Desde que Pablo Iglesias puso en la mesa que la libertad de prensa estaba coartada en España porque los medios servían a intereses de grandes corporaciones, he escuchado incluso a periodistas antiguamente respetables repetir este nuevo mantra. Las teorías de Iglesias sobre la libertad de prensa son lamentables, pero refutarlas no es algo breve ni todos los periodistas son capaces de hacerlo, porque hasta ahora no se habían topado con una argumentación semejante. Ya escribí sobre la inexistencia de la objetividad y la imposibilidad de controlar los medios de comunicación sin caer en la más pura aleatoriedad o el sectarismo. Pero el tema da para mucho más. En este caso solamente me voy a centrar (intentando no desviarme) en la premisa referida a los intereses empresariales y los medios de comunicación. En el futuro abordaré otros argumentos al respecto que difunde el político comunista, pero he preferido dividirlo para que no tuviera una todavía más enciclopédica longitud.

A lo que vamos. En la rueda de prensa en la que se presentó el libro ‘Conversaciones con Pablo Iglesias‘, el protagonista habló largo rato sobre sus ideas sobre los medios de comunicación, como si todos los españoles estuviéramos viviendo en un error en el que no habíamos caído tras varios siglos. Iglesias aseguró lo siguiente:

“Los ciudadanos están hartos de la manipulación informativa y hartos del uso partidista de los medios de comunicación. Si la información es un derecho, la información tiene que servir a los ciudadanos”.

Un comentario inclusivo muy del estilo de Iglesias y de Podemos. “Los ciudadanos están hartos” nos dice. Nos habla aquí de un supuesto clamor popular que no es tal. Yo no veo protestas en las calles, ni numerosas quejas en las redes sociales. Lo cierto es que los españoles cada vez consumen más cantidad de información (ven más televisión, escuchan más radio y leen más noticias en Internet) y en ningún caso han dado la espalda a los medios. Todos los medios crecen salvo los periódicos de papel por una cuestión de formato. La gente consume esos medios en digital, sin más. Todos los españoles tienen medios que les gustan más y otros que les gustan menos. Eligen libremente con el ratón del ordenador, con el dial de la radio o con el mando a distancia de la televisión, y punto, sin tener que hacer nada más, sin que nadie tenga que controlar nada. Del concepto de información como derecho que menciona el político hablaremos en otra próxima ocasión. Ahora sigamos.

Iglesias también declara lo siguiente:

“Yo creo que cuando buena parte de lo que vemos, lo que leemos y lo que escuchamos es propiedad, en última instancia, de grandes corporaciones se está amenazando la libertad de los periodistas. A mí muchísimos periodistas, cuando a veces les dices “pero ¿por qué ponéis esos titulares?” Te ponen cara de “tengo familia y tengo que trabajar. En la redacción no mandamos nosotros, sino que manda quien manda””.

¿”Por qué ponéis esos titulares”? ¿Iglesias acosa a los periodistas? ¿Los periodistas deben poner los titulares que le interesan a Pablo Iglesias? Lo cierto es que en las redacciones los directores, por diversos motivos, corrigen muy pocos titulares por cuestiones ideológicas. Pero imaginemos que no fuera así. ¿Cuál es la propuesta de Iglesias? ¿Establecer un órgano de control de titulares de los medios que esté por encima de los propios directores de los medios? ¿Ese órgano de control no resultará en definitiva igual de aleatorio, caprichoso e interesado que los propios directores? Y sí, en la redacción de los medios “manda quien manda” y como en cualquier otra empresa del mundo hay una ordenación jerárquica de consejeros, directores, subdirectores, jefes de sección, etc. ¿Acaso Pablo Iglesias no elige qué invitados van a Fort Apache o a La Tuerka y sus contenidos y no los elige el becario de turno o el técnico de sonido? ¿Acaso en esa selección de contenidos y tertulianos no se descartan otros contenidos y tertulianos?

Aguanten un poco más y lean:

“Pascual Serrano contaba una anécdota terrible en ‘Traficantes de información’, un libro maravilloso. Él escribía para un medio regional de Vocento y no tenía ningún problema en criticar al PP, al PSOE, a la Casa Real. Un día se le ocurrió criticar a El Corte Inglés. Y cuando se le ocurrió criticar a El Corte Inglés, que era uno de los principales anunciantes del periódico, dejó de escribir en ese periódico. Los demócratas no podemos consentir que El Corte Inglés pueda decirle a un periodista lo que tiene que escribir. Y hay que apostar por fórmulas que aseguren que los periodistas tienen que tener más protagonismo y más peso”.

Cuando expuso sus teorías en esta rueda de prensa, Iglesias tenía a un público básicamente formado por periodistas, de ahí que combine su discurso de demócrata con absurdas ofertas a los periodistas para los que pide un mayor protagonismo. Los periodistas aparecen en pantalla, se escuchan sus voces en la radio y se leen sus textos en los periódicos. Ellos elaboran todas las noticias y casi todos los contenidos y sostienen los medios de comunicación. Decir que los periodistas podrían tener más protagonismo en los medios de comunicación es como decir que los futbolistas podrían tener más protagonismo en los partidos de fútbol. Es tan absurdo (y tan patético) que lo vamos a dejar estar.

Vamos al asunto de El Corte Inglés. Pongamos que un medio de comunicación critica a El Corte Inglés por un tema random. Entonces, El Corte Inglés llama al medio y le dice que si vuelve a ocurrir le quita la publicidad. El director del medio puede ahora decidir libremente qué hacer y qué es más conveniente para él y para su medio: seguir criticando a El Corte Inglés y perder la publicidad, o no hacer nada y mantener la publicidad de El Corte Inglés.

Una marca comercial puede tener cien motivos para publicitarse en un medio o en otro: el perfil del lector, la ideología del medio, la calidad de los contenidos, el precio, la difusión del medio… Y, por supuesto, la crítica a la propia marca. Si un medio de comunicación se está dedicando a triturar a El Corte Inglés, parece lógico (para una persona inteligente) que El Corte Inglés no se anuncie en ese medio. Es un motivo tan legítimo y tan válido como cualquier otro. Es como si a mí me insultan en una tienda o me tratan mal en un restaurante o cuentan chismes sobre mí en un bar. Creo que lo normal es que no vuelva a ir a comprar a esa tienda, a comer en ese restaurante o a beber a ese bar. Y creo que con mi decisión no estaré chantajeando a nadie, sino eligiendo libremente.

Es obvio que el director y el dueño del periódico deben decidir libremente si quieren seguir publicando noticias contra El Corte Inglés o no, lo mismo que el dueño de un restaurante puede decidir si le compensa seguir tratándome mal o no. Son decisiones libres que toman las partes en función de sus propios intereses. Y son decisiones extrapolables a casi cualquier otra actividad de la vida, comercial o no comercial.

Pero si hay algo que da alergia a Iglesias es la libertad y los intercambios libres que no estén controlados por él. Pablo Iglesias lo que propone es algo similar a tener que hacer follow en Twitter a una persona que nos está insultando. ¿Si yo bloqueo a esa persona estoy coartando su libertad de expresión o es un libre intercambio de decisiones (tú me insultas yo te bloqueo)? La respuesta es bastante evidente.

Por supuesto, Iglesias no da solución al problema que plantea (especialidad de su partido) sin tener que cambiar todo el sistema. No dice cómo evitar lo que él considera un abuso o cómo demostrar ese abuso. ¿Obligaría a El Corte Inglés a poner publicidad en el medio que critica a El Corte Inglés? ¿Podría demostrar Iglesias que El Corte Inglés ha retirado su publicidad por una información crítica y no por un motivo comercial o de reducción de gasto? ¿De qué estamos hablando? Ah, sí, estamos hablando de control, control, control y de dibujar el mundo como si todos fuéramos marionetas. Es decir, en definitiva, estamos hablando de fascismo.

Veamos una penúltima declaración del político de la coleta:

“Cuando los medios son propiedad de las grandes empresas, se corre el riesgo de que se vulnere la libertad de expresión de los profesionales de prensa. Creo que eso es un peligro”.

Y sigue:

“Los periodistas no deberían tener que pedir permiso a nadie para poder escribir, no deberían tener que pedir permiso a nadie para estar en un periódico, para estar en una televisión. Y ahí yo creo que lo público tiene que funcionar para garantizar eso”.

Fantástico. Yo me pido estar en Antena 3 y quiero una columna en El Mundo, y no tengo que pedir permiso a nadie, hombre ya. En fin, menudo brindis al sol. Por cierto, que un medio de comunicación sea grande o pequeño ni favorece necesariamente la libertad del periodista ni la reduce. El dueño de un medio de comunicación tiene derecho a publicar lo que quiera, sea este medio pequeño, grande o mediano. ¿Alguien cree que Ignacio Escolar, el director de un periódico pequeño como Eldiario.es, no controla lo que se publica y lo que no se publica en su medio? ¿Alguien cree que el director de Intereconomía (una televisión pequeña) no interviene más sobre los contenidos que el director de Telecinco o de Antena 3? ¿No tienen línea editorial los medios de comunicación pequeños, o más bien la tienen, a menudo, más acentuada que los grandes? ¿Acaso La Tuerka no tiene intereses de todo tipo y una línea editorial y política realmente marcadas y no busca producir un efecto en el espectador exactamente igual que los demás medios? ¿Acaso Pablo Iglesias no es capaz de mirarse en un espejo y avergonzarse por decir estas cosas y hacer luego lo que le da la gana?

Y es más, por rematar este asunto, un medio de comunicación pequeño soportará infinitamente peor las presiones de una empresa, de un patrocinador o de un publicista (y de un político) que un medio de comunicación grande cuya facturación dependa de muchos más protagonistas. Es decir, cuanto más grande sea un medio o un grupo mediático, mayor será su capacidad de perder anunciantes sin que le suponga un verdadero dolor de cabeza.

Realmente toda esta patética argumentación no es más que una forma rebuscada y adornada de decir que el Estado debe controlar los medios de comunicación, algo que de facto acabaría con cualquier democracia. Y este jardín en el que se mete Iglesias, que realmente no puede darle ni medio voto a su partido (y él lo sabe), es solamente la preparación de un futurible nuevo escenario mediático si él llegara al poder. Es simplemente poner en la mesa un tema que en democracia dábamos por más que superado y es un intento de dar una patada a la hegemonía social de que la creación de medios de comunicación privados debe ser libre y su control inexistente. Esperemos, por el bien de todos, que sus absurdas propuestas nunca lleguen a plasmarse en la realidad.

¿Y el monopolio publicitario?

Tras la muerte del presidente de El Corte Inglés, Isidoro Álvarez, algunos tuiteros (con más o menos educación) me hablaban del monopolio publicitario de los grandes almacenes y de cómo las grandes marcas sometían a los medios de comunicación a su control. Ni es cierto que no se publiquen noticias negativas sobre El Corte Inglés, ni es cierto que monopolice la publicidad en España. Sí es cierto que, según Infoadex (y no tengo motivos para dudar de sus cálculos, parecidos a los de otras agencias), sumando todas sus marcas, El Corte Inglés es, por poco, el grupo que más dinero invirtió en publicidad en España en 2013 (138 millones de euros). ¿Es mucho o es poco? Pues lo cierto es que es algo más del 1% de la inversión real en publicidad del año pasado en nuestro país, que ascendió a casi 10.500 millones de euros. ¿Cómo es posible que con una cuota del 1% uno pueda monopolizar un mercado?

Sí es cierto que El Corte Inglés puede suponer un porcentaje mayor en la publicidad de algunos medios concretos, pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que si un medio pierde la publicidad de estos centros comerciales, esté destinado a desaparecer o que vaya a ser incapaz de sustituir un anunciante por otro. Por ejemplo, las diez empresas que más invierten en publicidad en España (juntas y exceptuando a El Corte Inglés) en 2013 gastaron casi 600 millones de euros en anunciarse. Y todavía quedarían miles de millones por repartir de otras empresas más pequeñas. ¿No hay suficiente tarta para que un medio sobreviva sin depender de El Corte Inglés? ¿No hay suficientes peces en el mar? Yo creo que sí.

¿Y qué pasa con los bancos?

Las empresas, nos dicen en Podemos y desde la izquierda infantil, también tienen intereses corporativos y participaciones en el accionariado de los grandes grupos de comunicación. Y esto, claro está, nos cuentan que supone un condicionamiento insoportable que atenta contra la libertad de expresión y que convierte a nuestro país en una especie de dictadura.

Valoremos el mal que provoca que un banco tenga acciones de un medio de comunicación. Nos dicen que si una gran empresa, como una entidad bancaria, participa en el accionariado de un medio, no veremos noticias negativas sobre esa determinada entidad bancaria. De acuerdo. ¿Cuántas noticias pueden ser sobre el total? ¿Una de cada mil? ¿Una de cada dos mil? ¿Una de cada cinco mil noticias? ¿Una o dos noticias al año? ¿Queda realmente dañada la libertad de expresión porque libremente un medio (o dos, o tres, nunca serán todos) decida, en una decisión empresarial (libre, insisto) no publicar una o dos informaciones concretas al año? ¿Cuántas noticias negativas generan El Corte Inglés, La Caixa o el Santander en doce meses? ¿Un par de noticias? Y sabemos de sobra que si una información es lo suficientemente importante, es imposible que no aparezca en los medios de comunicación, por muchas acciones que posea el banco o por muchos intereses empresariales que existan.

Además, aunque parece lógico que un medio no critique a sus legítimos dueños, como es obvio, una empresa no puede tener acciones de todos los medios de comunicación al mismo tiempo. Así que no puede haber una censura conjunta y perfecta al unísono. Es absurdo siquiera pensarlo, especialmente cuando existen más medios de comunicación que en ningún momento anterior de la Historia. El ciudadano, en definitiva, se enterará de la noticia.

Pero los comunistas dicen que este problema es tremendo. Es curioso que los bancos tengan tanto poder para coartar la libertad de expresión y al mismo tiempo las entidades bancarias tengan una aprobación bajísima por parte de los ciudadanos. Es curioso que los bancos tengan tanto poder para controlar la libertad de prensa y todos los medios hayan hablado de las preferentes, de los excesos de las cláusulas de las hipotecas o de los rescates. Es curioso que los bancos tengan tanto poder sobre los medios de comunicación y los líderes de Podemos sigan ocupando minutos y minutos en las cadenas de televisión, los periódicos y las emisoras de radio. La propia aparición de Podemos en el escenario político y su crecimiento fulgurante son pruebas claras de que las grandes empresas y los grandes bancos no juegan un papel realmente destacable en contra de la libertad de información. Es falso que los directores de banco estén continuamente presionando a los medios de comunicación para que publiquen una cosa u otra. Esto no funciona así. Y si fuera así (pongámonos en el caso extremo) los espectadores, los lectores o los oyentes podrían decidir dar la espalda a ese medio de comunicación porque les ha privado de conocer determinada noticia. Y podrían comenzar a consumir otro. Y todas habrán sido decisiones libres de ciudadanos, empresas y medios que no habrán requerido ningún control de un papá Estado que ahora, en su versión Podemos, pretende decirnos dónde deben poner la publicidad las empresas, qué noticias deben publicar los medios y qué medios debemos consumir los ciudadanos. ¿Nos toman por niños tontos o solamente por sus esclavos?

Terminamos, sea fuerte

Para solucionar este problema menor, muy menor, los comunistas proponen como alternativa que todos los medios de comunicación tengan control público. Es decir, para solucionar una mínima imperfección del sistema nos cargamos de golpe toda la libertad de prensa y la ponemos al servicio de los políticos y de suspuestos colectivos ciudadanos independientes (risas a tope). Pisoteamos la variedad de dueños de medios de comunicación para concentrarlos en unos pocos bajo control de las administraciones públicas, que tienen más intereses que las propias empresas y que generan más noticias y que tienen muchas más cosas que esconder. Y ahora hemos de suponer que si los medios de comunicación son públicos y están “al servicio del pueblo” (más risas), sus informaciones no van a estar sesgadas y van a ser ejemplares piezas de libertad informativa. Sirvan de ejemplo ilustrativo de este buen hacer Telemadrid, TVE, Canal Sur o TV3, desde que fueron creadas hasta nuestros días. Sirvan también como referencia TeleSur o Venezolana de Televisión, lugar en el que Pablo Iglesias reconocía emocionarse escuchando al comandante Chávez, canal supuestamente puesto al servicio del pueblo, y medio de comunicación en castellano más gubernamental, sectario, manipulador e indecente que mis ojos hayan podido ver jamás. Es más, un canal parecido sería imposible en España. TeleSur puede verse en alguna plataforma por satélite española. Prueben a verla en periodo electoral y me cuentan.

Completo todo lo anterior con otras declaraciones de una entrevista que Pablo Iglesias concedió antes de ser político a Galicia Año Cero en la que reconoce lo siguiente:

1: “A mí me gustaría que un partidos de izquierdas ganara las elecciones y me nombrara director de una televisión pública. Eso es lo que más me gustaría”.

2: “El precio para que yo apoyara un terrible acuerdo de Izquierda Unida y el PSOE sería que pusieran en nuestras manos una televisión, cosa que no han hecho en Andalucía en ningún caso. Es imposible diferenciar Canal Sur cuando gobernaba sólo el PSOE que cuando gobierna ahora con Izquierda Unida”.

3: “Lo que ataca la libertad de expresión es que la mayor parte de los medios sean privados. Incluso, que existan medios privados ataca a la libertad de expresión, hay que decirlo abiertamente”.

Esperemos que Público y La Tuerka, medios privados, pronto dejen de atacar de forma lamentable la libertad de expresión. El que quiere ser director de una cadena de televisión, el que se queja de que Izquierda Unida no maneje Canal Sur a su antojo y en su beneficio y el que cree que los medios de comunicación privados atentan contra la libertad de expresión, este señor, es el que quiere salvar al pueblo y el que dice que todos los medios de comunicación deben ser públicos exclusivamente para entregar su control a los ciudadanos. Claro que sí, han quedado muy claras las buenísimas intenciones de Pablo Iglesias escondidas tras un discurso trasnochado y una argumentación tan pobre que se derrumba por una tonelada de razones aquí expuestas. Y las que vendrán.