Cuando uno es joven nunca piensa que llegará un momento en el que la juventud que le rodea le resultará totalmente extraña, ajena, lejana. Pero ese momento llega. El mundo cambia a una velocidad increíble, y más en un país como España, en el que todo está en discusión. Salvo que el comunismo futurible imponga sus criterios homogeneizadores, los jóvenes de hoy tampoco entenderán a los jóvenes de dentro de veinte años. Eso me tranquiliza.

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Bestia parda comprobando que la rosa de la socialdemocracia se marchita. (¿?)

El último CIS nos contó que Podemos es, con diferencia, la fuerza más votada entre los jóvenes españoles. La tontería disminuye cuanto más tiempo lleva el ciudadano en este mundo. No son pocos los que denuncian que Podemos es un partido de extrema izquierda cuyas propuestas arruinarían al país en unos meses y cuyos dirigentes son marxistas, chavistas y hacen guiños a ETA (más que una denuncia es una definición). ¿Esto afecta a sus bisoños seguidores? En absoluto, porque tampoco son asuntos que muchos de ellos puedan entender.

Por ejemplo, algunos de esos jóvenes modernos creen que en España peor no podríamos estar y que entonces cualquier cambio es bueno y será para mejorar. Son esos jóvenes que no han vivido o no recuerdan la España de los 80 y de los 90. Son esos jóvenes que viajan poco y que tienen un nulo conocimiento del mundo en el que viven. Son esos que ya no pueden ver La 1 porque “no es objetiva” y que solamente sintonizan La Sexta para poder reordenar sus conciencias.

Es una juventud que en gran parte no ha “vivido” a ETA o que apenas la recuerda. Por eso no les importa que un político pueda hacer guiños a una banda terrorista. Porque a ellos no se les han puesto los pelos de punta cuando una noche cualquiera interrumpían su programa deportivo radiofónico habitual para anunciar que ETA había pegado un par de tiros en la nuca a un concejal vasco y a su mujer cuando volvían a casa. Ellos no se han desayunado coches bombas por las calles de Madrid, no han comido con secuestros en los telediarios y no han cenado con tiros a quemarropa en las calles de su país. El terrorismo no se ha colado semana tras semana en sus casas, así que todo esto les suena muy lejano, a Historia.

A estos jóvenes tampoco les da miedo el comunismo. Algunos ni siquiera creen que haya existido realmente. Otros admiten su existencia pero discuten cuántos millones de muertos arrastra su ideología, como si unos pocos millones fueran un consuelo. Luego están los que se justifican defendiendo que el capitalismo ha matado a más gente que el comunismo. Incluso si así fuera, eso no justificaría ser comunista. Lo lógico sería ser una tercera “cosa”, o no ser nada… Pero es el “y tú más” aplicado a la muerte, forma ruin y patética de defender lo indefendible.

Irónicamente, son jóvenes que, como decía, no recuerdan a ETA, pero que hablan no pocas veces de la Guerra Civil y del franquismo que nunca vivieron, que nunca sufrieron y que, víctimas de su extremismo, ni siquiera comprenden. Es la memoria histórica, que no solamente es memoria, sino que es alucinación en forma de nacidos en los años 90 que sueñan con algún tipo de revancha de una guerra en la que mataron a su tío abuelo tercero (que realmente murió de cirrosis).

Son esos jóvenes que, en un asunto tan complejo como el de Israel y Palestina, toman una posición clara acorde a su modo de vida, cuando serían totalmente incapaces de situar Gaza en el mapa o cuando incluso, de ser preguntados, serían capaces se señalar con un dedo la región de Hamas (¿?). Todo esto, al tiempo que ignoran las decenas de miles de muertos de conflictos demodé como los de Sudán o Siria.

También está ese joven que defiende a Rusia, tal vez por su pasado comunista o por ese ridículo antiamericanismo que lleva de pegote en su vida mientras va al Starbucks con su Mac a hacer el imbécil. Esa Rusia que defiende es la de Putin, la que pisotea los mismos derechos y libertades que ese mismo joven progresista lleva tiempo defendiendo.

Es ese mismo joven que no tiene conciencia sobre la propiedad privada, sobre la libertad individual o sobre libertad de prensa. Es el que pide que multen o que cierren un medio de comunicación cuando no le gusta lo que dicen en él. Es el mismo joven que dice tener un sueldo muy bajo, pero que luego tira su dinero en pagarle a un partido político una demanda contra una sexagenaria y un periodista.

Es ese mismo joven que se envuelve en la bandera del buenismo, el que se apropia de la bondad, de la humildad, de la preocupación por los más necesitados, mientras critica desde el sofá que su país intente salvar a un misionero que ha dado su vida, precisamente, por ayudar a los más necesitados. ¿Acaso han intentado estos tipos comprender o aprehender lo que es extinguirse por haber ayudado desinteresadamente a unos lejanos y desconocidos moribundos?

Modernidad y salvajismo

Es cierto que lo de estos jóvenes puede ser un sectarismo de red social, lugar deshumanizador donde los haya, lugar en el que los valores quedan difuminados, en el que no vemos los ojos del otro, su sonrisa o su fruncir de ceño. Es cierto que en persona, en la vida real (y no en la virtualidad), los mensajes tal vez serían otros y las burradas y los insultos mucho menos numerosos. Pero es un suponer, porque un ignorante es incapaz de aportar matices, de entender a los demás y de comprender que la realidad es inexplicable en 140 caracteres. Por eso es más fácil que el ignorante en Twitter (donde se encuentra mucho más cómodo que en un blog) sea un extremista y lo convierta todo en un partido de fútbol, que divida el mundo en buenos y en malos y que, sin darse cuenta, su vida acabe convertida en un videojuego en el que lo normal es intentar ganar la partida y eliminar a los enemigos. Lo que les importa a estos amigos de la incoherencia es la batallita diaria en la red social, mucho más que la realidad. Y para el necio, la ideología es un soporte perfecto para disimular su rabiosa ignorancia. ¿Para qué cansarse pensando, pudiendo repetir lo que dicen otros?

En Twitter, de vez en cuando las bestias desean o celebran la muerte de algún enemigo. Es como un ritual que va por temporadas, como mudar la piel. La palabra “enemigo”, y no otra, es la que a menudo han usado los líderes de Podemos (ya tardaban en salir) para definir a sus rivales políticos. Es normal que los súbditos imiten a sus ídolos.

Lo cierto es que este caldo de cultivo lo ha venido sembrando la izquierda durante décadas, aislando y demonizando las posiciones ideológicas contrarias a la suya. Empezaron contándonos que los del PP eran herederos y nietos de un tal Francisco, que eran la extrema derecha, que estaban fuera de la democracia. Siguieron contándonos que estos fachas favorecían a los ricos, que querían acabar con todo y quitarnos lo poco que nos quedaba para dárselo a Botín. Y han acabado diciendo que estos fascistas matan gente con sus decisiones en materia económica. Trazo grueso para dibujar la realidad claramente dirigido a tipos con cierto retraso. Pero esos también votan.

Ahora en las redes sociales la izquierda puede admirar el fruto de su trabajada cosecha, en la que los brotes verdes nunca aparecieron, pero los hijos de puta crecieron como setas. Solamente hay que imaginar lo que ocurriría en un gobierno de concentración entre los dos grandes partidos. Algo que en Alemania o en la Unión Europea es recibido con normalidad, en España le costaría al PSOE cientos de miles de votos de individuos que no distinguen entre el PP y el demonio.

Tal vez internet solamente ha servido para destapar lo que llevaba ahí mucho tiempo oculto: el salvajismo. Pero las redes sociales han sido el instrumento en el que las bestias que antes se daban cabezazos contra la pared de su dormitorio, ahora han desparramado su maldad, su despreocupada incoherencia y sus miserables ideas. Seguramente estas redes sociales han contribuido a que las bestias se multipliquen, a que unas aprendan de otras.

Lo que es seguro es que la conocida como “la generación más preparada de nuestra historia” cuenta con gente tan zafia como cualquier otra generación, a pesar de venir con muchos más títulos universitarios de poco prestigio bajo el brazo. Pero todo encaja, no crean. Los profesores dedican más clases a adoctrinar que a enseñar, los padres apenas tienen tiempo para educar a sus hijos, los partidos han renunciado a un discurso político decente y con recorrido y los españoles pasamos más tiempo protestando que intentando mejorar. Son los cimientos perfectos para la reproducción de las bestias, para que el populismo y el odio lo inunden todo, para el conflicto generacional, para que la rabia por los fracasos personales se exprese en la envidia generalizada y en el deseo de que otro fracase o se muera porque sí. Es el tiempo en el que un político se dedica a redistribuir el miedo entre imaginarios bandos y a anunciar mano dura sin que nadie se escandalice. Y detrás de ese político, van miles de jóvenes cabreados, cargados de reivindicaciones y de supuestos derechos y merecimientos, ansiando esa mano dura y dispuestos a apoyar hasta el fin a su nuevo líder de ideas antiguas.

Llegados a este punto, la pregunta es clara: ¿cómo será dentro de quince años esa generación con no pocos salvajes desnortados que hoy en buena parte entrega su voto a un grupo de profesores comunistas que han conocido por televisión? ¿Y cómo será España entonces? La respuesta la dejo a la imaginación de cada uno. Permítanme, eso sí, un consejo: ahorren, no inviertan en bienes inmuebles y tengan la maleta siempre medio hecha, por lo que pueda pasar.