Cuando el debate nacional giraba en torno al AVE, decidí hacer periodismo de investigación y subirme al tren de alta velocidad. Ciudadanos ha reconocido que sería mejor no construir más líneas y gastarse el dinero en investigación para en vez de estar tecnológicamente a diez años de Estados Unidos, Alemania, Japón y China, solamente estemos a siete. Por su parte, Podemos ha denunciado en varias ocasiones que nuestro tren de alta velocidad es un medio de transporte reservado para las clases altas. Iglesias dijo en su entrevista en Televisión Española que “el AVE sólo pueden permitírselo una minoría de privilegiados”. A pesar de que en 2014 se vendieron 29 millones de billetes del tren de alta velocidad (y serán más en 2015) decidí investigar la situación real de este medio de transporte. La última vez que había ido en AVE había sido en 1992, así que era necesario refrescar la memoria y vivir la renovada experiencia de la alta velocidad española, al alcance de una minoría de privilegiados.

Decido comprar un billete a Valencia, ciudad de la que tengo buenos recuerdos que nadie tiene por qué conocer (sexo). Compro el billete con once días de antelación. Quiero salir por la mañana, sobre las doce, y tengo dos opciones: el tren de levitación magnética japonés al que llaman “regional” que tarda casi siete horas en llegar a la ciudad del Turia o el AVE, que tarda poco más de noventa minutos. Me decanto por el segundo sin motivo concreto, salvo el periodístico. La diferencia de precio entre uno y otro tren es de un euro y medio o de seis, según lo que elija. Evito ir en la mesa de cuatro (la opción más barata) en la que te puede tocar enfrente alguien resfriado que se pase estornudando y salpicando todo el viaje. Finalmente escojo la opción de 33,30 euros en la que no tengo derecho a elegir asiento, ni a cambios, ni a anulaciones, ni a entrar en una cosa llamada Sala Club, que por el nombre perfectamente puede ser un prostíbulo. El tren sale a las 12:40 y voy en un vagón silencioso en el que los niños que lloran son lanzados al exterior en plena marcha.

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Hago mi maleta y me planto en la estación de Atocha. Cuando voy a subir al tren, un señor con smoking me tiende la mano para ayudarme a superar el desnivel, como si yo fuera una damisela. Parece que es el revisor. Me pide el billete y algún documento que resuma mis títulos nobiliarios. Le digo que soy plebeyo y humilde, pueblo encarnado. Revisa el billete con cuidado y me mira de arriba abajo. Finalmente me deja pasar a regañadientes. Me acompaña hasta mi asiento. Se trata de un sofá de madera de sequoia de los mejores bosques de Canadá, piel de gacela del Serengueti y remates de terciopelo bordados a pie por personas sin brazos de algún país asiático. El capitalismo siempre esclavizando, me digo. Todo el vagón está forrado con maderas nobles, pinturas antiguas y chorraditas de otro tiempo que parecen más bien caras. Al fondo hay una bonita chimenea de leña y el fuego está encendido. Pronto llegan un par de pasajeros más. Primero es una señora, que me pone su mano delante de mi boca para que se la bese. Le digo que soy vegetariano y se va a su asiento. Se trata de la Condesa de Guarromán. Aunque estamos a veinte grados va cubierta de pieles y de joyas de oro que valen más que el PIB de Croacia. Luego entra un señor que me da la mano y hace una ligera reverencia. Es el Barón de Jander-Wattenberg, que finalmente se sienta en su sofá. Lleva monóculo y tiene hombro para poder mirar por encima al resto. El tren echa a andar y le pregunto al revisor si nadie más va en el vagón. Me dice que en cada tren no viaja más una docena de personas que pertenecen a “una minoría de privilegiados”.

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Plano general de uno de los siete restaurantes del AVE.

Cuando llevamos un rato, el revisor, que se ha cambiado de traje por uno todavía aparentemente más caro, anuncia la comida. Diez camareros entran y nos sirven cuidadosamente una ensalada de caviar. Los cubiertos son de oro, el vino de hace mucho tiempo. Mientras comemos el primer plato, entran dos hombres con un acuario en el que bucean media docena de langostas. Elijo la más gorda y sonriente y le pido al camarero que el animal no sufra mucho cuando se le dé muerte. Había dicho a la condesa que era vegetariano y mentí. Al rato nos sirven la langosta. El animal ya no sonríe tanto. Luego llega el postre: tarta Sacher traída en helicóptero desde Viena. Nos sirven el té y el conductor del tren, elegantemente vestido, entra a saludarnos. Nos anuncia que vamos a toda máquina y nos cuenta que el tren es indestructible. Le digo que espero que no encontremos icebergs por el camino. Me gruñe. Le pregunto quién está a los mandos en este momento y se va corriendo sin decir nada. El revisor entra de nuevo. Se ha cambiado de traje una vez más. Anuncia que en el vagón teatro se va a representar ‘Cats’ en diez minutos, por si queremos ir a verla. Prefiero leer algo, le digo. Me invita a pasar al vagón biblioteca, pero ya llevo yo mi libro, así que me quedo sentado. El barón y la condesa sí deciden ir al vagón teatro a ver la representación y me dejan solo.

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Bonita panorámica del vagón teatro en el que se representan distintas obras.

Al rato se escucha por los altavoces: “próxima parada Brideshead”. No es la mía. Me levanto al baño aprovechando que el tren se ha detenido en un descampado frente a una enorme mansión. En el baño todo es de oro y mármol, tan lujoso que se me quitan las ganas de mancharlo todo con mi orina. Vuelvo a mi asiento. En el pasillo veo un bonito cuadro. Me detengo a mirar los detalles. Parece un Monet. El revisor se acerca. Lleva un nuevo traje. Le pregunto por el cuadro y me confirma que, en efecto, es de Monet. Le pregunto si es original y me dice que por supuesto, que qué me creo, que eso es el AVE. Se va algo indignado. Llego a mi asiento. Alguien me ha servido un vaso de whisky. El revisor se acerca con una caja de puros y me da a elegir entre una docena de clases. Le digo que no fumo, pero cojo un par de habanos, por si en el futuro me animo. Seguidamente, en voz baja, el revisor me anuncia que no podré levantarme en unos quince minutos porque va a haber un desfile de moda en el pasillo del tren. El hombre desaparece y empiezan a pasar modelos con vestidos de alta costura. ¿De quién son?, pregunto a una de las esbeltas mujeres, pero nadie me responde.

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El vagón biblioteca atesora volúmenes originales de Shakespeare, Cervantes o Monedero.

Me aburro. Cuando acaba el desfile busco al revisor. Se ha cambiado de traje otra vez, pero me resisto a preguntarle por el asunto. Le pregunto por el vagón de la tercera clase, que seguro que hay un baile de divertidos obreros irlandeses. Me dice que no hay de eso en el AVE, que si quiero tercera clase que coja un Alvia. Le llamo clasista y le advierto de que me está tocando las pelotas. Me asegura que eso me lo pueden hacer mucho mejor en la Sala Club, a la que no tengo acceso.

Finalmente llego a Valencia. No me he podido despedir del barón y de la condesa porque en el vagón teatro siguen representando ‘Cats’, pero sí me despido del revisor que me da la mano algo forzado. Pongo el pie sobre el andén de la estación y aparece un grupo de mujeres indias vestidas con colores vivos. Comienzan a tirar pétalos sobre el suelo a mi paso. No paran de tirar flores delante de mí. Temo que vaya a resbalarme con tanta tontería. La gente de la estación me mira, un señor me hace una foto rodeado por las indias que siguen afanadas en tirar pétalos. Se me acerca un hombre de seguridad de la estación y me pregunta. Sí, ya sé que lo están poniendo todo perdido, le digo, pero es que venía en el AVE, ya sabe cómo somos los privilegiados. El hombre lo entiende perfectamente, aunque dice algo del “tren de la casta” que no acabo de entender. Camino hasta el metro y cuando introduzco mi billete en el torno, las mujeres indias salen corriendo hacia el interior de la estación. Desaparecen.

Por mi experiencia, el AVE es un buen medio de transporte y su relación calidad precio es más que notable. El servicio es atento y las actividades a bordo son variadas. Las langostas, mejorables. Pero no es normal que los ciudadanos tengan que pagar la inversión que supone un medio de transporte reservado a una minoría de privilegiados, hijos de papá, políticos corruptos y opresores empresarios de éxito. En definitiva, el AVE es un dispendio que solamente disfruta la nobleza y resulta una inversión algo discutible en estos tiempos de crisis y empoderamiento. El viaje de vuelta a Madrid lo hago en avión. El billete ahora me ha costado el triple que en el tren, pero en el vuelo me dan una bolsa de cacahuetes, así que me siento bien y unido al pueblo. Austeridad y patria.