El pasado domingo un espectador del Villarreal-Barcelona lanzó un plátano al campo en el momento en el que Dani Alves se disponía a lanzar un saque de esquina. El lateral del Barcelona, sin dudarlo apenas, se agachó, cogió el plátano y se lo comió, para sacar seguidamente el córner. El gesto fue maduro e inspirador, tanto que no quedó ahí. En pocas horas el propio plátano se convirtió en un símbolo contra el racismo en las redes sociales en las que otros deportistas de distintos países mostraron su apoyo al jugador culé fotografiándose junto a la citada fruta. A los deportistas se unieron pronto artistas o periodistas y finalmente personas anónimas. El tema llegó a la presidenta de Brasil, que calificó el gesto de Alves como “una respuesta osada y fuerte al racismo en el deporte”.

Todo iba bien hasta aquí, pero la cosa se torció un poco en la noche del lunes. La cadena brasileña Radio Globo entrevistó al propio Alves sobre el asunto. El jugador culé no estuvo a la altura y lejos de haber dado el asunto por superado, dejó caer algunas perlas, como esta que dedicó a España:

“Existe racismo contra extranjeros. Ellos venden el país como del primer mundo, pero en algunas cosas están muy atrasados”.

España no se vende como el primer mundo, sencillamente forma parte de él. Valorar a 47 millones de personas por la actitud de una de ellas sería lo equivalente a valorar a todos los brasileños del planeta por el comportamiento de Alves. ¿Todos los jugadores brasileños fingen? Es más, ¿todos los ciudadanos brasileños fingen, visten de forma extraña y se graban bailando de pie en la cama? No creo.

Alves usa un ejemplo concreto para definir a todo un país. Eso es justamente lo que hacen los racistas, eligiendo torpezas o fechorías de determinados individuos para definir y despreciar a toda una raza. Si España fuera un país racista, Alves no llevaría doce años jugando en nuestra Liga. Si España fuera un país racista, el socio del Villarreal no habría sido expulsado de por vida del campo (de por vida, no por dos meses), ni Alves habría tenido el sonoro y generalizado apoyo que ha recibido de futbolistas, políticos, artistas, periodistas, empresas y personas anónimas. Apoyo que, evidentemente, Alves no ha sabido valorar. Una pena.

Pero, por desgracia, las torpezas de Alves no acabaron ahí. En la entrevista a Radio Globo también mostró su sed de venganza:

“Si pudiera, pondría la foto del seguidor en Internet para que pasara vergüenza. No saldría del estadio”.

¿”No saldría del estadio”? ¿Qué quiere decir? En fin. En este país, que intentamos que sea serio, no se sanciona a nadie por venganza, sino por justicia. Exponer al escarnio público (o a la violencia, como insinúa Alves) a un individuo que ha metido la pata sería poco menos que ponerse a la altura del propio aficionado del Villarreal. Este tipo de cosas pronto se convierten en un concurso de a ver quién propone el castigo más original para el culpable. Esta vez Alves ha tomado rápidamente la delantera y ha sido el primero en proponer cierta tortura. Así como Alves demostró una madurez y una altura de miras notable cuando se comió el plátano, al final ha metido la pata de forma igualmente notable con sus ridículas declaraciones. Un gesto que había resuelto el tema de forma elegante, estropeado por unas palabras que revelan el verdadero sentimiento de Alves.

Por cierto, es improbable, pero no imposible, que la persona que lanzó el plátano al campo ni siquiera supiera que era Alves el que andaba por allí. Puede (solamente puede, insisto) que lanzara la dichosa fruta sin saber bien si el que andaba por allí era Alves, Messi o Fábregas. La primera vez que yo vi la acción, y a Alves agachándose a por el plátano, no lo relacioné con un posible asunto de racismo. Tal vez no lo hice porque yo, de primeras, no veo relación alguna entre Alves y un mono. Precisamente son los prejuicios de todos, incluidos los del propio Alves, los que provocan que un plátano volando sobre el césped de El Madrigal sea visto como un asunto de racismo. El día que eso no ocurra, el día que en nuestra mente un mono y un brasileño estén lo suficientemente alejados, un plátano lanzado desde la grada será como una manzana, como una botella o como la cabeza de un cochinillo.

En el fútbol no hay racismo 

Acabemos con lo que realmente importa. Recuerdo hace unos años un partido de Copa del Rey en El Plantío, el campo del Burgos. El equipo visitante era el Celta de Vigo. Uno de sus laterales de entonces sigue jugando en Primera y sigue teniendo un problema en el habla. A unos diez metros de mí un tipo desde la grada se pasó 45 minutos recordándole a este jugador del Celta, con diferentes adjetivos, que era tartamudo. ¿Esa persona tenía algún tipo de fobia o de manía persecutoria con o contra los tartamudos? ¿Perseguía a las personas con algún problema en el habla? No, sencillamente se olvidó del tema en cuanto el jugador del Celta comenzó a jugar en la otra banda en la segunda parte.

En los campos españoles no hay racismo. Lo que hay es poca educación y muchas ganas de tocar bien los huevos a los jugadores del equipo rival. El espectador maleducado buscahacer daño al rival como sea. Si es portugués, porque es portugués, si es bajito, porque es enano, si es negro, porque no es blanco, y si tiene melenita rubia, porque es maricón. Y así un largo etcétera. En muchas ocasiones, en un mismo partido un aficionado es capaz de insultar a un jugador de color del equipo visitante y aplaudir a un jugador igualmente de color de su propio equipo. No nos engañemos, no hay racismo en el fútbol.