Hace unos días un hombre con síntomas de padecer ébola apareció en tierras estadounidenses. Pronto se convirtió en el primer enfermo al que le diagnosticaban esa enfermedad fuera de África. Inmediatamente después, las acciones de la empresa farmacéutica Tekmira, que desarrolla un medicamento para curar dicha enfermedad, subían con fuerza en el mercado after hours. Desde entonces sus participaciones se han revalorizado algo más del 40%, aunque siguen sin alcanzar máximos de las últimas 52 semanas. Por supuesto, la extrema izquierda trasnochada, que no entiende prácticamente nada de lo que ocurre en el mundo en el que vive, se quejó ante lo que muchos consideraban un claro ejemplo de “capitalismo salvaje”. Se agradece el adjetivo, con el que ellos mismos reconocen que existe un capitalismo no salvaje. Sin embargo, los que creemos en la libertad no necesitamos poner adjetivos al comunismo: en cualquier intensidad resulta dañino.

Al principio de la crisis nos contaron que había seres malignos apostando contra el euro y que querían hundir nuestra economía (había que disculpar a Zapatero). También tuvimos que soportar eso de que había que regular más el sector financiero (había que disculpar a Zapatero). Luego se dieron cuenta de que es un sector muy regulado y dejaron de decirlo (Zapatero ya se había ido a su casa). Después tuvieron que apostar más fuerte: el capitalismo no funciona. A la próxima dirán que el ser humano no funciona y ahí sí habrán acertado.

De aquellos barros vienen estos lodos (e incluso de antes). Eso de invertir se ha convertido en un acto que tiene muy mala imagen. Está vinculado al chanchullo, al engaño, a aprovecharse de situaciones en las que hay muchos protagonistas inocentes implicados e incluso está vinculado a la destrucción del planeta. Y se da por hecho que los que invierten en bolsa son millonarios despiadados sin los buenos sentimientos que tiene un afiliado a Izquierda Unida. Realmente las familias españolas poseen el 25% de las empresas cotizadas en nuestro país. Pero mientras Aznar no vuelva a la política, los mercados son los culpables de todo (eso sí, cuando la economía va bien, nadie les agradece nada).

Dejemos a un lado la alergia indecente de la izquierda hacia cualquier cosa que tenga que ver con generar riqueza sin depender del Estado. Lo cierto es que invertir no es más que arriesgar o gastar dinero para generar riqueza material, inmaterial o económica (un economista pondría algunos matices y algunas pegas, lo admito). Invertir en bolsa no es más que comprar pequeñas (o grandes) partes de empresas que esperamos que tengan cierto éxito. Es comprar muchas o pocas participaciones de una empresa que esperamos que en el futuro valga más que en el momento de hacer la inversión. Es entregar una cantidad de dinero a los gestores de una compañía para que generen riqueza con sus actividades empresariales.

¿Aprovecharse de la desgracia?

Tener el dinero debajo del colchón o gastárselo en gilipolleces sí que es una vergüenza, con todo lo que tenemos que mejorar. Pero en esta sociedad tan estúpida que hemos construido, si eres un ahorrador y un inversor eres un ser mucho menos respetable que el tipo que se gasta hasta el último euro de su salario en caprichos para satisfacer las pasiones y vicios que no puede controlar. Pero, por suerte, no todos los países son iguales y no todo el mundo es así. Algunos prefieren ahorrar e invertir.

Es fantástico que miles de personas y empresas, pequeños o grandes inversores, apoyen a una compañía o un proyecto de investigación. Por ejemplo, a Tekmira y a su medicamento experimental para curar el ébola. Como decíamos, en cuanto se conoció la noticia del enfermo en Estados Unidos, Tekmira no tuvo que hacer nada, ni buscar financiación. El mercado movió parte de su dinero hacia la empresa automáticamente. Los inversores dijeron, “tome usted nuestro dinero y úselo bien”.

Alguno me comentaba en Twitter que este fervor inversor no era altruista y que los inversores se lucraban de la desgracia ajena. La respuesta es clara: ¿Y qué? ¿No sirve un medicamento que pueda llegar a curar el ébola si su investigación no se ha financiado de forma totalmente altruista? ¿Hay que desechar el medicamento? ¿Hay que decirles a los enfermos que esperen, que el medicamento que se ha conseguido tras dilapidar miles de millones de dólares en investigación cura su enfermedad, pero no es altruista, así que se pueden ir muriendo? ¿Importa el altruismo cuando estamos hablando de la diferencia entre vivir y morir? ¿Y qué importa si en el camino de salvar la vida a miles de personas, algunos ganan algo de dinero? Maldita sea, ¿y qué?.

Y no, no se están lucrando de la desgracia ajena. Se están lucrando de la curación de la desgracia ajena. Ayudan y no hacen daño a nadie. Los inversores apoyan, arriesgando su dinero, proyectos y empresas que les parecen interesantes. Y se juegan su inversión depositando su confianza en un medicamento que no tiene una efectividad demostrada (salvo en primates), que todavía debe ser perfeccionado y que posiblemente será probado en el enfermo de ébola que está en Estados Unidos, veremos con qué resultados. En ese caso, si el enfermo desgraciadamente muere, los inversores perderán parte de su inversión. Esas pérdidas no son nada comparadas con las muertes y la decepción de no encontrar una cura. Si el medicamento le salvara la vida, los accionistas ganarían algo de dinero. Es evidente que los inversores no se aprovechan de las desgracias ajenas, sino al contrario: confían en que ayudando a Tekmira con su dinero conseguirán vencer a la enfermedad. Y, por cierto, creo que pocos economistas negarán que las acciones de Tekmira a estas alturas son una inversión arriesgada.

Lo que sí sería triste sería que mañana los científicos de esta empresa llegaran un día al laboratorio y les dijeran “váyanse a casa, hay que cerrar, nos hemos quedado sin dinero” y el medicamento experimental quedara en nada y hubiera que volver a empezar casi de cero.

Hace unos días murió el segundo religioso español repatriado, al que no se le pudo suministrar el ZMapp, un suero desarrollado por otra empresa, porque está agotado. Y está agotado porque esa empresa no da más de sí a la hora de producir el medicamento. A esa empresa, evidentemente, le vendría bien crecer e ir sobrada de recursos para cubrir los gastos que tenga que afrontar, igual que a Tekmira.

A menudo recuerdo que la mejor forma de ayudar en la lucha contra el cáncer es invertir en empresas que están estudiando su curación y que invierten miles de millones de euros en investigaciones que a menudo no llevan a ninguna parte. Existe, incluso, alguna empresa española que se dedica a esta crucial carrera de acabar con el cáncer, aunque seguramente los grandes avances se lograrán en Estados Unidos. Es igual, que cada uno colabore donde considere mejor.

Pero tampoco creo que sea necesario invertir en empresas farmacéuticas para estar colaborando con el progreso humano. Apple, Tesla, IBM, Samsung, Intel, Adidas, Repsol, Visa, Amazon, Nestlé, UPS o Jazztel, por poner algunos ejemplos al azar, generan riqueza, aportan al bien público y, en definitiva, mejoran nuestra vida desde sus diferentes campos y especialidades. Alguno podría decir que se aprovechan de la desgracia: Tesla de que los coches contaminen, Visa de que las monedas pesen en el bolsillo, Adidas de que tengamos pies… Difícilmente una empresa que crea riqueza, productos y servicios y da trabajo a miles de personas no contribuye para bien en la construcción de nuestro mundo. Pero pueden ustedes mismos elegir los ejemplos que quieran.

Apuestas y crowdfunding

Es difícil entender por qué el crowdfunding tiene tan buena fama y la inversión en los mercados tan mala. Básicamente hay dos diferencias entre ambas prácticas: el tamaño y el lucro. Con el crowdfunding uno recibe pequeñas compensaciones seguras y rara vez dinero. Además, el crowdfunding recoge perfectamente ese sentimiento colectivista tan de la izquierda. Ese masturbarse pensando en pequeñas aportaciones de ciudadanos (buenas personas) para conseguir bonitos proyectos (biodegradables) que nos traigan un mundo mejor (y más igualitario). Y encima el crowdfunding sirve como alternativa para financiarse sin tener que recurrir a los malvados bancos. Por eso tiene tan buena imagen entre la izquierda.

Con las inversiones en los mercados el accionista obtiene pequeños o grandes beneficios o pequeñas o grandes pérdidas económicas. Está colaborando igual con proyectos de otras personas (más grandes, normalmente) pero ya saben que lo de ganar dinero está muy mal visto en España. La envidia es el material con el que se forjan las cabezas de los socialistas (y de los perdedores), así que es una pérdida de tiempo que el lucro sea visto por ellos como algo tan normal y tan decente como las donaciones.

El mundo de las apuestas, curiosamente, en algunos países tienen mejor prensa que el mercado de valores. Apostar es también arriesgar una cantidad de dinero con el objetivo de obtener una cantidad de dinero mayor. El riesgo es normalmente más alto que al invertir y el plazo en el que se resuelve todo es mucho más corto. Desde la óptica de la izquierda, apostar debería ser una actividad más egoísta que la inversión, ya que el que gana la apuesta es el único beneficiario de la hipotética ganancia (impuestos aparte). Si se pierde la apuesta, el beneficiado es el casino o la casa de apuestas, que también generan puestos de trabajo y riqueza, claro. Por supuesto, entre la izquierda tampoco tiene la misma imagen un casino y una casa de apuesta, cuya actividad es menos visible. Recuerden a la izquierda española escandalizada con el proyecto Eurovegas, entre otras cosas, porque iba a atraer prostitución, una denuncia que hubiéramos esperado antes del Opus Dei que del progresismo. ¿Han visto? Otra ventaja del crowdfunding: no atrae prostitución (en principio).

En el fondo ¿qué importa lo que piensen?

La envidia es el material con el que se forjan las cabezas de los comunistas, de la extrema izquierda y de los perdedores. Para ellos todo lo que no sea estar en el sofá de casa sacándose los mocos es capitalismo extremo: desde levantar una empresa de cierto tamaño hasta invertir en la investigación de un medicamento. Siempre encontrarán alguna pega, algún trabajo que despreciar (como el de los deportistas de élite) o alguna muerte que celebrar de alguien que tuvo más éxito que ellos.

Pero, como decía al principio, ni el que derrocha ni el que tiene el dinero debajo del colchón están colaborando en la prosperidad y en el desarrollo, en la mejora de la calidad de vida de los seres humanos ni en la persecución eterna, retroalimentada e inalcanzable de eso a lo que llamamos “modernidad” (qué bonito). Es más, aquel que con un sueldo medianamente decente no ahorra ni invierte, seguramente lleva una vida desordenada en al menos un sentido de la expresión.

Y sí, los inversores esperan, a poder ser, ganar algo de dinero en los mercados a cambio de arriesgar su dinero. En definitiva, estamos de acuerdo en que los mercados no son oenegés. Pero es que si nuestro progreso dependiera de los envidiosos, de los derrochadores, del dinero bajo el colchón y de las oenegés, todavía estaríamos en el siglo XIX.