En el referéndum sobre la independencia de Escocia participaron, de forma excepcional, los jóvenes de 16 y 17 años. Algunas encuestas revelaron que más de dos de cada tres menores de 18 años votó a favor del ‘Sí’ a la independencia (el 70%), algo que contrasta con el resultado global en el que el ‘No’ ganó por diez puntos. Los mayores de 65 años votaron justamente al revés que los menores de 18 (el 70% de ellos votó negativamente). La democracia demuestra aquí todas sus debilidades: si Escocia tuviera una menor esperanza de vida, ahora sería una nación independiente.

Es evidente que la propuesta de los independentistas de que los menores de edad participaran en la votación más importante de la historia del país era una trampa y no un canto a la democracia. Trampa que quiere imitar, por cierto, el independentismo catalán.

Aunque la gran mayoría de los países establece el sufragio universal a partir de los 18 años, en algunos se vota a partir de los 16 años, como en Chipre o en Austria. En otros, como en Japón, votan a partir de los 20 años. Cada país tiene una legislación distinta y unas costumbres propias, pero podríamos decir que la tendencia general es a bajar la edad mínima para poder ejercer el voto. Pero que Escocia y Cataluña incluyan en sus referéndums de independencia a menores de 18 años o que hayan bajado a 16 años la edad para participar en unas elecciones en Cuba (risas), Nicaragua, Ecuador, Brasil y Argentina (y lo estén valorando Bolivia y Venezuela) es suficiente indicativo de las costumbres y debilidades de esta franja del electorado. El electorado de 16 años es muy interesante cuando te has dedicado a lavar el cerebro a los jóvenes de tu país a través de la educación y los medios estatales, algo que ocurre en los mencionados países y aspirantes a países. Como curiosidad, Irán (otra gran democracia) ha ido alternando la edad para votar entre los 15 y los 18 años varias veces en los últimos años y parece que no se deciden.

El caso es que CNN publicó un artículo del profesor de la Universidad de Georgetown, Jason Brennan (seguro que a usted le suena, aunque a mí no), que defiende la participación de los menores de edad en unos comicios. El citado profesor argumenta que “si descartáramos a los jóvenes de 16 años por carecer de sabiduría o de conocimientos para emitir votos inteligentes”, habría que descartar a la mayoría de todos los demás votantes. El artículo se apoya en estudios que intentan demostrar que la mayoría de los adultos no tienen conocimientos políticos mejores que los jóvenes de 16 y 17 años. Añade, además, que otros estudios más antiguos (de los años 70) demuestran que los incrementos en la capacidad de razonar sobre política se producen a partir de los 12 años. Nos cuentan que cuando alcanzamos los 16 años ya tenemos establecida una ideología y una capacidad de razonar sobre política y cualquier mejora posterior, de llegar, llega poco a poco. En adelante, vamos a creer que las conclusiones de estos estudios reflejan la realidad.

Comparto con el profesor que si por estupidez fuera, casi nadie podría votar. Pero, ya que medir esa estupidez es un asunto complicado, yo no creo que sea una buena criba. Los conocimientos políticos no creo que sean tan importantes a la hora de determinar el voto. Conocer a muchos políticos y partidos o incluso reglamentaciones o programas de partidos no aseguran un voto medianamente racional o lógico. Lo que asegura un voto lógico (asumo la arbitrariedad implícita al término “voto lógico”) es pensar en las consecuencias de apoyar a un determinado político o partido político. Me refiero a las consecuencias tanto particulares como generales. Cada uno vota pensando de una manera: pensando en uno mismo o pensando en el país. Un joven de 16 años piensa mucho menos en las consecuencias que un adulto. Entre otras cosas porque un adolescente de 16 años, cuyo patrimonio es una PlayStation, no tiene nada que perder, al menos en el corto plazo (y pocos adolescentes piensan en el largo plazo). Así que su nivel de exigencia también será menor y su valoración de pros y contras será de todo menos equilibrada.

Por ejemplo, para un chaval de 16 años la promesa de una paguita mensual de 500 euros es el Cielo en la Tierra. Para mi padre es prácticamente una anécdota, porque es capaz de distinguir entre el pez y la caña, entre el pan para hoy y el hambre para mañana (rima y todo). Un adulto sabe cuándo le están comprando el voto, mientras que un joven piensa que, ya que puede votar, mejor si le pagan por ello. A este cóctel hay que añadir que, en general, para un joven la novedad es algo mucho más atractivo que para un adulto, normalmente más difícil de deslumbrar y mucho menos impulsivo.

Cuando uno es adulto ya ha visto a muchos charlatanes, a muchos vendedores de crecepelo disfrazados de políticos. Cuando uno es adulto tiene cierta idea de lo que es el electoralismo, distingue lo que es una tertulia de lo que es gobernar sobre millones de personas, sabe que los programas electorales hay que cogerlos con pinzas siempre y está acostumbrado a que las promesas electorales a menudo no se cumplan.

La perspectiva

Aparte de ese “nada que perder”, el adolescente adolece de otra gran carencia: no tiene perspectiva temporal. Hoy un chico español de 16 años ha vivido el 40% de su vida en crisis económica y la mitad de su existencia desde que tiene uso de razón. Si a los adultos se nos está haciendo larga la salida de la dichosa crisis, a un joven le parece el fin del mundo. Además, el adolescente ha estado toda esa parte de su vida expuesto a un continuo bombardeo de noticias negativas y a un entorno de escepticismo, que sin duda tienen que afectar en su manera de ver la vida y el mundo en el que vive. Eso, cuando no es la propia crisis la que ha golpeado duramente a su familia. No nos acordamos, pero hasta hace no mucho tiempo la economía nos importaba más bien poco.

Pero ahora un adolescente cree que realmente el sistema no funciona, que el capitalismo es un engaño, porque durante gran parte de su vida el sistema parece que no ha funcionado. Es como valorar la carrera de Casillas viendo unos cuantos vídeos de su última temporada.

Un adolescente no tiene perspectiva, o no tiene la que puede tener mi padre o mi abuelo, que han vivido el franquismo o incluso las dificultades de la posguerra. Y que han vivido también épocas de bonanza económica, con este mismo sistema, con todas sus imperfecciones. En definitiva, una persona mayor es capaz de valorar mejor en qué situación estamos exactamente, porque ha vivido máximos y ha vivido mínimos. En cualquier escenario, conoce mejor su posición real el que ha visto los límites.

Oigo a menudo a los más jóvenes decir que peor no podemos estar, algo que una persona que ha vivido en España, ya no en la posguerra, sino en los 80, no puede pensar si tiene memoria y criterio. Un adolescente ni siquiera entiende lo que es ETA para los españoles, no lo ha vivido en toda su gravedad. Muchos tampoco entienden el papel de la monarquía de su país, a la que ven como una extraña familia de aprovechados y sinvergüenzas. Pocos saben, por ejemplo, que se ha doblado nuestra renta en dólares desde el principio del siglo. La falta de perspectiva les lleva incluso a sorprenderse cuando les dices que en el mundo se han reducido el hambre y la pobreza notablemente en los últimos 30 años. Ellos no han visto los telediarios de los 70 y de los 80 con los rostros del hambre de África un día sí y otro también. Es cierto que podrían compensar en parte esa falta de perspectiva leyendo un poco, pero tampoco es una costumbre muy española.

A la falta de perspectiva hay que añadir la forma en la que nuestro cerebro almacena nuestros recuerdos: salvo excepciones muy concretas, recordamos mejor lo reciente y ocupa un espacio de mayor importancia e influencia sobre nuestro presente. Podría no ser así (ahora voy de neurocientífico). Si guardáramos la información como un ordenador, todos los recuerdos podrían tener la misma intensidad en nuestro cerebro y la misma jerarquía. Pero no (¿de qué estábamos hablando?).

Demasiado jóvenes

Si en España solamente votaran los jóvenes de 16 años, El Rubius sería ministro de Educación y volveríamos al turnismo y el presidente sería cada vez un Gemelier diferente. Habría paguita universal para comprar videojuegos, las bebidas alcohólicas serían gratis y habría una especie de Imserso para jóvenes y turismo de borrachera al que llamaríamos Erasmus. Pero por suerte (sólo para este tema) en los países desarrollados y con una alta esperanza de vida la población joven es bastante reducida, lo cual limita las excentricidades y las aventuras absurdas.

Asumo, obviamente, las no pocas generalidades que hay en esta exposición más o menos desordenada de ideas. Además, esto no quiere decir que tenga algo contra los adolescentes, así que no afilen sus cuchillos. Yo he tenido 16 años y era, para lo bueno y para lo malo, más inocente que los jóvenes de ahora. La madurez no siempre va de la mano de la edad, pero los intereses y la forma en la que vemos el mundo normalmente sí que evolucionan con el paso del tiempo. Así que no entiendo esa tendencia a rebajar la edad mínima para votar.

En Uzbekistán hasta hace poco se votaba a partir de los 25 años, una edad que me parece mucho más apropiada para emitir el voto que los 18 años. Los uzbekos, que han sobrevivido al comunismo y a estar en medio de ninguna parte, saben de esto. Esto de votar a los 25 años podría completarse con algún tipo de condición extra. Por ejemplo, en Bosnia pueden votar los menores de edad a partir de 16 años si tienen trabajo. Es una exigencia interesante que en Bolivia podrían implantar a partir de los diez años. Podríamos combinar una edad mínima para votar de 25 años, con la exigencia de que por debajo (y a partir de los 18 años) solamente pudieran votar aquellos que tuvieran trabajo (en España, por desgracia, no serían muchos). Es una buena manera de evitar la compra de votos con dinero público. Sea como fuere, no diría que lo ideal es prohibir votar a todo el que no tiene nada que perder. Más bien lo ideal sería que no hubiera nadie sin nada que perder. Pero olvidemos la ficción.

Falta de perspectiva, falta de patrimonio y mayor propensión hacia la novedad son, para mi gusto, las grandes carencias de los votantes más jóvenes. Pero, carencias aparte, en general, creo que si los menores de edad tienen en todo una legislación más amable a su favor, ya que consideramos que no son del todo responsables de sus actos, es el Estado el que está asumiendo las propias limitaciones de esos menores de edad en el día a día. Por lo tanto, es lógico que no tengan la posibilidad de participar en unas elecciones. Lo que es absurdo es la argumentación del profesor Jason Brennan que, en vez de defender la capacidad de los jóvenes, señala que los adultos también son ignorantes y aún así permitimos que voten, lo cual a su vez justificaría que votaran niños de cinco años. Aceptar que la mayoría de los ciudadanos son unos ignorantes y que por eso no podemos excluir a los ignorantes del sufragio universal, tengan la edad que tengan, es admitir que la democracia es un timo, un consuelo, un absurdo, un sorteo. Tal vez esa es la gran revelación del artículo de Brennan, que utiliza la excusa de los menores de edad para hacernos llegar este descubrimiento políticamente poco correcto, pero infinitamente más importante. La verdad nos ha sido dada. Siempre que los adultos decidamos, bienvenida sea la absurda democracia, salvo cuando ganan los que la odian, o los que no me gustan, que a menudo son los mismos.