¿El umbral? ¿Qué umbral? Si en las últimas Elecciones Europeas Podemos hubiera conseguido uno o dos eurodiputados, su crecimiento posiblemente se hubiera quedado ahí. Pero lo que ocurrió es que obtuvieron un resultado tan inesperado, que rompieron un umbral. El umbral entre existir y no existir, entre el escepticismo y el optimismo, entre el “no podemos” (que definió al 15M) y el “claro que podemos” de esta ilusión renovada y políticamente encauzada. El resultado de Podemos no fue abultado, pero sí suficiente para que Iglesias y Monedero comenzaran a hablar de su futuro como gobernantes del país. A hacer realista aquella paranoia contribuyeron activamente algunos medios de comunicación. Destaco como ejemplo descriptivo a la presentadora veraniega de “Al Rojo Vivo”, Cristina Pardo, preguntando al líder de un partido con un millón de votos si usaría el coche oficial si llegara a presidente del Gobierno. El caso es que la paranoia va calando.

Periodistas lameculos y sectas aparte, los votantes con dos dedos de frente necesitan (necesitamos) una alternativa seria al bipartidismo que no simpatice con dictaduras y pseudodictaduras. Y la realidad es que UPyD es el único partido que puede hacer ese papel en este momento, pero tiene que superar el umbral. Ese umbral de credibilidad, ese umbral que diferencia a un partido secundario de un partido protagonista y aspirante a todo. Ese umbral que lleva a miles y miles de votantes a subirse a ese nuevo “caballo ganador”. UPyD debe ser la puerta de salida para los millones de votantes del PP y del PSOE descontentos con los últimos gobiernos, que buscan un partido alternativo sin tener que apoyar a un partido comunista.

El grueso de los votantes españoles, si todavía no han perdido la cabeza, sigue ideológicamente cercano al centro. Seguirán apoyando a partidos poco ideologizados, moderados en su discurso y defensores de la libertad individual y del sistema (del sistema, no de los sinvergüenzas). No todos los votantes progresistas cansados del PSOE están cómodo con Podemos. No se sienten representados por los mensajes anticapitalistas de un partido tan radical y preferirían una opción constitucionalista. El caso del votante conservador y de centro derecha es todavía más claro: si hay que elegir entre Rajoy y el comunismo, Rajoy es el mal menor y la mayoría no dudará en volver a darle su voto.

Ese agujero invisible de votantes descontentos debe ocuparlo UPyD. Esa vía de escape para un determinado tipo de votante, ese Podemos democrático, sin un pasado oscuro y de centro debe ser UPyD en los próximos años. Porque no es natural ni racional que el enfado con los desmanes de los dos grandes partidos se traduzca en un enfado con el sistema o con el capitalismo. Pasar de votar al PP a votar a un grupo de profesores comunistas es puramente irracional y totalmente absurdo. ¿Imposible? No, imposible no.

El salto no será fácil, entre otras cosas porque UPyD llega tarde, porque no ha sabido señalar al rival político, no ha sabido recoger el enfado de la gente como Podemos, no ha sabido valorar la oportunidad única que tiene delante y no ha hecho públicas sus aspiraciones de gobernar este país. Han perdido el tiempo. Ha dado la sensación de que el partido de Rosa Díez estaba contento con ese papel secundario, de poca responsabilidad y con ese crecimiento ridículamente lento. Y, sinceramente, cuando uno sale a jugar tiene la obligación de intentar ganar. Si no, que se preparen para desaparecer más temprano que tarde.

El futuro UPyD (o no)

La reacción ha llegado desde dentro en forma de Sosa Wagner levantando la mano y siendo seguidamente apaleado por querer salir a ganar. A base de cartas abiertas y entrevistas algo desentonadas, se fueron retratando todos, y la cosa no fue agradable, pero bueno. El partido demostró cierto nerviosismo y poca serenidad, prueba de que los magentas no las tienen todas consigo.

Recordemos que si UPyD y Ciudadanos hubieran acudido juntos a las Elecciones Europeas del pasado mes de mayo, hubieran sido cuarta fuerza por encima de Podemos y habrían quedado a 50.000 votos de Izquierda Unida, con los mismos escaños que el partido de Cayo Lara. Eso sin contar el efecto placebo y multiplicador que hubiera provocado que ambas fuerzas hubieran acudido de la mano a la cita europea. Ahora podríamos estar hablando de un panorama político español diferente, con otros salvadores de la patria distintos, con otro partido reuniendo el voto de los cabreados.

Pero en el cortijo de UPyD no ha sentado bien que alguien proponga dar un meneo al partido. Insisto, la sensación de que en la formación política quieren seguir viendo los toros desde la barrera es increíble, mientras otras formaciones hablan sin rubor de victorias que les vienen grandes. ¿Cuál parece que es el objetivo de UPyD? Participar. Participar y mantener la esencia, eso desde luego. “Que nadie toque lo que hemos creado. Mi tesoro”, parece querer decir Rosa Díez, comportándose como Gollum.

En el fondo, qué más dan las siglas, especialmente cuando son, con perdón, tan feas. Qué más da el nombre o el color del logo. Si me apuran, qué más da la esencia. La esencia de UPyD siempre ha sido algo parecido al sentido común, que es la ideología que mejor se adapta a todo. Uno no puede construir un partido como un coto privado sin puertas, como un tótem intocable, como un castillo rodeado por un foso con cocodrilos. “No se acerque usted aquí, que somos Unión Progreso y Democracia. Lo de la unión es solamente para los que ya estamos dentro del partido. No moleste”. Un partido debe estar abierto a nuevas personas, a nuevas ideas, a nuevas fuerzas que difícilmente no sumarán y no harán crecer el partido.

UPyD debe dejar de mirar con recelo a Albert Rivera, un tipo joven y talentoso, con reflejos, curtido en tierras muy complicadas a base de soportar amenazas y de superar entrevistas casi imposibles en televisiones del régimen catalán. El partido magenta tiene que acoger a Rivera de la misma manera que el Real Madrid acoge a un fichaje de noventa millones de euros: con aplausos e ilusión. Porque en política, contar con Rivera, es contar con un refuerzo de primer nivel. Sumará. Y la política también va de eso, de sumar mayorías (casi no va de otra cosa). Algunos tendrán que ceder su cuota de protagonismo, claro. Pero, visto lo visto, el cambio será claramente para mejorar.

A Rivera, por su parte, le ocurre lo mismo que a UPyD: también tiene su umbral. El político catalán tiene muy buena imagen en gran parte del electorado y mucha gente querría votarle, pero no pueden. Encima su partido se ve castigado por el voto útil, y porque nadie cree a sus pocos y anónimos candidatos fuera de Cataluña. Ciudadanos tampoco ha roto su umbral (ni siquiera el umbral para ser considerado un partido nacional).

Si ambos partidos deciden pactar, unirse y mezclarse, una rueda de prensa conjunta entre Albert Rivera y Rosa Díez será una de las imágenes más poderosas de la historia de ambos partidos (que la hagan de pie). No creo que se pueda renunciar a algo así por desconfianza, por mantener una supuesta esencia de partido, porque en los estatutos pone una cosa muy mala que no podemos saltarnos o por querer mantener una cierta cuota de protagonismo personal.

El nuevo UPyD tal vez tenga que ser una especie de partido bicéfalo, pero no por ello tiene que caer necesariamente en contradicciones. Algunos comparan a la hipotética unión con algo parecido al papel del PSC y el PSOE. La comparación es absurda y, desde luego, si en algo no van a discutir UPyD y Ciudadanos es en independentismo.

Acepto que la unión de dos partidos tiene también desventajas a corto plazo, por ejemplo a nivel mediático. Dos partidos políticos por separado ocupan dos sillas en las tertulias, en vez de una, y un minuto en los telediarios en vez de treinta segundos. Razón extra (hay muchas) para que Podemos vea con pesimismo su unión con Izquierda Unida. Pero también es cierto que un partido con el 20% de los votos probablemente tendrá más espacio en los medios que dos partidos con el 10%.

Algunos creen que este tipo de alianzas siempre conllevan una pérdida de votantes y sobre todo de afiliados que ven la unión como una renuncia a los principios originales o un atentado contra la pureza de la formación (si la fusión sirve para limpiar el partido de puristas, mejor que mejor). Pero, en general, creo que los votantes de UPyD y Ciudadanos encontrarán más ventajas que pegas con la hipotética unión. Creo que en lo principal ambos partidos coinciden: integridad territorial, centralismo, regeneración democrática, palos al bipartidismo… Y creen en el sistema y en el respeto a la libertad individual.

El nuevo UPyD unido y vitaminado debería empezar a manejar un discurso propio de un partido que aspira a ser alternativa de Gobierno y de país. Puede ser un discurso incluso con cierto patriotismo (al que han renunciado los dos grandes partidos), algo que intentó Podemos inicialmente, a imitación de Chávez. Desde luego, lo que está claro es que no se puede vender regeneración democrática cuando aspiras al 10% de los votos. Es hora de que se lo crean, de que construyan un mensaje serio frente a las opciones populistas y de que comiencen a jugar a ganar para repartirse el liderazgo social que otros tratan de monopolizar. A veces pocos cambios pueden suponer la diferencia entre la noche y el día. Solamente hay que fijarse en las diferencias entre Podemos e Izquierda Unida: casi las mismas ideas con diferente envoltorio, distintos líderes y una inédita actitud ganadora.

Todo esto está muy bien, claro. Otra cosa es lo que ocurra y lo que tengan en mente UPyD y los que mandan en UPyD, que no es exactamente lo que piensan muchos votantes (cuando esto ocurre es cuando empiezan a desangrarse los partidos). A esta hora cuenta El Mundo que la salida de Sosa Wagner del partido es una posibilidad, lo que no dice nada bueno de UPyD. Si Irene Lozano pasara por aquí es probable que pensara en enviarme a un grupo de sicarios a casa antes de aceptar que lo lógico es correr el riesgo de la unión con Ciudadanos. Rosa Díez diría que harán lo que decidan los afiliados. Entonces habrá que hacer entender a los afiliados que la situación es de máxima urgencia y que todos nos estamos jugando mucho.

Creo que el partido magenta tiene la obligación de intentarlo, asumiendo que el camino será complicado. Y es que a pesar de que tienen la mochila del pasado muy vacía, el partido no tiene fuerza. Por eso necesita un empujón. Deben olvidarse de egos personales y de seguir acomodados en su actual y casi intrascendente papel. Deben pensar en los miles de españoles que merecen una alternativa y que están pidiendo a gritos que UPyD dé un paso al frente. Deben jugársela pensando que es ahora o nunca. Deben pensar en sumar y en crecer y no en lo que pueden perder en el intento, que tampoco es tanto. La misión de UPyD es intentar cruzar el umbral, superar la autocomplacencia a la que se abrazó tras las Europeas y comenzar a pensar en mayorías y en victorias, aunque parezcan lejanas. Cuando los magentas se lo crean, entonces comenzarán a creérselo los ciudadanos, deseosos de un cambio político que no suponga una aventura bolivariana.