Han pasado tres días de la masacre en el semanario satírico francés Charlie Hebdo. Han corrido ríos de tinta, se han publicado brillantes columnas y finalmente se ha derramado la sangre también de los cobardes. El día que los terroristas accedieron a la redacción del semanario se publicaron unas duras imágenes de un policía rematado con un tiro en el suelo. Algunos criticaron la dureza de estas imágenes en las que un terrorista dispara en la cabeza de un policía. Esto tampoco quiere decir mucho, es imposible no encontrarse en Twitter a alguien quejándose de cualquier cosa que busquemos. No por ello vamos a dejar la oportunidad para comentar algunas pinceladas sobre un tema recurrente. Y es recurrente porque es imposible establecer un criterio único.

No es fácil ver morir a un ser humano de un tiro en la cabeza, no. Si lo viéramos en persona, en directo, sin duda nos afectaría durante mucho tiempo. Pero las imágenes del vídeo no resultan tan duras como se podía esperar. El plano no es muy cerrado y el vídeo tampoco es de una enorme calidad, así que ya hay una cierta censura que viene de serie, un velo que oculta los detalles. La sangre, de haberla, no llega ni a verse. Sí es cierto que algunos medios (BBC, France 2 o The New York Times, por ejemplo) optaron por no difundir la imagen en su totalidad y ahorrar el disparo a sus espectadores y lectores. El semanario político francés Le Point incluso ha recibido críticas del gobierno francés por publicar la imagen de la “cobarde ejecución” en su portada, a pesar de que aparece en un tamaño más bien reducido (y es una fotografía). En YouTube el vídeo se puede ver en su totalidad, en algunos casos, tras una advertencia sobre su contenido potencialmente ofensivo e hiriente. La Sexta emitió la imagen en bucle, sin censura alguna. También algunos periódicos como ElMundo.es tenían el vídeo completo en portada sin más, a disposición del público. Antena 3 emitió la escena muy pixelada, protegiendo sensibilidades. Absurdamente, diez minutos después nos ofrecieron la imagen no relacionada de un artificiero egipcio al que le explota una bomba a un metro y acaba con su vida. La imagen resulta más violenta (acepto que es mi punto de vista) que la que nos pixelaron un poco antes. Es el mismo telediario, el mismo director, la misma redacción. Tal vez el director no visionó todos los contenidos o tal vez dos personas diferentes montaron ambos vídeos, porque hay una diferencia de criterio bastante importante (me cuesta creer que una misma persona, tras decidir tapar la primera imagen, decida no hacerlo con la segunda). También pueden influir otros elementos, claro, como la sociedad en la que el medio se difunde. En general (y hasta donde sé), diría que ha habido más precaución en países con mayor población musulmana. Tal vez esperaban que la imagen sirviera, con el ambiente algo caliente, para difundir odio, aunque realmente el policía que está en el suelo es musulmán y el que está de pie es un chiflado. Algunos otros elementos que pueden influir para decidir emitir una imagen de este tipo son poco elegantes, como el país del que provien el vídeo. No se tiene el mismo celo en España con una imagen de Egipto que con una imagen de Madrid. Esto es así.

Volvamos a Francia. Algunos se preguntaban qué información aportaba la imagen del disparo a bocajarro. Mucha, realmente. Es el retrato perfecto de unos salvajes carentes de cualquier resto de humanidad, capaces de rematar en el suelo a un hombre herido e indefenso que, encima, mira al asesino y pide clemencia. Según cuentan, lo último que hizo el policía antes de ser abatido fue gritar a la gente que no saliera de sus casas. Aunque los valientes estén ahora muertos, héroes y villanos quedan en su sitio con un tiro de gracia que vieron cientos de millones de personas en todo el mundo y que refleja la cobardía y la maldad de sus autores. El significado es tan potente que vale la pena cometer el posible exceso de publicarlo.

Un día después de la masacre, vemos al fin una imagen del interior de la redacción. La publica Le Monde y acompaña este texto. No es una fotografía dura, pero al mismo tiempo lo dice todo. Papeles y sangre. Estos discretos restos de la muerte nos ofrecen una visión necesaria, para mi gusto. Porque en la calle hubo violencia y crueldad salvaje, pero en el interior se seleccionó a los elegidos, armados con rotuladores, y fueron ejecutados tras confirmar su identidad. Allí donde se trabaja para crear, algunos entraron solamente para destruir, para eliminar.

Otros ejemplos tristemente ilustrativos

Hace poco conocimos el asesinato de un policía arrojado a las vías del tren por un individuo al que intentaba identificar. Fue en Madrid. Nada tendría que ver la repercusión de esa noticia si no existiera un tremendo vídeo de la escena. Incluso, si el vídeo no tuviera sonido (de gritos de pánico) no tendría el mismo efecto. También hubo quejas tras la publicación de las imágenes. Pero creo que fue eso, precisamente, lo que provocó una reacción más intensa dentro y fuera del propio cuerpo de policía, de defensa de los agentes y de repudio al asesino.

En los años 80 y buena parte de los 90, si no a diario sí casi todas las semanas, comíamos acompañados por telediarios en los que nos mostraban el hambre en África. No es lo mismo que te hablen de gente que muere de hambre a cuatro mil kilómetros de tu casa a que la contemples en su agonía un día tras otro. Se dice (aunque no podría asegurarlo) que las mediciones de audiencia demostraban que había gente que cambiaba de canal al ver en el telediario determinadas imágenes de nuestro continente vecino del sur. Aquellas repetitivas imágenes del hambre, por suerte ya poco habituales, sirvieron para concienciar, para movilizar y para que la gente fuera más generosa con aquellos que nos acompañaban a la hora de comer, aunque ellos no pudieran hacerlo.

Si tuviéramos la imagen del asesinato de un personaje famoso, ¿alguien cree que no sería difundida? Ahí están las duras imágenes del asesinato de Kennedy en Dallas. En la excelente película ‘JFK’ vemos la escena de los disparos no menos de una veintena de veces. Incluso a cámara lenta y con zoom sobre el cráneo del presidente norteamericano. En alguna de esas repeticiones hasta seguramente podemos distinguir parte de su cerebro saliendo al exterior. Sí, ha pasado mucho tiempo desde aquello, pero eso no hace que las imágenes sean menos desagradables. Y, sin embargo, nadie discute que son un documento histórico de primera magnitud.

Un último ejemplo. Hace uno años en un lugar de la frontera entre México y Estados Unidos un joven de catorce años murió al ser disparado en la cabeza por uno de los agentes fronterizos. El joven lanzaba piedras al policía norteamericano, que se defendió usando su pistola. Varias personas contemplaron la escena y un ciudadano mexicano grabó las imágenes desde cierta distancia. Cuando el policía disparó al joven, que cayó fulminado, los que vieron lo ocurrido comenzaron a insultar al policía. Una de las cadenas que emitió las imágenes en América consideró que, a pesar de que acabábamos de ver a un policía disparando y matando a un menor, lo lógico era tapar los insultos con pitidos para proteger nuestros oídos de tanta violencia verbal. Es decir, el medio interpretó que podemos asumir ver a un joven morir con una bala alojada en el cerebro, pero supuestamente no podemos soportar escuchar a unas personas gritar “hijo de puta”.

No hay criterio fijo ni lo habrá

No cabe duda de que Periodismo, como carrera universitaria, es algo más bien sencillo, pero eso no quiere decir que ejercer bien la profesión también lo sea. Un periodista no deja de aprender durante toda su vida profesional y no deja de tomar decisiones asentado en arenas movedizas. Los periodistas tenemos que enfrentarnos a noticias nuevas cada día. En la profesión hay principios, costumbres, normas básicas y algunas reglas, manuales de deontología y de ética, pero, por mucha teoría periodística que exista, el comunicador debe decidir a menudo por intuición e improvisando y casi siempre con limitaciones de tiempo y de conocimientos.

Las imágenes violentas, duras y desagradables a veces se publican por morbo, pero a menudo también porque cuentan lo que ha sucedido. Reflejar el terror de un acto terrorista o de la miseria y la desnutrición es importante para entender las noticias en toda su magnitud, para sufrirlas, para que el espectador levante las cejas, para que se acerque a las víctimas. Las imágenes remueven conciencias, elevan el repudio y la indignación, sacan a la gente a la calle y quedan en el recuerdo con una intensidad fuera del alcance de la mayoría de los textos.

Por eso no pueden censurarse todas las imágenes violentas porque sí, ni pueden publicarse todas sin haberlas valorado. Es muy delgada la línea que separa una imagen publicable de otra que no lo es tanto y las sensibilidades de cada persona difieren mucho unas de otras. Los periodistas asumimos que cada vez el nivel de resistencia del espectador es mayor, porque vamos haciendo camino al andar, porque ya lo hemos visto casi todo y porque el cine (en la ficción) e Internet (a menudo con la realidad) nos han acostumbrado a unos altos niveles de violencia. A pesar de ello y aunque la tendencia es más a publicar que a no publicar, hay que recordar siempre a los familiares de las víctimas, cuyo caso es especial y diferente al del espectador medio. Si bien no se puede hacer periodismo pensando solamente en ellos, por mucho que avance la insensibilización del ciudadano, sí que deberá existir un límite que siempre deberá respetarse, en gran parte, por ellos.

Por cierto, resulta algo hipócrita la enorme preocupación que existe por la emisión de ciertos contenidos en horario infantil (sexuales, sobre todo) y la cierta libertad que los medios encuentran para emitir violencia en ese mismo horario, especialmente si tiene carácter informativo. Evidentemente, es difícil defender que los telediarios de las tres de la tarde y de las nueve de la noche deban tener contenidos informativos diferentes a los de la madrugada, aunque entren dentro del horario de protección al menor (de 6:00 a 22:00 horas), pero el vacío legal y el de coherencia están ahí para que nos volvamos locos.

Todo este tema daría para una tesis doctoral y una beca excesivamente remunerada, pero hay que terminar. Aunque la imagen del policía en el suelo pueda inquietar a algunos, estoy a favor de su publicación, de esa imagen en concreto y de ninguna otra más sin haberla visto antes. Hay que ir caso por caso, teniendo en cuenta el contexto, entendiendo el espíritu de la profesión, pensando en las posibles consecuencias de la publicación y en las consecuencias, normalmente más importantes, de su censura (y dando por hecho que alguien te criticará). Por supuesto, tras una masacre contra un medio de comunicación como Charlie Hebdo, un atentado contra la libertad de expresión en el centro de Europa, el impulso para derribar la autocensura es todavía mayor. Ahora nos queda el dolor, la conciencia y el lógico y forzado ‘efecto Streisand’ (matizado por algunos un poco acobardados) de lo que se ha querido censurar con balas. Es la única respuesta real posible, aunque resulte anecdótica.

Mientras defendemos la libertad, no está de más recordar que criticar el trabajo de los medios y sus publicaciones es infinitamente más sencillo que ejercer nuestra profesión y tomar decisiones cada minuto. La próxima vez que lo haga, querido lector, recuerde que los periodistas tampoco sabemos lo que va a ocurrir mañana.