Desde las pasadas elecciones europeas estamos asistiendo a algo políticamente novedoso y deplorable: es la primera vez en la historia de nuestra democracia que alguien defiende a un partido político con la amenaza, con el argumento del miedo, en vez de destacando las virtudes de esa formación política. Los seguidores de Podemos no dicen “si Pablo Iglesias llega a presidente, la economía española florecerá como un campo en primavera”, no. Lo que dicen es “si Pablo Iglesias llega a presidente, empobrecerá a todas las personas a las que tengo envidia y machacará a todos los que no apoyan nuestra causa comunista. Ten miedo, porque te vamos a joder”. Hace tiempo que escuché por primera vez eso de “violencia es”, o eso de “que el miedo cambie de bando”, una expresión que ya presupone bandos y que resulta impropia de una democracia medio decente. Ahora llega lo de “la casta” y lo del miedo y lo de “se te acaba el chollo” (¿?).

Podemos aglutina básicamente ese voto del odio, del rencor, de la revancha, el voto del “a ti te va bien ahora, pero cuando el de la coleta gobierne te va a ir de puta pena y yo te voy a mirar desde arriba”.  Es algo insólito. Desde que yo tengo uso de razón, jamás en este país unos votantes les recordaron a otros que deberían tener miedo por lo que pudiera pasar. ¿Se acuerdan de aquello de “somos el 99%“? Ha pasado a mejor vida. Ahora poco importa cuántos seamos, pero el caso es que seamos como ellos dicen que hay que ser a la fuerza.

Es cierto que el enfrentamiento izquierda-derecha o el de pobres contra ricos (más cínico aún) siempre han existido, pero tengo la sensación de que hemos llegado a otro nivel, inesperado en una democracia que intenta madurar. Mención aparte merece el indecente papel que representó el gobierno de Zapatero sacando el baúl de los recuerdos la Guerra Civil. Como le dijo el ex presidente a Gabilondo: “Voy a dramatizar un poco, nos conviene que haya tensión”. De aquellas tensiones viene esa sed de venganza, trasfondo del pensamiento de cada vez más españoles.

La crisis ha sacudido España de arriba abajo y no son pocos los que han salido a zarandear a la nación para ver por dónde puede romperse definitivamente. Son los del “cuanto peor, mejor” para los que nada es suficiente salvo el caos (eufemísticamente llamado “estallido social”). Son esos capaces de criticarlo todo, absolutamente todo: el sistema de gobierno, el modelo educativo, el sistema de pensiones, el sistema electoral, la televisión pública, los impuestos, el dinero de los demás e incluso la bandera, el territorio o el capitalismo mismo. Para ellos ni un único elemento de los que conforman “el sistema” y de los que configuran este país es válido, porque no son ellos los que lo han constituido ni los que han dado su visto bueno. Nadie les ha consultado, así que nada les es legítimo.

Los del “cuanto peor, mejor” son aquellos capaces de discutir cada paso en el camino y cada piedra que hemos puesto todos estos años para construir este país al que todavía algunos llamamos España. Son esos que creen que no solamente lo harían mejor que todos los demás, sino que son esos que nos dicen que tú y yo debemos tener miedo porque la venganza por todos nuestros desmanes será terrible. Son esos que etiquetan de facha, de casta o de reaccionario a todo el que no está de acuerdo con sus ideas. Son los que dejan muy claro que eres su enemigo, que no hay lugar para el debate ni para el matiz que pretenda poner en duda la divinidad de su líder. Son esos cuya fe es irracional.

¿Alguien se siente responsable de lo que está pasando en España? ¿Alguien se ha enterado de lo que está ocurriendo? ¿Es preocupante la situación? Algunos hablan de un ambiente de preguerra, pero sin duda exageran y equivocan el tiro. En España no habrá guerra alguna. Para evitarla ya tenemos la democracia en la que tenemos excesiva fe y a la que todo fiamos. En Venezuela se instauró una pseudo dictadura y se cambió el país en su totalidad, nombre incluido, sin guerra alguna. No vale la pena ni recordar cómo Hitler (permítanme el recurso) llegó al poder.

En una democracia como la española, el odio (doping de las ideologías extremas) será canalizado a través de las elecciones. A partir de ahí será sencillo utilizar los elementos democráticos para someter a la mitad de la población valiéndose de la otra mitad. En Venezuela el experimento comenzó hace ya 16 años con un Hugo Chávez jurando la Constitución al mismo tiempo que prometía cambiarla, tal como hizo Pablo Iglesias hace algunas semanas en el Congreso.

A algunos nos preocupa el futuro, en efecto. Pero no porque formemos parte de la casta o porque se nos pueda acabar un supuesto chollo. Nos preocupa lo que los extremistas de cualquier color puedan hacer con el país y con nuestro futuro. Algunos pensarán que ya peor no podemos estar. A esos les recomiendo que viajen más.

No sé en qué momento hemos aceptado el discurso del miedo, el discurso de la clase a repudiar, de la etiqueta, el discurso de que la coacción es democracia y el terrorismo es política. No entiendo que nadie se haya levantado a señalar a todos esos que quieren acabar con todo lo que hay en pie. Todo ha sido rápido pero sutil. Lo peor es que tengo la sensación de que sí hay motivos para el miedo. Así que, si alguna vez unos tipos deciden, con el apoyo del pueblo dócil, reducir todavía más nuestras libertades e ilusiones, no podremos decir que no nos habían avisado.

P.D.: si alguien le dice a usted “tienes miedo, se te acaba el chollo”, haga el favor de mandarle a tomar por el puto culo.