Es triste ver abdicar a un buen Rey por acumulación de torpezas, propias y ajenas. Si hiciéramos balance de sus casi cuarenta años de jefe del Estado, hallaríamos sin duda alguna muchos más aciertos que errores. Pero la memoria de los españoles es corta y la honestidad irregular.

La envidia es uno de los deportes nacionales y uno de los principales detonantes que provocan cualquier tipo de razonamiento. No descubrimos nada, pero es bueno recordarlo. En tiempos de bonanza económica a nadie le importaba los servicios a los que pudiera acceder el monarca aprovechando la libertad de horarios, porque la mayoría de los españoles también se podían permitir acceder a ese servicio. En aquellos años, unos Juegos Olímpicos eran recibidos con alegría y con emoción y eran vistos como una gran oportunidad de futuro.

Pero en tiempos de vacas flacas y populismo de plató no pasamos ni la más mínima a nadie. La prima de riesgo (a la cual tampoco prestábamos atención antes de 2009) se disparaba mientras el Rey disparaba (a su vez) sin piedad a paquidermos en sus vacaciones por África. El escándalo que se formó fue mayúsculo. Parecía que don Juan Carlos jamás hubiera tenido vacaciones o jamás hubiera disparado a animales en su tiempo libre. El tema se liaba tanto que veíamos por primera vez a alguien pedir perdón en España. Los fotógrafos, atónitos, no podían parar de captar imágenes mientras el comité Guinessestudiaba el caso cuidadosamente. Poco después Corinna se convertía en un personaje que llevaba a la información nacional y a la del corazón a fundirse en una misma catarata de rumores jamás probados. El caso concluía con la publicación de la obra de precisión ‘La Soledad de la Reina’, escrita por Pilar Eyre, periodista que aseguraba que Jesús Gil, años después de muerto, realmente estaba viviendo en Venezuela.

Caso aparte es la supuesta corrupción de Iñaki Urdangarin, yerno del Rey, de cuyos sucios negocios no puede tener la culpa el monarca. Además, que el ex jugador del Barcelona sea un presunto corrupto no es motivo suficiente para que todos los españoles presentes y futuros cambiemos nuestra forma de gobernarnos. Esperemos, eso sí, que la Justicia pueda estar a la altura.

Ahora que el monarca se jubila, algunos quieren aprovechar para traernos la república. Pero la suya, la de sus sueños, inspirada en la Segunda, que ninguno de ellos vivió y que fue tan idílica que cambió quince veces de Jefe de Gobierno. La extrema izquierda cree que lo democrático es celebrar un referéndum para que los españoles decidamos qué forma de gobierno queremos. Al mismo tiempo que piden el referéndum, piden la república y ondean banderas de la Unión Soviética. Así es complicado tomarse en serio sus reivindicaciones, pero lo de la sutileza no es su fuerte. En serio, no es de recibo pretender dar lecciones de democracia mientras portas una bandera comunista (que traes de casa y que previamente has comprado). Si hace unos días nadie protestaba por la monarquía, es que tanto no preocupa el tema realmente.

El oportunismo es evidente, pero basta con decirle a un tonto o a un español que quieres saber qué opina de algo para que te dé su opinión. Ahora que no hay Liga, el aburrimiento de miles de españoles una tarde de domingo cualquiera es tan grande que prefieren participar en un referéndum antes que quedarse en casa viendo una película de Antena 3. Lo peor es que la desesperación en España es tan grande que muchos creen que a base de participar en votaciones podrá mejorar su situación personal: “introduzca usted la papeleta aquí, que ya verá qué pronto se solucionan todos sus problemas”. En nuestro país la política ocupa tanto espacio que algunos todavía ni se han enterado de que son ellos los que tienen las riendas de su propia vida cada vez que se levantan de la cama por las mañanas.

Seamos serios. No es justo hacer un referéndum sobre una cuestión que no tiene marcha atrás en un momento de convulsión social. Imaginemos que se destapa el caso en el que una pareja de homosexuales ha abusado durante años de media docena de menores de edad a los que mantenía secuestrados en una vivienda. Los medios exprimen hasta la última gota del morbo del caso. Hay portadas, horas y horas de televisión y fotos terribles. La sociedad está enfurecida, y cuando la sociedad está enfurecida lo confunde todo. ¿Sería justo hacer un referéndum sobre la aprobación de la adopción por parte de parejas homosexuales en plena vorágine informativa del caso? Evidentemente no, incluso siendo un asunto de carácter reversible.

Soy consciente de que el ejemplo es exagerado, pero creo que también es ilustrativo. Puede usted mismo pensar en la serie infinita de casos, situaciones y contextos (con minorías o no) que podrían influir en una votación de este tipo.

Es cierto que la democracia no siempre puede esperar a que la paz social sea perfecta (ahí están de ejemplo las elecciones de 2004, marcadas por unos terribles atentados que afectaron claramente a la hora de votar), pero sin duda hay momentos más “neutrales” para celebrar una consulta de esta importancia.

La monarquía no durará mucho tiempo en España, pero es ridículo forzar la llegada de un momento que podemos alcanzar de manera natural. El día que los españoles sepan que ya no necesitan un Rey, nadie tendrá que salir a gritar a la calle para decirlo. Se sabrá y se harán los cambios pertinentes contando con la casi total unanimidad aconsejable. Un país serio no puede cambiar su forma de gobierno porque un reférendum diga por un par de votos que hay que hacerlo. Y mucho menos puede cambiar su forma de gobierno porque lo pidan en las calles anarquistas y comunistas, que cuando gobierna la derecha viven en una manifestación continua y a los que el país realmente les importa una mierda.