Estas vacaciones he visto bastante cine. En casi todas las películas que han ocupado mi tiempo hay un cierto patrón común, a veces casi imperceptible. Por ejemplo, en ‘La ladrona de libros’ contemplamos una escena en la que la protagonista, tras acariciar las abarrotadas estanterías de una biblioteca, elige un libro al azar. Lo extrae cuidadosamente y comienza a leerlo. Hoy en día ese libro probablemente sería una obra de Belén Esteban, Pablo Iglesias, Wyoming o alguna otra puta mierda. No se rían, es una cuestión de probabilidad. Y en nuestros tiempos, hoy y en nuestro país, estos son algunos de los autores más exitosos en la sociedad en la que vivimos. Y no quiero meter a todos en el mismo saco: el libro de Belén Esteban no pretende engañar a nadie.

Como sabemos, los regímenes totalitarios queman incluso más libros que seres humanos. Pero la censura no es lo peor y por eso por más que el relato lo intente, la película no hace honor a su nombre (los libros no juegan un papel tan importante). Los protagonistas de este largometraje, que viven en la recurrente Alemania nazi, ven cómo sus vidas son continuamente inquietadas por una burocracia que no han pedido. Toda clase de funcionarios van llamando a sus casas para hacer inspecciones inesperadas, para traer cartas con malas noticias o para reclutar a alguno de esos protagonistas para luchar en una guerra que los ciudadanos no han iniciado, ni deseado, ni conseguido entender. Alrededor de una humilde familia hay trepas, personas que huyen y órdenes de algún poder superior más o menos invisible. Y ellos no pueden hacer nada más que sobrevivir mientras puedan.

También aproveché estos días para ver la tristemente mágica ‘El niño con el pijama de rayas’. Si el Estado alemán hubiera obligado a millones de personas a llevar pijama todo el día, ya hubiera hecho gala de una maldad considerable. Evidentemente, su represión real no quedó ahí. Sin destripar nada, en la película contemplamos el contraste entre la vida en un campo de concentración y la vida en una familia amparada por el Estado nazi. Pero el régimen destroza las existencias de los que están dentro del campo y de los que están fuera, viviendo en una lujosa vivienda, que sufren también la represión de un Estado omnipotente y al que se le supone infalibilidad. Es la infalibilidad una de las características más propias de los radicales y de sus ideologías.

Pero todo esto, que parece terrible, estuvo dentro de la ley y de la legitimidad del momento. Los nazis ganaron dos veces las elecciones, libres y democráticas. Más alemanes votaron al partido de Hitler que a ninguno otro y a partir de ahí todo estuvo justificado: era la voluntad del pueblo, el deseo de la mayoría. Mayoría que pronto incluso aumentó (coactivamente) por el bien de todos, claro.

Rebajemos la represión. La película española ‘El Niño’, muy floja para mi gusto (absurda por momentos), cuenta la historia de dos adolescentes que se inician en el mundo del narcotráfico en el estrecho de Gibraltar. Narcotráfico provocado y al mismo tiempo perseguido por el Estado. Narcotráfico que deja un reguero de corrupción, gasto de medios y pérdidas humanas a su paso. Toda prohibición genera un mercado negro más o menos lucrativo que la intenta sortear. Basta con observar que en Venezuela la policía persigue el contrabando de margarina o de pañales, mientras es incapaz de contener la violencia.

También vi estas vacaciones la menos alegre ‘Dallas Buyers Club’. En esta ganadora de tres Oscar, unos hombres que viven en Dallas en 1985 luchan por sobrevivir al sida investigando por ellos mismos la mejor cura posible. Mientras la medicación oficial aprobada por el Estado alarga brevemente su vida para finalmente acabar con ellos, medicinas alternativas y una vida sana les permiten vivir varios años. El protagonista (al que le dieron treinta días de vida y acabó viviendo siete años) tiene que viajar por medio mundo para conseguir medicinas permitidas fuera de Estados Unidos, pero ilegales en su país. Finalmente, el protagonista no solamente se automedica para vivir más, sino que monta un club en el que cientos de enfermos pueden conseguir unas medicinas más efectivas y que mejoran su calidad de vida. Pronto hay clubes similares por todo el país. El Estado, lejos de atender las necesidades de sus ciudadanos y de estudiar la medicación alternativa importada, se dedica a perseguir estos remedios alternativos que quedan fuera de su legalidad autoimpuesta. Un juez admite que todo norteamericano debería poder medicarse con todo aquello que crea que puede ayudarle, pero da la razón al Estado porque no existe legislación que le permita hacer otra cosa. La película está basada en hechos reales y refleja algo más cotidiano de lo que parece. Intente usted comprar Clamoxyl sin receta o melatonina en España antes de 2008. E imagine lo que debe de ser no poder adquirir un medicamento que te salve la vida porque unos señores se están pensando durante meses o años si lo legalizan o no.

También he visto estos días la española ‘Prim, el asesinato de la calle del Turco’ en la que, corruptelas aparte, nos cuentan que Galdós acaba publicando en sus obras por seguridad la versión oficial del asesinato, a pesar de que sabe que es falsa. Y han emitido ‘Regreso al Futuro 2’, aprovechando que en buena parte se desarrolla en 2015. Toda la aventura de la mítica trilogía comienza después de que Doc robara plutonio, controlado por el Estado, a unos terroristas libios. Voy a dejarlo aquí antes de defender la libre compraventa de plutonio, que tampoco es plan. Me reservo mi opinión en este asunto hasta que Tania Sánchez nos haya inspirado con la suya.

Libertad o no

Las películas que he visto estas vacaciones en su mayoría han pasado por mis ojos por casualidad, sencillamente porque mi padre las había grabado al azar o las encontré en televisión haciendo zapping. Y es que no hace falta buscar la persecución de las libertades en el cine. Es algo que vivimos a diario, aunque nos hayan moldeado culturalmente para que apenas la veamos, para que la aceptemos o incluso la aplaudamos. Tanto es así que a veces parece que los liberales hablan de cuentos de hadas, de utopías mágicas, de situaciones alejadas de la realidad. Pero el control del ciudadano y la represión, en distintos grados, están ahí y siempre han estado, en el cine y en la realidad en la que el cine se inspira. E, insisto, a veces no la vemos ni cuando aparece representada en la pantalla por hombres muy serios y muy bien trajeados o uniformados. Si cree que no es para tanto, pida opinión a un comunista sobre la película ‘V de Vendetta’.

El discurso izquierda-derecha, dice un tipo con coleta, es de otra época. Tiene razón. El único eje que realmente está, siempre ha estado y siempre estará en juego es el de la libertad y la falta de libertad. Porque, en lo esencial, un Estado represivo de izquierdas o de derechas usa exactamente los mismos métodos para conseguir imponer su voluntad (revestida de voluntad del pueblo o de patriótica necesidad): presión, aislamiento, lavado de cerebro, persecución, violencia, privación de libertad y muerte.

No parece que la sangre vaya a llegar al río a estas alturas, pero está claro que vamos en la dirección equivocada. Mientras Iglesias y Wyoming venden libros como churros, las obras de Kafka o Kundera se pudren en las estanterías y disfrutan de la absurda fama de que son complicadas de leer, que están dirigidas a grandes intelectuales, cuando realmente sus libros los entiende un chaval de doce años (aunque sea con la profundidad de un chaval de doce años). No estoy seguro de que Kafka y Kundera fueran liberales conscientemente (probablemente no), pero ambos sufrieron la represión del Estado en sus diferentes formas y así aparece reflejado en sus libros. A ambos eso de la libertad no les disgustaba. La obra de Kafka, obviamente, fue prohibida tanto en la URSS como en la Alemania nazi. Demasiada imaginación no es buena.

Por cierto, ya que estamos hablando de literatura sin motivo aparente, hace poco he vuelto a leer la estupidez de que Orwell era comunista. ‘Rebelión en la Granja’ fue prohibida en la Unión Soviética, en Cuba, en Corea del Norte y en China en algún momento. En fin, es igual.

Una sociedad enferma, con sed de venganza, que considera debatible el control de los medios por parte del Estado, que aplaude cuando se habla de perseguir a una minoría, que acepta que ningún partido prometa bajar impuestos y reducir el poder político, una sociedad que discute la propiedad privada de los demás, que antepone derechos a libertades, da igual que sea de izquierdas o de derechas. Por eso en Europa hay populismo de todos los colores, formas y peinados. Y todo el populismo va más o menos en la misma ficticia dirección: liberar al ciudadano de la opresión de los gobernantes a base de crear un Estado todavía más grande y una burocracia todavía más controladora. ¿Qué puede fallar?

La contradicción suele derivar en decepciones y frustraciones, ya que cuando se cumplen las premisas, la conclusión no suele llegar a hacerse realidad. Pero la desesperación puede llevar a una sociedad a aceptar esas contradicciones e incluso a convertirlas en hegemonía para justificar mandarlo todo a la mierda. Habrá autoengaño (ya lo hay) y puede pasar algún tiempo, pero en algún momento chocarán las expectativas con la realidad. De momento, los seres humanos, en la intemperie del mundo, parecen preferir protección y sumisión antes que libertad. Y hacia ahí caminamos, algunos más convencidos que otros.