En España es tiempo de debates absurdos. Mientras discutimos sobre primas a futbolistas con dinero privado y libertad de medios de comunicación (privados también), algunos se han empeñado en alabar la situación económica y no económica de Venezuela. No es una defensa honesta ni desinteresada, sino un intento de salvar el trasero a quien se empalma escuchando al comandante Chávez. Es una defensa tan débil, que al final los votantes de Podemos (sí, de estos hablaba) simplemente acaban asegurando que en España, si los neochavistas llegan al poder, no harán lo mismo que en Venezuela.

Para los dudosos y para los que quieren aprender (como yo), y dejando a un lado la bajísima calidad de la democracia venezolana, me he molestado en realizar una radiografía de la situación del país, especialmente en lo económico. Los problemas son muchos, y aquí aparecen recogidos algunos bastante significativos. También hay cosas buenas, pero por desgracia para los venezolanos, las alegrías son más bien escasas.

La economía venezolana: datos generales

Venezuela tiene una economía básicamente sostenida por el petróleo. Es el único pilar fundamental que mantiene al país en pie. Todos los demás sectores, realmente, son prescindibles.

Es curioso que los mismos que no quieren prospecciones petrolíferas en España aplaudan una economía como la venezolana, incapaz de evolucionar, y en la que el petróleo representa el 96% de las exportaciones (en 1988 representaba el 81%). Por suerte para Venezuela, el petróleo seguirá siendo muchos años un recurso natural esencial en todas las economías del mundo (por mucho que se nieguen algunos canarios), porque de momento el país bolivariano ha sido incapaz de renovar su economía y de explotar con habilidad otros sectores.

El PIB de Venezuela creció en 2013 un aceptable 1,2%. El dato queda oscurecido porque fue el país de América Latina cuya economía peor respondió. Países con menos recursos naturales que Venezuela, como Chile (+4,2%), Perú (+5,2%) o Colombia (+4%) disfrutan de la fuerte expansión económica que recorre la región mientras la república bolivariana se queda atrás. Y estos países crecen con inflaciones controladas por debajo del 3%. Y todo con mucho menos ruido, con mucho menos control por parte del Estado y con mayor libertad para sus ciudadanos.

El PIB per cápita de Venezuela es de apenas 13.600 dólares (el de España es de 30.700), ligeramente superior al de Rumanía, pero inferior al de Bulgaria, Uruguay, México o Libia . Muy lejos queda Chile, con menos recursos naturales y que desde hace casi un siglo siempre había sido más pobre que Venezuela, pero que hoy tiene una renta de más de 20.000 dólares.

Desigualdad y paro

Comencemos por la desigualdad, eso que tanto gusta recordar al progresismo español. El coeficiente Gini de desigualdad en 2012 en Venezuela fue de 0,41 (en España fue de 0,35 y en Italia del 0,31, a pesar de la crisis). A más coeficiente, mayor desigualdad. Es llamativo que sigan teniendo mayor desigualdad que cualquier país de la Unión Europea a pesar de los esfuerzos del régimen bolivariano por acabar con aquellos ricos que no sean de la casta política. Sí es cierto que Venezuela es uno de los mejores países de Sudamérica en este apartado. Pero no soy muy entusiasta con el coeficiente Gini en cuyo ranking en ocasiones Afganistán ha ocupado mejor puesto que Alemania, Suiza o Dinamarca. Espectacular.

El paro es uno de los pocos buenos datos que arroja la economía venezolana. Hoy es del 7% (según datos oficiales), cuando en 1999, cuando Chávez llega al poder, era del 14%. El desempleo oficial en economías muy planificadas suele ser inversamente proporcional a la libertad. El Estado venezolano se encarga de dar trabajo (y paguitas) a millones de personas con el dinero que obtiene de las exportaciones petrolíferas. ¿Eso es generar riqueza? No. Eso es generar dependencia, por ejemplo, contratando diariamente a más de 300 nuevos empleados públicos. Es una dependencia del país con el petróleo y una dependencia de los ciudadanos con el Estado. Es un sistema perfecto para comprar, indirectamente, votos de unos ciudadanos medio esclavizados cuyas vidas dependen de papá Estado.

El sistema de medición venezolano del desempleo es por encuesta. La pregunta que se realiza es “La semana pasada, de lunes a domingo, ¿realizó un trabajo remunerado en metálico o en especie, asalariado o por su propia cuenta, aunque sólo haya sido por una hora o de forma esporádica u ocasional?”. Es decir, si ayudaste a tu madre a poner la mesa y ella te compensó con un vaso de leche en polvo, eres considerado empleado.

Para calcular la población activa se descuenta a estudiantes, amas de casa (esto le gusta a Joan Rosell), jubilados, incapacitados, etc. De los que quedan, solamente el 54% tiene seguridad social. Es lo que llaman “economía formal”. La economía informal es la no declarada, la que forma parte de la economía sumergida. Forman parte de ella desde un vendedor ambulante hasta un traficante de alimentos. Los trabajadores de este tipo de economía no tiene cobertura médica alguna, ni pensión, como es obvio, pero son contabilizados como empleados gracias al sistema de recuento utilizado.

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Barrio propio de la capital de un país exportador de petróleo.

Más allá del crecimiento de empleados en Venezuela en la última década, desde 2001 el número de empleadores se ha reducido en más de 200.000 y la inversión privada se ha desplomado. En Venezuela abrirse paso y escapar de la miseria controlada es realmente complicado. Y es que Venezuela es el país no africano en el que es más difícil abrir un negocio. Es el país 181º del mundo en facilidad para poner en marcha una empresa según datos del Banco Mundial. Además, según este mismo organismo internacional, Venezuela es uno de los cinco países que menor protección ofrece a los inversores. Según el Banco Mundial es más seguro invertir en Vietnam o en Sudán que en Venezuela. La cosa no mejora si nos fijamos en los impuestos: Venezuela es el tercer país con los impuestos más altos del planeta, solamente superada por la República Centroafricana (es una república, al menos, ¿no?) y Chad.

En definitiva, o vives del Estado o no vives. En Venezuela es mejor olvidarse de los sueños y de las aspiraciones. Como es obvio, con el Estado controlándolo todo y las ambiciones de sus ciudadanos bajo mínimos, Venezuela es el segundo país menos competitivo de América Latina (sólo por delante de Haití) y ocupa el puesto 134 del mundo en esta cuestión (este índice lo calcula el Foro Económico Mundial, no Amy Martin). Por cierto, en 2008 Venezuela ocupaba el puesto 105 de este mismo índice, así que la progresión no es precisamente positiva.

El destino natural de una empresa en Venezuela es el de desaparecer, porque es imposible competir con el Estado, porque es muy difícil importar con una moneda tan débil y porque es difícil sobrevivir con fijación de precios por arriba y con continuas subidas del salario mínimo de los empleados por debajo.

El Índice de Desarrollo Humano publicado por Naciones Unidas determina el avance de un país en tres apartado: disfrutar de una vida larga y saludable, acceso a la educación y nivel de vida digno. Venezuela ocupa el puesto 71 de los 186 países analizados. No es un mal dato, pero sigue por debajo de países como Albania, Kazajistán o Libia, que tampoco son la cuna del progreso. España ocupa el puesto 23.

Escasez e inflación

En ocasiones, cuando una tienda va a abrir sus puertas, se generan colas en la entrada para ser los primeros en poder adquirir sus productos. En España es algo que suele ocurrir, por ejemplo, en las tiendas de Apple. En Venezuela ocurrió recientemente, cuando un comercio de Zara reabrió sus puertas el pasado mes de junio tras haber estado cerrado 14 meses por falta de inventario. Se generó una cola de cientos de personas que inundaban el centro comercial en el que se encuentra la tienda. ¿Por qué se formó esa fila en el Zara de Caracas cuando reabrió? Por varios motivos impensables en un país de Europa. Por ejemplo, por la escasez de productos y lo fácil que es no encontrar lo que uno busca y necesita. También por la incertidumbre de que Zara pueda volver a cerrar por un tiempo indeterminado y uno haya perdido la oportunidad de comprar ropa que allí consideran de calidad. Y es que a veces la escasez es de productos de primera necesidad, y a menudo es de productos necesarios para mantener un cierto estatus social, algo realmente complicado en Venezuela (salvo si eres del Gobierno, claro).

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Shut up and take my money!!!

Otro motivo por el que agolparse en las tiendas es que la ropa de calidad es un valor refugio para los venezolanos, como puede ser el oro o una vivienda para un europeo. Los venezolanos no quieren tener bolívares, desprecian su moneda porque cada minuto que pasa vale menos que el anterior. Así que intentan cambiarla por lo que sea, por dólares a poder ser. Pero cuando no hay dólares, es mejor cambiar bolívares por bienes de todo tipo. Sencillamente, una chaqueta de Zara, un buen vestido o un pantalón pierden mucho menos valor con el paso del tiempo que el propio bolívar. Poseer mercancías es mejor que tener dinero en el banco, incluso a pesar de los altos intereses, de hasta el 16%, que tienen las cuentas de ahorro normal con menos de 20.000 bolívares (unos 2.300 euros, que son las del 93% de los venezolanos). El problema es que si la inflación es del 60% (datos oficiales, no reales, y sin contar devaluaciones esporádicas), los intereses apenas cubren una pequeña parte de esa pérdida de poder adquisitivo. Es absurdo ahorrar en la moneda de Venezuela, algo que ni los líderes de la revolución hacen, que prefieren tener sus cuentas en otras monedas y en otros países (no vamos a hablar de la corrupción de los oligarcas del Estado, verdadera casta, porque esto sería eterno).

Cuando en Europa se forman filas frente a una tienda es para poder ser los primeros en comprar un determinado producto nuevo. Cuando la fila se forma en Venezuela, es para no quedarse sin el producto y con los bolívares en el bolsillo.

Más importante, si cabe, es la escasez de productos básicos, que no ha dejado de crecer desde finales de 2011. Así lo indica el Índice de Desabastecimiento, que ha tenido máximos del 60% (no estaban a la venta seis de cada diez productos básicos). Pero más allá del espeluznante dato concreto, la mera existencia de estos índices, impensables en un país europeo, revelan la situación por la que atraviesa Venezuela. Por cierto, la Canasta Alimentaria Familiar, equivalente a la cesta de la compra que calcula la OCU en España, a junio de 2014 tenía un precio de 12.000 bolívares, un 90% más que hace un año. El sueldo medio en Venezuela es de 9000 bolívares y el mínimo es, tras repetidos aumentos (25 en quince años ¿?), de 4.251 bolívares.

En Venezuela existe contrabando alimenticio. Así como en España la policía persigue el tráfico de drogas, allí se persigue el tráfico de, por ejemplo, margarina. Como el Gobierno establece precios máximos a determinados productos (cada vez a más), se genera escasez y automáticamente aparece un mercado negro de esos productos. Es algo que existió por ejemplo en Francia hace cien años o en España tras la Guerra Civil, pero impropio de un país desarrollado en el siglo XXI. Los venezolanos se ven así tentados a pagar grandes cantidades de dinero por productos de primera necesidad que, si no es ilegalmente, no pueden encontrar.

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Alijo de margarina detectado por la policía bolivariana. Condecoren.

Más allá de los productos básicos, otros productos no escasean, sino que directamente desaparecen del país o con suerte pueden encontrarse en Caracas (en otros lugares ni existen). Por ejemplo, los productos de Apple. En Venezuela hay algunos distribuidores autorizados de sus productos, que con gran esfuerzo intentan salir adelante. El problema lo tienen en los precios. Por ejemplo, un ordenador iMac de 27 pulgadas en su configuración más básica puede costar más de 220.000 bolívares, es decir, 51 veces el salario base. En España exactamente el mismo aparato cuesta 1.849 euros, es decir, menos de tres veces el salario base. El precio venezolano en España sería de más de 32.000 euros.

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Precios de un distribuidor Apple de Caracas.

Si queremos comprar un coche, por ejemplo podemos encontrar un pequeño Ford Fiesta Titanium por 390.000 bolívares, 91 salarios mínimos venezolanos, cuando en España nos costaría 17.450 euros (27 salarios mínimos españoles).

De viajar mejor no hablamos. Hay que tener suerte para encontrar un billete, por ejemplo para venir a España. Si lo encuentra, eso sí, necesitará 60.000 bolívares para comprar el billete, unas catorce veces el sueldo base venezolano. Ah, y conseguir el pasaporte puede llevarle medio año tranquilamente. ¿Pero quién quiere viajar pudiendo quedarse todo el verano en casa escuchando discursos de Maduro?

Volvamos por un segundo al asunto de la inflación. En 2013 se acercó al 60% (la mayor del mundo desarrollado), alcanzando en algunos productos, como alimentos y bebidas no alcohólicas el 73%. Restaurantes y hoteles aumentaron sus precios un 71%. La inflación no deja de aumentar año tras año y encima el país no deja de hacer devaluaciones de su moneda. ¿Qué supone tener una inflación del 60% anual? Supone que lo que hoy vale 100, dentro de un año valdrá 160, dentro de dos años 256 y en tres años 409. Es decir, los productos multiplicarán por cuatro su precio en tres años. ¿Se puede hacer un plan de vida en estas condiciones? ¿Vale la pena ahorrar o es mejor, como decíamos, gastárselo todo cuanto antes? ¿Se puede vivir con normalidad en un país así? ¿Hay motivos para el descontento?

La escasez lo alcanza todo. En la última campaña electoral del país bolivariano, por ejemplo, me llamó la atención que uno de los temas de debate eran los cortes de electricidad. ¿Se imaginan que en España la oposición echara en cara al Gobierno que hay demasiados cortes de luz? Es impensable, y desde que yo tengo uso de razón, jamás los cortes de electricidad han sido un tema de debate político. Lo increíble es que el país con las mayores reservas de petróleo del mundo sufra cortes de luz. Y no es que sea algo molesto para los ciudadanos, que lo es, sino que es un lastre para toda la economía del país. Y no, no son pequeños apagones en un par de calles. Son apagones que pueden afectar al 70% del país durante varias horas. Según el Banco Mundial, la obtención de electricidad es más sencilla, rápida y barata en Kenia, Mongolia o Zambia que en la república bolivariana. Y recuerden (permítanme insistir): Venezuela tiene el 20% de las reservas de petróleo del mundo. Increíble.

Mientras tanto, el gasto público es disparatado. Incluso con el precio del crudo en 100 dólares por barril (en 1998 era de 10 dólares) el déficit público de Venezuela alcanzó el 18% del PIB en 2013 (en España fue del 7%, en Alemania del 0,01%), un dato normal para el tipo de economía del país bolivariano. Es cierto que su deuda todavía no es escandalosa, pero al ritmo actual de gasto, pronto lo será. Los gobiernos bolivarianos han ingresado más de 800.000 millones de dólares en quince años exportando petróleo, han expropiado más de mil empresas y seis millones de hectáreas de terrenos cultivables y todavía no les salen las cuentas.

Venezuela es el único petroestado que ha aumentado su deuda en los últimos diez años. Pero el Gobierno no tiene ni la más mínima intención en dejar de gastar. Por ejemplo, la inestabilidad interna y las paranoias antiamericanas desembocaron en que el gasto militar venezolano fuera el que más creció de toda Latinoamérica (+12%) en 2013. Este gasto militar, incluyó (entre otras muchas cosas) sistemas de defensa antiaérea ante un posible (imaginario) ataque de Estados Unidos.

Sanidad 

En 2012 en Venezuela había 1,94 médicos por cada mil habitantes (Finlandia tenía 2,74 y España 3,71). Entre los cientos de miles de cubanos que han emigrado a Venezuela en las últimas dos décadas, muchos de ellos eran médicos. En definitiva, el número de médicos en Venezuela ha crecido bajo los gobiernos chavistas. Pero la esperanza de vida en el país, aunque ha crecido, todavía es de 75 años, equivalente a la de países como Vietnam, Malasia, Omán o Siria. No hay, en efecto, una relación directa entre el número de médicos de un país y la salud y supervivencia de su población. Así por ejemplo, Canadá, con 1,91 médicos por cada mil habitantes (menos que Venezuela) tiene una esperanza de vida de 82,5 años (como la de España). Singapur es otro ejemplo particular: 1,83 médicos por cada 1000 habitantes y una esperanza de vida de 84 años. Terminamos con Japón: 2,06 médicos por cada mil habitantes y una esperanza de vida de 84,6 años.

El número de médicos no es lo único que determina la calidad de un sistema de salud ni el sistema de salud lo único que determina la calidad de vida de una población. Venezuela tiene un creciente número de médicos, pero todavía son sonados los casos de cirujanos que han tenido que operar usando las linternas de sus teléfonos móviles. Queda mucho por mejorar, como ya demostró el propio Chávez yendo repetidas veces a operarse de su enfermedad a Cuba.

Educación

El índice de alfabetización de la población venezolana es alto, y ya está por encima del 95%. Desde la llegada de Chávez al poder, esta tasa de alfabetización ha crecido año tras año. Eso sí, hay que tener en cuenta que en 1999 la tasa ya era del 92%, así que el mérito tampoco es muy grande. Es más, parece simplemente un aumento normal provocado por el natural relevo generacional. Países como Bulgaria, Tonga, Moldavia, Chile o Grecia tienen tasas de alfabetización superiores al 98% y tampoco consideramos que sean grandes ejemplos internacionales en educación, sino meros países más o menos desarrollados del siglo XXI.

Respecto al informe PISA, Venezuela solamente participó en el de 2009 y no lo hizo en su totalidad, sino que fue la región de Miranda (al norte del país) la que fue sometida al test. A pesar de que Miranda es una de las zonas más ricas dentro de Venezuela, ocupó el puesto 60 (de 74) en Matemáticas y el 52 en Ciencia y en Lectura, quedando por detrás de países como Tailandia o Serbia y muy por debajo de la media de la OCDE. De haberse realizado la prueba en todo el país, el resultado seguramente hubiera sido todavía peor. Es lo que ocurre cuando pierdes el tiempo adoctrinando a los niños y jóvenes en la ideología defendida por el régimen. Éste no es asunto menor, pero el déficit democrático lo guardo para otra ocasión, como comenté al principio.

Seguridad (inseguridad, más bien)

Cada veinte minutos un venezolano es asesinado. Empezamos mal. Caracas fue en 2013 la segunda ciudad del mundo con más homicidios por habitante (en 2011 era la sexta). El año pasado, 4.364 personas murieron solamente en la capital del país de forma violenta. En toda Venezuela fueron 24.763 (increíblemente, más que en toda Europa), lo que da una tasa de 79 homicidios por cada cien mil habitantes, la segunda mayor del mundo, sólo superada por Honduras. Desde que Hugo Chávez llegó a la presidencia del país han fallecido en manos de la violencia más de 200.000 venezolanos. Venezuela tiene el dudoso honor de ser el único país de Sudamérica cuya tasa de homicidios ha aumentado imparablemente desde 1995. La herencia bolivariana.

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Por cierto, el 91% de estos homicidios queda impune, sin juicio y sin condena (por cada 100 homicidios hay nueve detenciones). La situación es tan grave que hasta los gobiernos chavistas han reconocido el desastre en varias ocasiones y han intentado corregir la situación sin obtener ningún resultado positivo hasta el momento. Tal vez es porque la policía pierde demasiado tiempo persiguiendo furgonetas con pañales de contrabando.

Por cierto, ¿alguien cree que un país con un 7% de paro tendría más de veinte mil homicidios al año? ¿La gente sale de su magnífico trabajo bolivariano y se dedica a matar conciudadanos? ¿En serio?

Nada que alabar

Estos años me he cansado de escuchar eso de “Chávez hizo cosas buenas” o “Chávez disminuyó la pobreza”. Claro, y Franco hizo pantanos y la España del 75 era mucho mejor país que la de los años 40. ¿Hemos de alabar al dictador gallego por ello? Creo que no.

Venezuela es un país destinado a formar parte de lo que conocemos como Primer Mundo. Con el 20% de las reservas de petróleo del planeta bajo su suelo (no me cansaré de repetirlo), debería ser cómodamente el tercer país más rico de América, ése es su destino. Un destino que queda lejos de la realidad actual, de tensión, inseguridad y desánimo. Solamente la inseguridad y la inflación por separado serían motivos más que sobrados para pedir a un gobierno que dejara paso a otros. Pero los problemas son muchos más.

A Maduro no le queda ningún gesto honrado que no sea el de dimitir, disculparse y admitir públicamente lo catastrófico de su paranoica gestión y de la de su predecesor. Eso ahora mismo es ciencia ficción, pues los objetivos a corto plazo del gobierno bolivariano tienen que ver con profundizar las medidas comunistas hasta que el país reviente.

Sean bondadosos o no los dirigentes venezolanos (ya les digo yo que no lo son), lo que nadie puede negar es que son unos inútiles gestionando un país que debería estar más cerca de Noruega que de Kazajistán.

Venezuela es seguramente el país en el que existe una mayor impotencia. Porque hay países pobres con todo en contra que llegan hasta donde pueden y sin aspavientos. Pero Venezuela es un país con un potencial infinito que vive secuestrado por un partido político que lo controla todo y que no se hace responsable de nada. Vivir allí cada día tiene que ser desesperante.

Defender una pseudo dictadura que mantiene a su país a la cola del mundo desarrollado por apoyar las siglas de un determinado partido político debería rechinar a los medianamente honestos. Si es precisamente la izquierda la que más dice inquietarse con las injusticias y con los necesitados, Venezuela debería ser el foco de buena parte de sus desvelos. La situación del país bolivariano es indefendible para todo aquel que no haya perdido el norte. El problema es que muchos parece que ya lo han perdido.