He comprado el último libro de David Trueba, ‘Blitz’, porque leí una recomendación en no sé qué lugar. Voy por la mitad. Ni frío ni calor. Pero, conociendo a David Trueba, debí imaginar lo que me iba a encontrar. El libro sufre del mismo defecto, de la misma manía zafia de otras obras contemporáneas: hay que hacer alguna referencia a la crisis cada cierto tiempo o cada cierto número de palabras. Realmente me aburre, lo embarra todo, sobreactúa y te saca de la obra de lo forzado que es. También ocurre, por ejemplo, en la serie de televisión ‘El Ministerio del Tiempo’. A pesar de que viajan a lo largo de cientos de años, no pueden dejar de hacer referencias absurdas al paro, la deuda, el euro, Merkel, las pensiones y todas las mierdas que forjan el discurso de izquierda, especialmente cada vez que no gobierna la izquierda. También ocurre a veces en ‘Cuéntame‘ o en lo último de Amaral, un burdo intento de compensar la falta de inspiración con crítica social o política.  Ocurre demasiado. No es casual, claro. Ya lo hicieron en el pasado: cuando no había crisis, había guerras importantísimas y hundimientos de petroleros de tamaño medio que nos quitaban el sueño a todos. Y había que estar recordándolos en todo momento. Por cierto, Irak no les ha importado absolutamente nada desde entonces. Mantener las subvenciones, un poco más.

La crisis abarca mucho más, salpica mucho más y por eso permite todavía más cuento. Es probable que, por higiene, renuncie a cualquier creación española de ficción de los últimos años, porque en todas (si no en todas, sí en demasiadas) hay referencias forzadas y ridículas a la crisis. Es como si hablar del paro o de la primera canciller alemana en cualquier historia de mierda diera puntos, limpiara conciencias o mereciera ser aplaudido. Pues no. Aburre. Y molesta. Molesta cuando la desgracia es dibujada como un mal dependiente de agentes externos. Y molesta porque si la ficción no pretende más que recordar la realidad desde una determinada óptica políticamente clara, entonces no necesitamos la ficción, basta con poner La Sexta. Nunca me ha gustado el arte denuncia, la canción protesta o el cine con mensaje sociológico claro e infantil, a modo de verdad sólida de una sola cara y sin matiz alguno. Y de un tiempo a esta parte parece que los autores tienen cargo de conciencia si no hacen repetidas referencias a la situación económica del país y a la situación de “los de abajo”. Y sus mensajes son obvios, planos, vacíos, equivalentes a decir que están en contra de todo lo malo. Pues muy bien, gracias.

La economía de un tiempo a esta parte ha venido a ocupar un espacio que hace diez años no ocupaba ni de lejos. Y la política, que siempre ha tenido un protagonismo desproporcionado en nuestro país, no ha cedido su espacio. Vale que no hay que ocultar nada de la crisis (tampoco dilatarla). Pero que uno no pueda leer una novela sin que le recuerden que hay un 25% de paro, no es de recibo.

El arte y la cultura ni han resistido ni han querido resistir a la influencia de la agenda política, económica y periodística. Y eso es lo peor que le puede pasar al arte, que no permita trascender (por lo menos desconectar), que no sea independiente, que no camine por su propia senda, que sea brazo político y que se acabe convirtiendo en panfleto con un fin concreto. Las creaciones están dejando tanto espacio al compromiso, que apenas queda arte. Normal, cuando es mucho más fácil ganarte el aplauso fácil con repetir cuatro obviedades.

Así que habrá que recuperar obras anteriores a 2011, creadas en aquella época en la que nadábamos en ríos de oro y teníamos dos Mercedes en el garaje. Aquella época dorada, en la que había parados, había precariedad laboral, había pobres, había desahucios, había gente que moría en urgencias, había corrupción, había tipos que se jugaban la vida intentando cruzar la frontera, pero a nadie le importaba. No importaba porque no había ningún gobierno al que expulsar ni había ningún mensaje político antisistema que sostener. Ni había una agenda mediática señalando conciencias a cada paso y recordando que hay gente pasándolo mal. Siempre la ha habido, pero entonces Salvados se dedicaba a hacer programas sobre fútbol, tabaco, Nueva York y Eurovisión.

Y todo este postureo mostrará su indecencia en cuanto pase, en cuanto volvamos a los ríos de oro, a los dos Mercedes en el garaje y nos olvidemos definitivamente de los que lo sigan pasando mal, tal y como nos olvidamos de Irak. Y la ficción volverá a ser ficción.

Racismo

Para ficción, que no hay racismo en España. Claro que lo hay, a toneladas. La crisis económica pasará (para algunos, justo cuando gobierne la izquierda), pero la cultural aquí seguirá. Esperanza Aguirre está haciendo campaña en la calle en el distrito de Tetuán. Una señora de color se acerca, dice algo y abraza a la política, llegando a poner su cabeza sobre el pecho de Aguirre. Alguien hace una foto, queda bien y la usan para una especie de cartel para las redes sociales en el que puede leerse: “Hay una gran ilusión que nos une. #Ilusiónpormadrid”.

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De inmediato llegan las críticas y las bromas al respecto. La mayoría de ellas llevan una importante carga de racismo implícito (a veces explícito). De entrada todos suponen que la mujer es inmigrante. En algunos casos suponen, incluso, que es una mujer “sin papeles”. Se le supone, desde luego, un determinado nivel de vida. La cantidad de prejuicios es espectacular. También se da por hecho que es Aguirre la que acerca a la mujer a su pecho, cuando, viendo el vídeo de la escena, realmente sucede al revés. Lo que enciende la mecha del cachondeo es que la mujer que abraza a Aguirre es negra. El color de su piel es un abismo que sirve para justificar algo terrible: hacerse una foto con una mujer de color es populismo. Es evidente que el político lo usa para sacar votos, pero en el cartel el PP no dice nada sobre la persona que abraza a Esperanza. Son los ojos del que mira los que eligen la diferencia, los que dicen “coño, es negra, ¡está intentando ganar votos!”. Y a partir de ahí los prejuicios desembocan en una oleada de coñas que ha durado horas y que no ha encontrado apenas obstáculo o voces críticas. A nadie le ha rechinado que el problema fuera que un político se haga una foto con un negro, un extraño que viene de fuera. En 2015. Si la mujer hubiera sido blanca, la imagen hubiera pasado desapercibida. Algunos han caído en su propia trampa. Mientras algunos le suponen a Aguirre y al PP unos supuestos valores y una determinada ética, deberían primero mirarse al espejo. Queda mucho por andar.

Feminismo

Esperanza Aguirre no ha pedido perdón por hacerse una foto con una mujer negra, de momento. La Guardia Civil sí lo ha hecho por publicar un tuit en el que pedía tolerancia cero para el maltrato “en todas sus formas y variantes”. En el tuit podíamos ver la imagen de una campaña contra el maltrato en la que, sobre la cara de un varón, se puede leer “Cuando maltratas a una mujer, dejas de ser un hombre”. A su lado, el equivalente en femenino, mal hecho por algún anónimo con Photoshop: “Cuando maltratas a un hombre dejas de ser una mujer”.

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Ostras, han mentado a la bicha. ¿Maltrato en todas sus formas? ¿Qué son esas otras formas? El monopolio del sufrimiento es de las mujeres, diga lo que diga la realidad, porque así lo ha querido la izquierda y sus nocivas leyes, ministerios y costumbres. Una de las grandes representantes de esa izquierda más rancia, Elena Valenciano, se retrataba en varios tuits. Destaco uno de ellos: “Equiparar violencia machista que golpea y mata a las mujeres con el maltrato que pueden sufrir algunos hombres. Esa es la barbaridad”. Dejando a un lado los serios problemas de redacción, subrayemos el matiz: “golpea y mata” frente a “pueden sufrir algunos”. La atroz realidad frente a la hipótesis, la desgracia frente a lo ficticio o puntual, frente a lo novelado, lo delirante.

El Mundo titula su pieza informativa de la siguiente manera: “La Guardia Civil en el centro de las críticas tras un desafortunado tuit sobre violencia de género”. Desafortunado, en el centro de las críticas… Me encanta cuando en el titular de una noticia se introducen este tipo de valoraciones del periodista, sin disimular. Desafortunado será para la redactora.

¿Alguien puede estar en contra de un cartel que denuncia el maltrato a los hombres? Pues sí, sorprendentemente, sí. Enarbolaban la bandera de la igualdad y simplemente defendían el sectarismo. El sectarismo que lleva a que las cifras de maltrato en el hogar solamente sean conocidas a medias. Y aunque hubiera un sólo hombre maltratado, como víctima merece exactamente el mismo trato y la misma consideración que todos los demás casos de maltrato. Y lo importante, en cualquier caso, no son las cifras, sino que se oculten, que sean tabú, lo que evidencia los evidentes excesos del feminismo patrio.

Y el fondo lo hemos tocado cuando la Guardia Civil ha tenido que borrar el tuit y su denuncia al maltrato del hombre. Esta ha sido la disculpa: “Pedimos disculpas por el uso erróneo de un fake en el tweet sobre violencia doméstica. No queríamos equiparar, solo animar a denunciarla”. El tuit original está, por cierto, plagado de faltas de ortografía. No querían equiparar, dicen. Claro que querían, como cualquier persona decente querría. ¿Qué más da, realmente, que el cartel fuera falso?

Por suerte, el efecto Streisand ha aparecido en escena y el debate, totalmente adormecido mucho tiempo, parece que se ha desperezado un poco. Y los (las, básicamente) que pataleaban de indignación han quedado más bien retratadas con todo su esplendoroso sectarismo rancio, incluso a pesar de la prudencia de algunos para decir lo que piensan realmente de estos asuntos. No hay nada mejor que callarse por miedo a ser señalado, para pronto no poder abrir la boca nunca más. Y a mí no me apetece nada.