Si me hubieran dicho que en 2014 en una tertulia política española iban a debatir sobre la libertad de los medios de comunicación, no me lo hubiera creído. Pero sucedió anoche porque Pablo Iglesias ha puesto el tema en la mesa del debate nacional y su mensaje (una vez más) ha calado, demostrando así que los pilares de nuestra democracia son ridículamente débiles.

El debate se perpetró en 13TV, fue breve y sorprendentemente hubo quien siguió la moda de defender los argumentos del mencionado comunista, por indecentes que sean. La ex ministra María Antonia Trujillo, ahora tertuliana (pésima en ambos papeles) aseguró entender a Iglesias y apoyó que el Estado controlara y “reordenara” (¿?) el panorama comunicativo español. Su discurso fue de un nivel bajísimo, pero ninguno de los periodistas presentes fue capaz de construir una mínima argumentación que defendiera la libertad en su profesión misma. El panorama resultó desolador, y lo único que se dijo es que la propuesta de Iglesias era sencillamente censura, a lo que Trujillo contestó estúpidamente: “Para censura la de Franco”. Lo hizo para intentar provocar a alguien, como si hubiera franquistas en la sala. Trujillo, infantilmente, estaba destrozando su argumentación. En efecto, el control de los medios por parte del Estado tiene un nombre muy claro: censura. Eso es exactamente lo que hacía el régimen de Franco, que revisaba cada publicación de prensa escrita, que prohibía a las emisoras de radio opinar sobre asuntos que tuvieran que ver con la política, que imponía unos informativos que se emitían en cadena y que controlaba el único canal de televisión que existía.

Creo que antes de terminar primero de Periodismo un estudiante ya se ha dado cuenta de que la objetividad periodística no es posible. Ni la periodística ni ninguna otra. No es posible definir ni siquiera una mosca con objetividad (uno destacaría unas características y otro otras), ni muchísimo menos se puede contar el relato del mundo con esa deseada objetividad que proclaman, por cierto, siempre los más extremistas.

Es curiosa la dualidad de ciertos individuos de la izquierda: al mismo tiempo que claman por la objetividad informativa, son relativistas. La estupidez no conoce límites, y en la cabeza del hombre habitan cientos de contradicciones, especialmente cuando es progre. Solamente es necesario hablar un minuto con un votante de Podemos para comprobar que, en efecto, la objetividad no existe.

Los seres humanos al escuchar la palabra “coche” ni siquiera nos imaginamos el mismo coche, sino que cada uno se imagina uno distinto, e incluso la idea que tenemos sobre un mismo concepto evoluciona a lo largo del tiempo (yo no imagino el mismo coche hoy que hace quince años). Como es obvio, incluso sobre un mismo concepto sencillo, los seres humanos tenemos cientos de visiones diferentes. Menos mal, si no nuestras posibilidades creativas serían mucho más limitadas.

Como la objetividad no existe, es imposible y ajena al ser humano, no puede haber sistemas de control por el sencillo motivo de que serían ineficaces, aleatorios e injustos. Los defensores de la censura dicen que podrían existir unos consejos profesionales independientes que vigilaran los contenidos y que sancionaran a los medios que, según su criterio, incumplieran sus normas. Esta propuesta solamente podría funcionar en un caso: si Dios o algún tipo de ser superior (Florentino Pérez no sirve, por poco) derramara su perfecto saber objetivo, su verdad incuestionable y señalara qué es lo objetivo y honesto y qué no lo es.

Pero de momento no hemos conseguido ese contacto con Dios (o con lo que quieran) para servirnos de esa sabiduría perfecta inalcanzable para los mortales. La propia elección de los miembros de los tribunales de control ya sería subjetiva y aleatoria, porque no existen las personas sin ideología, sin gustos o preferencias, sin prejuicios, sin dolores de cabeza o sin un mal día. Para salvar este obstáculo gigantesco, los políticos optarían por repartirse el poder de elección de este grupo de sabios según su presencia en el Congreso. Creen que así, equilibrando ideologías, filias y fobias, podrían formar un grupo efectivo, al que llamarían “comité de sabios”, pero lo cierto es que sus conclusiones serían igualmente aleatorias, subjetivas y ridículas.

¿Se imaginan un consejo censor  formado por Alfredo Urdaci, Ada Colau, Iñaki Gabilondo, Francisco Marhuenda, Miguel Ángel Revilla y Jesús Cintora? Puede que usted haya pensado que Gabilondo no debería estar en este grupo porque su prestigio y honestidad son mayores. ¿Se ha dado cuenta de lo que acaba de ocurrir? Ha hecho una valoración subjetiva sobre los miembros de este tribunal censurador. A usted le gustarían unos, a su vecino del quinto otros y a mí otros diferentes y los tres estaríamos igualmente equivocados.

Los amigos de la censura no han definido bien los límites de los tentáculos de sus comités de control, pero es de suponer que lo abarcarían todo, para reducir mínimamente esa aleatoriedad inherente. Es decir, el comité controlaría televisiones, radios, periódicos, blogs, podcasts, redes sociales y probablemente conversaciones de barra de bar. Serían necesarios miles de funcionarios leyéndolo y escuchándolo todo. La prensa deportiva cerraría en el periodo de fichajes veraniego, se multiplicarían hasta el infinito los chivatazos y las denuncias anónimas y el ambiente se enrarecería tanto como en una dictadura oficial.

Los defensores de la censura nos dicen en su neoleguaje que “el control supone mayor libertad”. Dicen además que este sistema de los comités de control de los medios ya se emplea con gran éxito en América Latina (dónde si no, siempre en la cuna de la democracia). Fíjense si el sistema es bueno que países como Ecuador, Argentina o Venezuela imponen contenidos a las cadenas privadas de televisión que deben emitir simultáneamente y en directo los contenidos elegidos por el gobierno de turno en el momento que ese gobierno decida. Sirva de ejemplo Venezuela, donde los medios de comunicación privados fueron democráticamente obligados a emitir íntegramente y en directo más de dos mil discursos (no es un decir) de Hugo Chávez entre 1999 y el día de su muerte. Venezuela es, por cierto, un país en el que el premio periodístico de mayor prestigio fue en 2014 otorgado a Miguel Rodríguez Torres, Ministro de Interior (con un par). Al recoger el premio el señor ministro hizo unas impactantes declaraciones: “El periodismo debe dedicarse a decir la verdad”.

En 2014 Venezuela ocupa el puesto 116 en el Índice de Libertad de Prensa que publica anualmente Reporteros Sin Fronteras cuando en 2002 ocupaba el 77 (Argentina ocupa el 55, Ecuador el 95 y Cuba el 170. España ha subido al puesto 35). Todo esto es lo que los amigos de la censura llaman “democratización de los medios de comunicación” y luego son los mismos que tienen el santo cinismo de gritar en las calles españolas “lo llaman democracia y no lo es”.

Es bueno recordar que este debate trasnochado surge después de que Juan Carlos Monedero, segundo de Podemos, comentara en ‘Las Mañanas de Cuatro” que había que “crear una ley de prensa” para regular la información. Su “democrática” propuesta llegó después de que El Mundo hiciera pública la relación de Pablo Iglesias y Herrira, la red de apoyo a los presos de ETA. La información del periódico madrileño solamente era la difusión de un informe de la Guardia Civil que en unas horas la propia Herrira confirmó. Días después conocíamos que en el libro ‘Conversación con Pablo Iglesias’ el líder y logotipo de Podemos reclamaba que el Estado debía controlar (es el verbo que más conjuga) los medios de comunicación y que estos no podían estar en manos de multimillonarios (advertencia: este blog no está controlado por multimillonarios).

En ningún momento anterior de la Historia existieron más medios de comunicación. Nunca hubo más canales de televisión, más emisoras de radio y más medios escritos (aunque no sean en papel). Nunca hubo mayor facilidad para acceder a la información, para compartirla y para opinar sobre ella y nunca fue más barato crear un medio de comunicación. Y a pesar de todo esto es curiosamente ahora, en este momento justo, cuando proponen que el Estado controle a los medios de comunicación.

Los regímenes totalitarios o los que aspiran a imponer ese totalitarismo construyen una sociedad respecto a unos cánones que ellos mismos establecen. Esos cánones son aleatorios, no tienen límites y pueden abarcar desde el contenido informativo de los medios hasta los libros que deben leerse, qué música resulta apropiada o qué razas son más respetables. Así funciona la cabeza de las personas de extrema derecha o la de las personas como Pablo Iglesias y los que le apoyan y defienden. Creen que el mundo debe ser como el que tienen en sus cerebros. Creen que son los buenos y que sus cánones, sus opiniones y sus gustos son la verdad absoluta y por ello deben ser impuestos a todos los demás. Por supuesto, aquellos que no acepten su visión del mundo son unos mentirosos y unos traidores y deben ser desprestigiados, humillados y si es necesario, sancionados y perseguidos. Por eso ahora dicen que necesitan un “comité independiente”, para ir purgando a los que no cuenten la verdad (la suya).

Solamente los totalitarios creen que las cosas (de cualquier ámbito) serían perfectas bajo su férreo control. Solamente aquellos con una mente realmente perturbada pueden proponer que un comité controle los contenidos de los medios de comunicación. Solamente quien no entiende la democracia puede apoyar semejante destrozo a la libertad de expresión. Y solamente unos periodistas que no conocen realmente la profesión que dicen practicar, pueden defender y aceptar ese control censor que condicionaría continuamente su trabajo simplemente con su mera existencia.

Decía Platón que hay que tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad. Que sean valientes estos que juegan a construir el mundo de todos según los esquemas de unos pocos y que a la censura la llamen por su nombre. Es lo mínimo.