Hoy el vecino del piso de arriba me ha mojado. No a mí (¿se acuerdan de las vecinas locas de Valencia?), sino el techo bajo el que habito. Al escuchar un chorro de agua cayendo sobre mi casa, me he puesto en lo peor y he imaginado la vivienda del vecino totalmente inundada. He visualizado el techo cayendo sobre mi ordenador, mi PlayStation y tal vez, aunque menos importante, sobre mí. Al final ha sido menos espectacular, aunque ha sido una experiencia interesante. Tras un rato ha aparecido el vecino, que se ha disculpado. Le he dicho que la próxima vez apunte mejor. El seguro cubrirá lo que haya que cubrir (con pintura).

Recuerdo el único seguro de vida que he tenido en mi existencia. Me lo hizo una caja quebrada por pasar por allí. Ya no tiene validez, a pesar de que sigo vivo. Lo guardo con cariño por su letra pequeña. Aquel seguro no servía si el titular (yo) moría por culpa de un terremoto, de un tornado, una inundación (como hoy en mi imaginación), una guerra, una epidemia (tocarse la cara con un guante) o morir enterrado en lava en una erupción volcánica. Del comunismo no ponía nada. Todo esto no es broma. La aseguradoras deberían pedir al cliente que se mantenga con vida por su bien, porque si no habrá problemas. Si te mueres, al final es la palabra de la aseguradora contra la tuya, justo en el momento en el que no puedes hablar, por estar descansando en paz.

La semana pasada murió en Australia un jugador de cricket de veinticinco años tras recibir un pelotazo fortuito en un partido, a pesar de que el casco protege el 90% de la cabeza. La vida es eso que está ahí todo el rato, hasta que no está. En el funeral de Phil Hughes sí se podrá decir que no somos nada. Que en paz descanse y más suerte para el futuro. El domingo pasado fue su cumpleaños.

Qué poco hablamos de libertad para lo corta que es la vida. Si viviéramos mil años, podríamos probar a vivir una temporada en Cuba o en (best) Corea por ver qué se siente. Pero si pudiéramos hacerlo, entonces no quedarían comunistas. Es cierto que allí no hay tanto paro, dicen, y la sanidad es buena, aunque no tanto como el control de los medios.

Resuenan en mi cabeza unas palabras que escuché hace tiempo en algún lugar con gente: “para qué quiero libertad, si no tengo trabajo”. Lo que debería haber dicho es “para qué quiero libertad, si no tengo cerebro”. Pero no lo dijo e incluso consiguió enmudecer a su contertulio con su estúpido argumento.

Jamás antes viví con mayor incertidumbre ante el futuro cercano. He prometido que no me quitará el sueño presente lo que pueda pasar en el futuro, pero no he podido prometer nada respecto a lo que haré o dejaré de hacer de aquí a un año. En efecto, si pensaban que en este Mejunje (el nombre se me ocurrió a mí, por desgracia) no iba a comentar algo de Podemos, se equivocaban. Podemos se retira es desbandada. Ni partido asambleario (sino de reunión a puerta cerrada), ni jubilación a los 60 (sino a los 65), ni renta básica universal (sino puntual), ni impago de la deuda (sino reestructuración). Nada queda. Deberían dejar de llamarse ‘Podemos’ para empezar a llamarse ‘Con Su Permiso’ (CSP). Nos venden ahora una revolución educada, con buenos modales, de gente como Miguel Urbán, que se ha puesto de repente camisa por primera vez en su vida. Anteanoche en televisión defendía al mismo tiempo que había que aumentar el gasto público y que la deuda era impagable. Brillante. Hace un año este individuo proclamaba que la banca, la energía y los transportes debían ser sectores públicos en su totalidad y sin excepción posible. Mientras tanto, Pablo Iglesias ha pasado de ser un león coletudo a un mero pavo real (republicano) que ni paga el IVA. Después de que Ana Pastor le desvirgara, huye de los medios con ridículo pavor, diciendo que todo el mundo es machista y conspira contra él, confirmando su preocupación por los chanchullos de amigos y amantes y por su propia conducta, poco ejemplar en lo empresarial. Pero tranquilos, habrá impunidad.

La estabilidad que nos regala el hecho de vivir en un país próspero nos hace creer que estamos seguros, que la Historia se escribe con los renglones rectos, que hay un límite de cosas que pueden suceder y unas líneas rojas que no se pueden traspasar. Pero realmente esos límites nunca han existido. Lo que yo percibía como una catarata de agua sobre mi techo, resultó ser una pequeña gotera anecdótica, pero también totalmente inesperada. Podría haber sido un baño inundado hasta arriba, un torrente de agua, un tsunami. Esto no es Venezuela, nos dicen. No, de momento no. Pero siempre puede y podrá suceder lo imposible.