, porque esa adaptación pública de sus ideas le convierte en un cínico de primer nivel y por ello en un tipo políticamente peligroso, capaz de mentir sin pestañear sobre sus verdaderas intenciones y deseos.

Si mañana por la mañana Pablo Iglesias se despertara en Moncloa siendo presidente del Gobierno, tal vez al principio sentiría vértigo de sus propias ideas, pero sospecho que cuando llegara la hora del almuerzo, Pablo ya estaría eligiendo qué empresas sería más conveniente expropiar y que fortunas sería más apropiado repartir entre el nobel pueblo.