Dicen que el fútbol se ha convertido en un negocio y que los futbolistas ganan mucho dinero. A los que dicen eso les invito a bajar una hora al parque a jugar al fútbol. Luego que vuelvan a casa y veremos cuánto dinero han ganado practicando ese deporte tan bien pagado. El fútbol es un deporte que practican centenares de millones de personas en todo el mundo. La FIFA calculaba en 2006 que en el mundo había unos 265 millones de federados, casi el 4% de la población mundial. Si pudiéramos sumar las personas que juegan al fútbol con cierta frecuencia sin pertenecer a ningún equipo, nos daría una cifra impresionante. La grandísima mayoría de todos ellos (seguramente el 99%) no han ganado ni un euro practicándolo. Desterremos la idea de que los futbolistas ganan mucho dinero. Solamente los mejores futbolistas del mundo ganan mucho dinero.

Cuando vemos a los futbolistas del Real Madrid o del Barcelona, debemos recordar que son los mejores del mundo de un deporte que practican millones. Cuando nos escandalizamos por el sueldo de Messi o de Cristiano Ronaldo, debemos tener en cuenta que, de siete mil millones de seres humanos, ellos son los dos que mejor hacen eso de jugar al fútbol. Lo mismo ocurre con la Selección y sus primas, ridícula polémica que surge cada dos años. Son los mejores y les pagan con dinero que ellos mismos generan. ¿Cuál es el problema?

En todas las profesiones y oficios hay una curva de aprendizaje y una cuota de talento (el segundo nombre me lo acabo de inventar). El fútbol es un trabajo, un oficio en el que fácilmente destacan los jugadores con talento, con un físico superior o con una inteligencia futbolística destacable. Las virtudes y los defectos se ven en cada partido. Es mucho más difícil ser un gran dependiente de Zara que un gran futbolista. Es más difícil destacar barriendo las calles o llevando cajas de un lado a otro que jugando al fútbol. Todos son trabajos respetables y necesarios, por supuesto. Pero hacerse imprescindible y valioso en unas profesiones es mucho más difícil que en otras. Por muy bien que una dependienta doble la ropa, la empresa podrá fácilmente sustituirla por otra, así que tampoco espere ganar mucho dinero. Ahora encuentre usted a un ser humano capaz de hacer lo que hacen Cristiano Ronaldo o Messi en un terreno de juego.

Algo parecido ocurre en todas las profesiones, al menos en las que tienen cierto público y cierta demanda. Los mejores cantantes, actores, cocineros, modelos o arquitectos del mundo, por poner algunos ejemplos, ganan incluso más dinero que los mejores futbolistas. El mejor constructor de edificios con palillos del mundo no ganará tanto dinero, claro, pero igual hasta le da para vivir…

Más de 56 millones de euros son los que ganó el actor Robert Downey Jr. en 2013. El arquitecto Norman Foster tiene una fortuna estimada en unos 200 millones de euros. Ahí está la modelo Gisele Bündchen, que el año pasado se embolsó 95.000 euros al día o la cantante Lady Gaga, que ganó en 2013 unos 60 millones de euros con apenas 28 años. Michael Jackson genera 100 millones cada año a pesar de llevar muerto desde 2009.

Podemos ir más allá y fijarnos en las fortunas de grandes genios de la tecnología como Bill Gates o Steve Jobs. Jobs creó su empresa en 1976 en el garaje de su casa porque no tenía dinero para hacerlo en otro lugar. Apenas 35 años después, en el momento de su muerte, tenía una fortuna de más de 11.000 millones de dólares.

Todos ellos ganan esas espectaculares cantidades de dinero legalmente porque lo generan, porque tienen talento para lo suyo, porque arrastran una demanda, porque son insustituibles y, en definitiva, porque lo merecen. Y lo mejor de todo es que con su talento ellos se enriquecen y enriquecen a otras personas económicamente y a muchas más con su trabajo y sus creaciones. ¿Puede calcularse la riqueza que generó Bill Gates programando Windows y llevando su herramienta a millones de ordenadores de todo el mundo? No, es incalculable. Casi tan incalculable como el número de pastillas para el dolor de cabeza que tuvieron que comprar sus usuarios, también es cierto.

La envidia, el otro deporte nacional

Cuando un individuo cree que si alguien es rico es porque ha robado, está despreciando las vidas, a veces épicas y siempre llenas de obstáculos, de las personas que, casi siempre partiendo de la normalidad económica (cuando no de la pobreza) fueron capaces de abrirse paso en el mundo y demostrar su valía.

Ese mismo individuo está mostrando una soberbia gigantesca al ser incapaz de admitir que otros fueron más audaces, más inteligentes, más oportunos o más afortunados (mejores, en definitiva) que uno mismo. Buena parte de los ciudadanos de izquierdas, en su marejada incontrolada de reivindicaciones, son incapaces de admitir que otros merecen más que ellos. También son igualmente incapaz de preguntarse si realmente ellos mismos merece más de lo que ya tienen.

Si mañana repartiéramos la riqueza en partes iguales, en tres meses volvería a haber ricos y pobres (y muchos de ellos serían los mismos que antes eran ricos y pobres). Simplemente, algunos habrían utilizado su dinero para crear más riqueza y otros se lo habrían gastado en vino y putas. Los más pobres se quejarían otra vez y, enarbolando la bandera de la igualdad de oportunidades, habría de nuevo que volver a repartirlo todo. Y así hasta el infinito. Y es que podemos repartir la riqueza (e incluso igualar esas oportunidades), pero nunca podremos repartir el talento, la inteligencia, la audacia, la fuerza de voluntad o la suerte. En definitiva, lo moral, lo ético y lo decente es que los mejores tengan más, mucho más, que los peores.

Por muchos argumentos que invente la izquierda para defender su igualitarismo antinatural, el que merece más jamás dejará de merecer más. Y hasta que la izquierda no acepte este principio básico que define toda nuestra vida profesional y personal, su mensaje sonará al populismo trasnochado de siempre: quitar el dinero a los que más tienen para dárselo a los que menos tienen. Porque una cosa es redistribuir la riqueza (y vaya si se redistribuye) y otra muy diferente es basar una campaña electoral en la persecución a los que más tienen. “Subiremos los impuestos a las rentas altas” anuncia la izquierda con gozo y entre vítores. Es lo mismo que decir “perjudicaremos a una minoría para que la mayoría nos vote”. ¿De qué me suena?

Si la izquierda no es capaz de construir otro discurso que no sea imitar a Robin Hood, tal vez lo que debería hacer es desaparecer. Porque su éxito siempre va de la mano de que exista gente que lo está pasando mal y tal vez ya han aportado suficiente a este proceso retroalimentado de crear pobreza y luego valerse de ella para volver al poder con patéticas promesas de expropiación y limosna. El día que los partidos de izquierda españoles sean modernos y hablen de crear riqueza en vez de hablar de robarla, no me parecerán anticuados. El día que los partidos de izquierda no sean el vehículo en el que sus votantes descargan su envidia, tendrán mi respeto. El día que los partidos de izquierda digan que no les preocupan los ricos pero sí los pobres, ese día volveré a creer en ellos.

Como dijo recientemente el empresario Martín Varsavsky, fundador de Jazztel, Ya.com o Fon: “En España, si te va bien, ya le caes mal a la mitad de la población”. Sabemos de sobra a qué mitad se refiere: a la mitad envidiosa, a la que anda toda la vida recomida con la vida de los demás, a la que es incapaz de superar su odio inherente.

Es triste tener que explicar por qué Messi gana tanto dinero. Pero buena parte de los españoles siguen criticando los fichajes o los sueldos de los futbolistas o de profesionales de otro tipo, como si no supieran qué está ocurriendo a su alrededor. Es patético ver al progresista preguntándose por qué ese dinero del fútbol, a pesar de ser de origen privado, no se usa en otras cosas que él considera más importantes. La izquierda siempre sabe en qué gilichorrada es más conveniente gastar el dinero de los demás. No voy a explicar aquí por qué sería pan para hoy y hambre para mañana que el dinero que gastan el Madrid o el Barcelona en jugadores fuera destinado a otra cosa que no sea fichar o pagar jugadores. Lo dejamos para otra ocasión, aunque la razón es bastante obvia.

España es un país con una población realmente envidiosa e incluso resentida por causas imaginarias o ya perdidas. Mientras los ricos son una clase perseguida y el enemigo a batir, somos unos de los países que más gasta en juegos de azar de todo el mundo. Ser millonario es al mismo tiempo algo que odian y algo con lo que sueñan. Estos que llevan la envidia por castigo no son capaces de convivir con el éxito de los demás. Y para esconder esa envidia hablan de cosas como la pobreza, la desigualdad o los paraísos fiscales, temas que abordan con un enfoque cómico, exagerado y zafio. Incapaces y temerosos por el futuro, lejos de aspirar a imitar a los que han llegado lejos, se dedican a lanzar sus públicas amenazas contra el patrimonio de los demás escudándose en que hay gente que no llega a fin de mes, aunque ellos mismos conduzcan un Audi de camino al trabajo. Son los enemigos de la meritocracia, los que no se topan con un dilema moral porque lo resuelven todo abrazándose a la ideología con la que respiran. Y lo peor es que aceptamos sus indecentes debates, aceptamos su discurso de la envidia y aceptamos que se apropien del discurso del progreso, cuando no hay nada más conservador y rancio que tenerle miedo a la libertad.

Messi gana más dinero que usted y que yo porque en lo suyo él es mejor que usted y que yo en lo nuestro. No admitirlo es convertirse en un ser soberbio y amargado, que se engaña a sí mismo, que traspasa la culpa de su fracaso a otros y que jamás conseguirá nada por sus propios medios. No sea usted uno de ellos.