No soy un liberal de manual, de los que compran libros y llenan su cabeza de teorías y citas sobre el asunto. Ni siquiera sé si cumplo todos los requisitos necesarios para considerarme liberal. Coincido con los liberales en algunas cosas, como que los políticos cuanto menos molesten, mejor. Tampoco creo en la colectividad. A pesar de que me gusta el fútbol, odio los trabajos en grupo (en los que tienes que escuchar todo tipo de opiniones antes de acabar imponiendo lo que a ti te da la gana para sacar un 9). El caso es que mi opinión sobre los liberales es la que es, desde fuera, como mero espectador, lo que implica que mi visión puede no ser del todo precisa.

Creo que los liberales en España no dejan de ir de fracaso en fracaso. Debe de ser duro y frustrante tener la fórmula del éxito económico y de la prosperidad de las naciones y no ser capaz de que la idea cale de verdad en la sociedad. Es enorme la incapacidad de los liberales para abrir algún tipo de debate que impregne las opiniones de nuestros ciudadanos. Difícilmente encontrará usted a alguien defendiendo la libertad en la barra de un bar o en ForoCoches. Ni siquiera la palabra “libertad” forma parte del lenguaje de los ciudadanos, ni mucho menos de los políticos, alérgicos al asunto.

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Eliminación de ideas en la playa. Óleo sobre lienzo absolutista

En España se habla demasiado de derechos adquiridos y demasiado poco de libertades adquiridas. Como dice algún genio por ahí “¿para qué quiero yo libertad si no tengo trabajo?”. La política ocupa tanto espacio, que es casi extraña la idea de que uno debe controlar su propia vida sin esperar a que el Gobierno le dé un trabajo, una subvención y una ayudita. Ha tenido que llegar una enorme crisis económica para que nos diéramos cuenta de lo poco que se hablaba de emprender en nuestro país. Y aunque parece que algo espabilamos, queda mucho (muchísimo) por avanzar en este asunto.

En definitiva, la corriente generalizada, el pensamiento medio del español corriente está tan lejos de las teorías liberales, que las únicas discusiones que tienen algo que ver con la libertad son las que un adolescente tiene con sus padres para que le dejen volver más tarde a casa un sábado por la noche.

En las últimas Elecciones Europeas el partido liberal español (diría que es el único), Partido de la Libertad Individual (P-Lib), obtuvo unos ridículos 9.644 votos. Treinta y dos formaciones políticas recibieron más votos que el partido liderado por Juan Pina, al que nadie conoce. Salga usted a la calle y pregunte a cien personas si conocen al señor Pina. Probablemente nadie le conozca. Pregunte, de paso, por un tal Pablo Iglesias.

Lo mínimo aceptable sería algo alrededor de cien mil votos, que son menos todavía de los que obtiene el Partido Animalista con sus gilichorradas sobre perros y gatos. Esa sería una posición aceptable para poder aspirar a obtener representación algún día. De momento, lo importante es participar.

En el P-Lib falla todo, desde el nombre. Es de suponer que la marca ‘Partido Liberal’ ya estaba cogida. Existió un partido con ese nombre durante la transición, pero pronto fue fagocitado, dividido, reunido y destruido, pero tal vez conserven, irónicamente, el nombre registrado. Como consuelo, es bueno recordar que P-Lib obtuvo 2.076 votos en las Elecciones Generales de 2011. Si sigue creciendo a este ritmo y en la misma proporción, obtendrán 10 millones de votos para el año 2027. Suerte.

Una de las claves del fracaso de los liberales es que han sido incapaces de formular mensajes sencillos para el común de los ciudadanos españoles. Hasta que un liberal hablando en la tele no sea capaz de conseguir que mi padre no cambie de canal, no habrán llegado a nada. Hasta que un liberal no sea capaz de introducir un mensaje o una idea en el debate nacional, difícilmente encontrarán más apoyos. En este sentido, Pablo Iglesias con sus mensajes simplistas y sus discursitos de tertulia barata ha dado toda una lección a los liberales. Sí, es totalmente cierto que Iglesias no tiene ni pajolera idea de economía. Pero dado el nivel del espectador medio, es esta ignorancia compartida la que le acerca al público, igualmente ignorante en la materia.

Basta ya de grandes economistas liberales que una de cada cuatro palabras que pronuncian son en inglés. Basta de liberales contando marcianadas por la televisión, como que habría que privatizar las aceras y los ejércitos. Dejen ya de tirarse piedras sobre su propio tejado.

Es cierto que hay autores y economistas liberales que tienen buen número de seguidores y que venden exitosamente sus libros. Y es cierto que esos seguidores son muy fieles. Pero, por desgracia, la capacidad de estos autores de captar nuevos adeptos a la causa es limitada (no nula, pero sí limitada). Lo normal es que sus lectores sean personas ya convencidas que solamente buscan reafirmar sus propias ideas con libros más o menos complejos, con gran cantidad de verdades pero poca capacidad de atrapar a lectores indecisos y espectadores de Sálvame.

Los liberales venden libros, pero la batalla real se da en la televisión, donde los liberales se pasean con más pena que gloria. Y, lo que es peor, pasan por los medios sin decantar su apoyo por ningún partido político concreto, tal vez por coherencia liberal o algo así. Mi consejo es que opten por la incoherencia, como hace Pablo Iglesias, que da ruedas de prensa hasta en el Ritz sin despeinarse. ¿Por qué no un liberal dando un discurso en la sede de UGT y apoyando a un partido liberal concreto? También pueden intentar conseguir el apoyo de alguna gran estrella mediática como algún gran deportista, un ganador del Nobel o Belén Esteban, que parece de fácil convencer.

A nivel mediático, el único avance real del liberalismo en España seguramente es Libertad Digital. Por desgracia tengo la impresión de que el crecimiento del grupo de comunicación se ha estancado. No he consultado un solo dato para emitir ese juicio, que conste (periodismo de precisión).

Desde la Transición la palabra “libertad” ha caído en desuso en España. Y ni siquiera aquel uso de la palabra era exactamente el de la corriente liberal, sino más bien una respuesta rebelde, cursi y lógica a la dictadura. No parece que esto vaya a cambiar de verdad. No parece que vaya a surgir un movimiento liberal que sirva de “palanca” para el cambio, citando a quien ya saben. Es más, España camina en el sentido contrario. Y lo hace porque mientras unos no han sabido pasar de libros sesudamente escritos, otros se han subido al carro verdadero de la democracia y han sabido tocar las teclas necesarias antes de crear formaciones políticas en las que desembocan ahora sus intenciones y creencias. ¿Cómo es posible que no haya surgido un Pablo Iglesias liberal? Seguramente por la aversión liberal a la política y al Estado, rechazo que comparto. Por supuesto, el ansia por convencer a otros de tus ideas no es el mismo en un comunista que en un liberal. Para un liberal lo ideal sería que cada uno pensara lo que quisiera y que nadie pudiera imponer sus ideas a nadie. Por desgracia el mundo real no es así, y mientras algunos no descansan a la hora de lavar cerebros, otros somos más de “piensa lo que quieras, subnormal”.

Ojalá el liberalismo español vuelva a la realidad y algún día supere su etapa de continuo debate interno y de libros sobre el patrón oro y trace un camino político real que intente cambiar las cosas desde la política y la democracia. Porque, encima, si Pablo Iglesias publicara mañana un libro con sus infumables soflamas, vendería más ejemplares de los que han vendido todos los liberales juntos en el último lustro. El colmo.