Si miras el calendario, estamos en 2015. Es evidente que el votante español ha dado un paso hacia la izquierda y apoya salidas a la crisis que den más poder a los políticos que tanto nos han defraudado y que tanto han tirado nuestro dinero. La salida lógica sería la contraria a la que parecen haber elegido los españoles, tan confusos que pronto comenzarán a herirse a sí mismos. Para retrasar el desastre o para aplazarlo todo lo posible, el PSOE ha optado, seguramente, por la estrategia correcta.

Los socialdemócratas gobiernan con Podemos en muchas comunidades autónomas y ayuntamientos y Podemos (o sus plataformas ciudadanas) gobiernan en muchos ayuntamientos con el PSOE. Estas alianzas han cabreado al personal, que daba por hecho que Pedro Sánchez cumpliría su promesa de no pactar “con populares ni con populistas” (la frase es simpática por su sonoridad). Tampoco pactaría con Bildu, dijo en otra ocasión. No sé si ha cumplido algo además de lo de no pactar con el PP. Es igual.

Escucho voces que dicen que el PSOE es el colaborador imprescindible y el tonto útil de Podemos. Escucho a Aznar decir que “no pactar con populistas es la primera regla para evitar el populismo”. Rajoy dice que “nadie toma en serio” a Pedro Sánchez por haber pactado con Podemos. Hay tertulianos por todas partes repitiendo el mismo discurso, diciendo que el PSOE se ha radicalizado y adelantando que estos pactos serán la tumba de los socialistas. La alocada Aguirre iba en una línea similar y ofrecía todo tipo de pactos al PSOE para evitar un ayuntamiento podemita en Madrid. El PSOE no acepta y finalmente apoya la investidura de Carmena, pero manteniéndose en la oposición. Bien.

En 1992 un tal Hugo Chávez lideró un Golpe de Estado que acabaría con él y sus colegas en prisión. Tras dos años entre rejas, fue amnistiado de forma absurda por el presidente Rafael Caldera al que Chávez acabaría sucediendo. Esta etapa tiene cierto paralelismo con la que vivió Hitler antes de armarla: soldado, golpista, escritor de manuales revolucionarios, encarcelado, perdonado, político, perseguidor de la oligarquía, ganador de elecciones tras una fase de profunda decepción de los ciudadanos con la clase política y una crisis económica, ocultación inicial de sus planes revolucionarios, inventor de golpes de Estado para reafirmar su poder… Pueden compararlas por pura diversión, pero dejemos a Hitler a un lado, que su figura es tan extrema que suele estropear cualquier tipo de analogía.

El caso es que el ascenso de Chávez, con el apoyo de Castro y de algunos empresarios (miren, como Hitler [¡Basta!]) fue meteórico tras su liberación. En las elecciones parlamentarias de 1998 el partido de Chávez ya es la segunda fuerza del país. En un país en crisis social, política y económica, el ascenso de Chávez parece tan imparable que los dos principales partidos hasta entonces, COPEI y Acción Democrática, ven las orejas al lobo y deciden juntar sus fuerzas y apoyar a un mismo candidato, Henrique Salas Römer (no es ‘Rommel’ de milagro [¡paremos esto!]). Un año después, Chávez gana las elecciones presidenciales con el 56% de los votos ante la impotencia de los partidos antiguos. El bipartidismo se había defendido como gato panza arriba y en el último momento había decidido unir sus fuerzas para salvar el chiringuito. Fue el gesto definitivo que sirvió para legitimar el discurso político de Chávez contra una clase política corrupta que había gobernado para sí misma y para parte del poder empresarial. ¿Les suena? En Venezuela sigue habiendo tanta corrupción como entonces (más, realmente), pero el pastel a repartir ahora es más grande y los ciudadanos pueden llevarse un pedazo más jugoso de lo que produce su fértil país.

En 2012 Grecia celebra unas elecciones (adelantadas) que dan como resultado un pacto similar al venezolano entre los dos grandes partidos tradicionales. Nueva Democracia y PASOK venían alternándose en el poder desde 1974. Al pacto entre los dos grandes partidos se une Izquierda Democrática, un partido de centro izquierda. El cóctel es similar al de Venezuela: corrupción, crisis y casta gobernando de vergüenza mientras la población sufre. Son países diferentes, de acuerdo, pero el bipartidismo se defiende de igual manera: pactando entre ellos para aislar (o intentarlo) al nuevo partido de izquierda radical, que en este caso es Syriza. El líder de Nueva Democracia, Antonis Samarás (segunda persona, futuro de indicativo), es elegido primer ministro. En Grecia no gana Syriza a las primeras de cambio ya que al menos Nueva Democracia y PASOK no habían cometido el error de ir juntos en la campaña electoral. Pero cuando llega el pacto, el PASOK firma su sentencia de muerte y Syriza ve reforzado su discurso contra una casta que considera al servicio de la Unión Europea (ya sabemos cómo ha acabado la cosa). Para colmo, el gobierno de Samarás aprueba fuertes recortes para intentar cuadrar las cuentas. Ya en 2012 era muy alta la probabilidad de que Tsipras acabara llegando al poder más temprano que tarde. A pesar de que Nueva Democracia cree que sus medidas están dando buenos resultados para sacar al país del pozo, en 2014 Syriza gana las elecciones europeas. Viendo el panorama, Samarás decide finalmente convocar elecciones anticipadas. Las gana Syriza y el PASOK se desploma hasta la insignificancia.

Grecia y Venezuela, otra vez. Que nadie crea que es casual. Lo que intenta Podemos es repetir la hoja de ruta de estos dos ejemplos, tomando incluso elementos concretos del discurso de Chávez, como la casta o la patria (o el más anecdótico del “tic tac”) o de Syriza y sus enemigos (FMI, Merkel, etc).

Pablo Iglesias en 2012, con camiseta de Chávez puesta, da una charla en algún lugar de Málaga sobre lo que cree que ocurrirá años después en Grecia y Europa. Acierta en muchas cosas (también dice alguna chorrada) y, con el precedente del 15M y el menos importante de las elecciones autonómicas gallegas, calcula que la socialdemocracia, también la española, se quedará sin espacio político y prácticamente desaparecerá. También asegura que en España no aparecerá ningún nuevo partido para ponerlo todo patas arriba.

Así que, como decía, el joven profesor se aventura a crear un partido político para intentar emular lo que hizo Chávez y lo que está haciendo Syriza en Grecia, partido repetidas veces alabado en aquel momento en diferentes medios por Monedero, Errejón y el propio Iglesias. Así surge Podemos que, apoyado por empresarios de medios de comunicación y con una figura carismática que muestra su rostro hasta en las papeletas, da la sorpresa en las elecciones europeas. A partir de ahí rompe todos los umbrales en muy poco tiempo y en medio año gana su primera encuesta electoral. Es el otoño de 2014.

Es cierto que en aquel momento el PSOE está en reconstrucción acelerada y no tiene un líder tan asentado como hoy está Pedro Sánchez, político mejor valorado en este momento. Y también es cierto que todavía parte del electorado que pide “un cambio” y que no está del todo cómodo con Podemos todavía no ha acabado decantándose por Ciudadanos. Luego vendrán algunas crisis podemitas, como la de la beca de Errejón y la complementaria de Monedero, que hacen daño al partido, impoluto hasta ese momento. No pretendo ser exhaustivo.

Viajemos hasta las elecciones municipales y autonómicas de 2015. Los buenos resultados socialistas en las andaluzas dieron algo de aire al PSOE y fueron un primer golpe para Podemos. Poco después los socialistas obtuvieron un resultado decente en las municipales y autonómicas (más que decente teniendo en cuenta que hay dos nuevos partidos en juego), quedando muy por encima de Podemos (que no pasó de tercera fuerza en ninguna comunidad) y acabando muy cerca del PP (al que ahora supera en poder autonómico). Sí, las plataformas asociadas a Podemos obtuvieron poder en los ayuntamientos de grandes ciudades, pero en ellos dependen de la paciencia del PSOE para poder gobernar. Además, algunos socialistas consideran absolutamente beneficioso exponer a personajes tan lamentables como Zapata o Kichi (incluso Colau) que lo único que pueden hacer es perjudicar electoralmente a Podemos. Y así está siendo desde el primer minuto de la legislatura. Que sigan.

Ahora las encuestas están siendo buenas para el PSOE, que no se ha desplomado y que tiene al Partido Popular a su alcance. Este escenario no es ni mucho menos el que esperaba Pablo Iglesias hace un año (ni hace dos o tres). Por supuesto, todo puede cambiar tras las generales, momento en el que el PSOE puede verse reforzado y legitimado para exigir un pacto a Podemos a cambio de mantener en los ayuntamientos a determinados alcaldes. Lo contrario iniciaría un peligroso intercambio de cromos y mociones de censura. A diferencia de Podemos, el PSOE no está adelantando acontecimientos y va pasito a pasito. Y les va bien.

Cuanto más lejos, mejor

Para buena parte del votante de izquierdas la medida electoral más importante es que no gobierne el PP. Creo que a la inversa no se da con tanta intensidad. ¿Alguien puede realmente pensar que beneficiaría al PSOE permitir que gobernara Esperanza Aguirre en la ciudad de Madrid? Si hay alguien odiado por el votante de izquierdas, es la señora condesa. El PSOE no puede hacer ningún movimiento en falso en la capital hasta después de las generales, por eso permite que Carmena sea alcaldesa. Esto es extrapolable a otros lugares. A partir del invierno, el escenario puede ser otro, especialmente si Iglesias obtiene un mal resultado electoral.

Preguntado el líder de Podemos por la estabilidad del gobierno de Carmena en Madrid, Iglesias aseguró que “por la cuenta que les trae” el PSOE seguirá apoyando a la candidata de Ahora Madrid y añade que Podemos “ganará las generales por mayoría absoluta” si Carmona “se pone de acuerdo” con Esperanza Aguirre. Lo comparto. Pero el PSOE ha aprendido de experiencias pasadas y no va a meter la pata en este asunto.

pedromariano
Son cinco minutos, Pedro, son cinco minutos…

En algunos países se entiende el bipartidismo como algo normal. En otros, un pacto entre la izquierda y la derecha se ve con absoluta normalidad, pero son países maduros, sin ridículos bandos y odios sobreactuados. No son España. Pero esto es lo que ocurre cuando te pasas años sembrando odio hacia un partido político tan democrático como los demás. Odio salpicado de memoria histórica, por supuesto.

Además, es el discurso de Pablo Iglesias, parecido al de Chávez o Tsipras en este sentido, el que hace imposible cualquier acuerdo de los dos grandes partidos. Nada le gustaría más a Podemos que un pacto entre los partidos de la casta que reforzara su discurso antisistema.

Recuerdo las imágenes de la firma del pacto contra el yihadismo en las que Pedro Sánchez, que de natural tiende a la sonrisa, mostraba claramente su incomodidad por estar sentado al lado de Mariano Rajoy. Sabía de sobra que tenía la peste al lado. Cualquier imagen de acuerdo con el PP le quita votos y da igual cuál sea el contenido del acuerdo. Incluso, tras la firma, Pedro Sánchez anunciaba que eliminaría la prisión permanente revisable que acababa de acordar. Responsabilidad nacional y política chocaban. Sea por convicción o no, era mucho mejor para el PSOE no estar de acuerdo del todo con el PP y apelar al “cuando gobernemos nosotros”.

Iglesias en algún momento creyó que alcanzaría la mayoría absoluta. Luego pensó que ganaría al PSOE, pero que necesitaría su apoyo para gobernar. En aquel momento dijo que Pedro Sánchez tendría que elegir entre Rajoy y él mismo (ya se autoproclamaba candidato) para que gobernara el país. Ahora las encuestas y los últimos resultados electorales apuntan a que muy probablemente será Pablo Iglesias el que tendrá que decidir entre PSOE y PP, aunque no creo que tomar la decisión le cueste mucho.

Sí sorprende que Podemos no haya intentado forzar un pacto entre PSOE y PP antes de las generales en algún lugar destacado. Lo más que ha hecho es imponer unas condiciones al PSOE andaluz lo suficientemente exigentes como para que compensara el pacto o para que, en caso contrario, compensara el castigo que ha sufrido Ciudadanos al apoyar a Susana Díaz.

Las críticas a los socialistas están siendo poco inteligentes. Ellos han optado por un perfil bajo, por alejarse del PP todo lo posible y por dar un toque de orgullo nacional en forma de bandera gigante para no permitir que el patriotismo lo monopolice Podemos. Pablo Iglesias esperaba la desaparición del PSOE y no ha acertado, al menos por el momento. Algunos se han dedicado a despreciar y a infravalorar a los socialistas sin mucho éxito. Ya comenté por aquí que Podemos había cometido el enorme error de entrar en el escenario político posicionado excesivamente a la izquierda. Esto había permitido al PSOE encontrar un sitio espacioso y cómodo en el que incluso después ha cabido Ciudadanos. Ahora Iglesias y los suyos intentan acercarse al centro pisoteando todo lo que sembraron en 2014 y esto tiene un desgaste. ¿Quién puede creer al que hace un año decía una cosa y ahora dice la contraria? Ni qué decir tiene que el paso de los podemitas por los ayuntamientos está aumentando ese desgaste y está obligando a Podemos a repensar determinados discursos. Por ejemplo, ¿puede ahora Podemos hablar de casta mientras en sus ayuntamientos el nepotismo campa a sus anchas? ¿Puede criticar las reuniones en privado en los reservados de los hoteles mientras Iglesias se reúne con la casta en uno de ellos? Difícilmente. Y no son asuntos menores en el discurso podemita. El circo que Syriza ha montado en Grecia ha venido a rematar la faena y veremos qué consecuencias tiene en el panorama político español. Mientras el PSOE, en su estrategia de ir de puntillas, optaba por una posición de apoyo al pueblo griego, Podemos se mojaba apoyando también (sobre todo) a Tsipras. Luego intentó matizarlo. Ahora el PSOE nos cuenta que la socialdemocracia (representada especialmente por Hollande) ha salvado a Grecia y a la Unión Europea. Iglesias tiene mucho más complicado vendernos que la gestión de Syriza ha sido un éxito, cuando ni el propio partido heleno está contento. Los líderes podemitas han enmudecido y sus seguidores se han pasado el día corriendo en círculos. El matiz entre ambos discursos sobre la situación griega es importante y el PSOE ha vuelto a sacar rédito de su perfil bajo, de su izquierdismo moderado.

A todo este escenario habría que añadir un par de elementos importantes. Por ejemplo, la caída del discurso de democracia interna que lucía Podemos con orgullo y que se ha ido viniendo abajo hasta desembocar en unas primarias más cerradas que las de otros partidos y en un papel inexistente de los famosos círculos. Las quejas internas están más o menos controladas, pero paralelamente ha aparecido una plataforma ciudadana alternativa como Ahora en Común que intentará arrancar a Podemos cierta parte de su electorado y de su legitimidad. La plataforma parece un proyecto sin fuerza o destinado al fracaso. Puede ser, pero que tengan cuidado los podemitas, que políticos como Alberto Garzón tienen mejores índices de popularidad que cualquiera de los miembros de la cúpula de Podemos. Mientras Pablo Iglesias dice en primera persona del singular “no voy a ceder al chantaje”, los alternativos tienen toda la razón del mundo con su iniciativa: ¿por qué una plataforma ciudadana iba a ser más legítima que otra? ¿Tiene Podemos que acaparar en exclusiva el sentir y la representatividad de “la gente”? ¿Cómo se sostiene un discurso así y más en un partido especialmente personalista? Con muchos gritos en los mítines, parecen pensar en Podemos.

Política aparte, también tendrán su peso ciertos cambios en el panorama televisivo que se han producido estas semanas y que podrían variar el apoyo que determinadas cadenas han brindado patéticamente a Podemos. Lo veremos. Estoy convencido de que la supervivencia del partido de Iglesias depende especialmente de La Sexta y de otras cadenas. Si los medios quieren, todavía pueden hacer que Podemos sea un anecdótico recuerdo.

Con todo esto no digo que Luena, López, Sevilla o Sánchez o los que deciden en el PSOE sean unos genios, pero recibieron un partido que zozobraba y han sabido mantenerlo a flote. Y algunos se han equivocado creyendo que los de Podemos son los más listos del país. Los socialistas han encontrado su lugar y están teniendo mucho cuidado en cada paso que dan, mientras Podemos da cierta sensación de descontrol, de no tener todo tan atado especialmente donde gobierna, en los ayuntamientos, incluso a pesar de su inexistente democracia interna y de que su caudillo intenta reunir todo el poder posible.

Quedan todavía unos meses para las elecciones generales (permítanme que no mire más allá) y todo cambia muy rápido, absurdamente rápido, irracionalmente rápido. Pero el escenario presente para el PSOE es mejor que el que muchos calculaban, incluido Iglesias. Ojalá otros hubieran sido igual de inteligentes y de prudentes en el pasado. Tiene mucho mérito, porque rompe cálculos y tendencias, rompe un poco con la Historia. En definitiva, Pablo Iglesias se ha equivocado y esto es lo mejor que se puede decir.