Como en un país de mierda cualquiera, por la mañana nos encontramos con las imágenes de las bandas de agitación de la extrema izquierda asaltando sedes de Ciudadanos. Aquellas ratas antidesahucios y prosubvenciones movilizadas como un rebaño nos recordaron que España es un país del primer mundo de pura casualidad y gracias a Alemania. De no estar en Europa, no duden que seríamos un país bolivariano más, con tanta gentuza que se acumula, como la roña, en las rendijas del sistema. Decían que al entrar algunos partidos en las instituciones, esa gentuza saldría de la calle. Se equivocaban: son un elemento más de su forma de imponer su ideología. Van de provocación en provocación, saltándose las normas esenciales de una campaña decente, hasta que alguien le parta la cara a alguien y también lo usen electoralmente. Como si no pasara nada, el partido de Rivera está sufriendo una de las campañas políticas más repugnantes que recuerdo en nuestro país, con episodios de difamación y extorsión que harían palidecer a los guionistas de ‘House of Cards‘. Sus efectos servirán para valorar si ya estamos perdidos o no.

Por la noche, Rajoy y Sánchez se reunieron a debatir en uno de los escenarios más feos de la historia de la televisión, situado como en otra dimensión. Campo Vidal había pasado allí un par de horas antes del debate, pero cuando volvió a la Tierra para recibir a los candidatos, para él habían pasado veinte años. De ahí sus canas, a juego con la nostalgia de los tiempos en los que esto del debate político era un acontecimiento honorable. Todos se hicieron fotos para dejar constancia de que aquello iba a suceder de verdad y después se metieron en aquel lugar vacío y desolador, solos en ninguna parte. En los hogares, el silencio evidenciaba la tensión frente al televisor. ¿Saldrán de ahí con vida?

La aventura comenzó con la intervención del líder del PSOE, que quiso recordar que Rajoy no había querido debatir con nadie hasta anoche. Campo Vidal cortó a Sánchez en esa primera intervención, por salirse del tema pactado. Era el discurso que abría el debate, un momento clave. Cortar un discurso de apertura, en mi opinión, solamente estaría justificado si el candidato hiciera apología del nazismo, se ciscara en el Papa o se pusiera en pie para demostrar físicamente su virilidad. Pero Campo Vidal paró el tiempo y detuvo el corazón de Sánchez, que no se lo podía creer. Dos tardes ensayando este inicio para que ahora este señor de atrezo me interrumpa.

Esa intervención del moderador hacía presagiar que el debate iba a ser un intercambio de discursos prácticamente cerrados y nada más. Pero no lo fue. Apoyado en unos primerísimos planos en los que Rajoy salía perjudicado con sus muecas, con mayor ritmo y mejor dominio de su cuerpo, Sánchez ganó cómodamente la primera parte del debate describiendo la gestión del Partido Popular y sacando unos gráficos que usó con cierta habilidad, a veces rozando la ironía. Curiosamente, Rajoy sufrió más en la parte económica que cuando se habló de corrupción. Aquello debió decepcionar al líder del PSOE que, en el turno destinado a hablar de la reforma constitucional recuperó los trapos sucios que, a su juicio, no habían sido expuestos al público lo suficiente. Sánchez tocó techo cuando le reprochó a Rajoy no ser decente. El presidente esperó tranquilo a que la lluvia mojara el suelo y cuando fue su turno, se echó hacia atrás en su silla y abrió sus manos. Hasta ahí hemos llegado, ahí usted se ha pasado. Rajoy parecía realmente ofendido. Por un momento pensé que el presidente iba a levantarse y a largarse. Pero, por suerte, se quedó discutiendo en el lugar horrible. Sánchez tachó algo en un folio, probablemente la palabra “apaleamiento” y dio su misión por cumplida. Rajoy se arrinconó como una víctima e insistió en que los insultos no se los admitía. Además, le dijo a Sánchez que su afirmación había sido “ruiz”, ruín, mezquina (qué pena que no dijo “mezquita”) y miserable. En mi opinión, el recurso funcionó, aunque Rajoy se defendió leyendo. Sí, tenía parte de su defensa escrita en un papel. El presidente daba por hecho antes del debate que algún palo por la corrupción le iba a caer, así que tenía una defensa preparada: indignarse, decir que es inocente e instar a que le lleven a un juzgado si alguien sabe algo. Cómico. Pero es un recurso parecido al que usa Iglesias cuando le hablan de los chanchullos de su partido: la sobreactuada indignación. Mi partido es honradísimo, oiga. El rejonazo de Sánchez me recordó a la fotografía de una mujer (la abogada Montserrat Corulla, vinculada a Malaya) que Miguel Sebastián le sacó a Gallardón en un debate con la que, tal vez inocentemente, parecía querer insinuar una infidelidad del candidato del PP. Gallardón tomó el papel de ofendida víctima muy hábilmente y le funcionó. Hay una diferencia con lo de anoche: Gallardón tenía motivos para estar ofendido y Sánchez tenía motivos para dudar de la decencia del Rajoy que animaba a Bárcenas a ser fuerte.

Creo que lo peor no fue el recurso de Sánchez, que hizo un buen repaso de la corrupción del PP e incluso recordó los sms de Mariano antes de decirle que no era un tipo decente. Lo peor fue lo que vino después. Los dos políticos entraron en un bucle de reproches apenas invariable que duró unos minutos que se hicieron eternos. El tono subió algo (todavía había margen) e incluso Rajoy devolvió alguna descalificación que, por suerte, fue algo contenida. Atascados, sin querer ninguno bajarse de la burra, esperaban una interrupción que no llegaba, como dos tipos que amenazan con pegarse pero que están deseando que todo el mundo se interponga para separarlos. Pero Campo Vidal, paralizado por el miedo y por el paso del tiempo, no detuvo nada. Supongo que tenía la intención de dejar que el debate no fuera especialmente encorsetado, pero no supo encontrar el término medio. Así que el periodista, mientras veía pasar la vida ante sus ojos, tal vez toda la historia de España, no intervino cuando era groseramente necesaria su actuación. Su invisibilidad afectó al resultado del debate y a la percepción desde casa. Fue finalmente el propio Sánchez el que salió del bucle para coger carrerilla, se rebajó el tono y ambos hombres se vieron liberados de aquel tormento.

A partir de ahí el cara a cara bajó en intensidad y perdió interés. El espectador había sufrido un desgaste mayor que el de Rajoy y no era fácil prestar atención, especialmente con un debate tan veloz y con tantos datos, a menudo, poco acertados. Era como un bar tras una pelea. Todo estaba enrarecido, el ambiente estaba cargado. Al final, no sé si se dieron la mano, pero si lo hicieron, no tuvo sentido. Tras las palabras de despedida de Campo Vidal, Rajoy y Sánchez no cruzaron palabra mientras sonaba una sintonía más vieja que la democracia misma. Luego perdimos de vista el escenario inmundo de la batalla.

Sánchez desató la tormenta que había querido evitar Rajoy ausentándose de los debates a cuatro. Los reproches de Iglesias y Rivera a Soraya en Atresmedia fueron una brisa ridícula en comparación. Anoche, el líder del PSOE echó el resto, como se esperaba, y quiso dejar muy claro que el bipartidismo no es una banda de amigos que se lanzan pellizcos de monja y que luego se reparten el poder. Le dio a los votantes de izquierdas lo que demandan y lo que le aplauden a Iglesias: dar caña. Pablo Iglesias dice “Gürtel” y hay progres que aplauden emocionados. Dice “Bárcenas” y sus ojos se humedecen. Bár-ce-nas. Buah, qué lagrimones. Así que Sánchez utilizó el combo máximo, apretó el botón nuclear y gastó todo su arsenal por si no hay más batallas para él. E hizo bien en no guardarse nada. Nadie ayer pudo reprocharle medias tintas o connivencia con el Partido Popular. No hubo perdón, no hubo tregua, no hubo pacto, no hubo amiguismo. Así que en La Sexta tuvieron que cambiar un poco el discurso. Desde por la tarde sabíamos que la conclusión en la cadena de Atresmedia sería que el debate lo había ganado Pablo Iglesias a pesar de no haber participado. Y así fue. Pocos segundos después del final del cara a cara, La Sexta nos mostró el rostro pretendidamente sereno del ganador del debate, sentado junto a Ferreras. Como el líder de Podemos no podía reprochar que el cara a cara hubiera sido la escenificación de un falso combate, tuvo que optar por reprochar a los contendientes excesiva dureza. El cínico mayor del reino se comportó como la princesa del guisante, rozando el estupor ante la agresividad del enfrentamiento entre Sánchez y Rajoy. A uno de los políticos más radicales y ofensivos de nuestra democracia le faltó llorar afectadísimo en directo y ser abrazado por García Ferreras mientras le susurraba al oído “tranquilo, ya pasó, Pablo, ya pasó”. Pero Pablo fue fuerte y aguantó para no derrumbarse delante de las cámaras tras presenciar tan salvaje espectáculo.

Es evidente que mientras Sánchez utilizó cierta agresividad como último recurso, Iglesias está en otra etapa, en la etapa del “sonrían ustedes”. Porque la etapa del “son todos unos ladrones”, la etapa de la casta y del entrecejo leninista ya pasó. La etapa de gritar a una presentadora, de decir que la prensa miente, la etapa de llamar “pantuflo” a Inda o “caradura” a Rivera de la Cruz, la etapa de sacar de Wikipedia lo peor Alfonso Rojo, la etapa de pedir a tus seguidores que busquen “declaraciones inaceptables” de tus compañeros de tertulia, esa etapa, es historia y olvido. De hecho, para la mayoría, jamás ocurrió. Iglesias sentenciaba que prefería “debatir de otra forma”. Yo “en las peleas en el fango no quiero entrar”. También reprochó a los candidatos del cara a cara hablar de los fracasos del pasado y de un exceso de “mirar por el retrovisor”, como si él no hubiera asentado sus posibilidades electorales en hablar de la corrupción y del pasado de nuestro país. “Nuestro país no se merece un debate así”, sentenció. Me recordó a Rubalcaba un 13 de marzo de triste recuerdo.

Dos días antes, Iglesias había asistido encantado a un mitin en el que Colau llamó “criminales” a PP y PSOE y su número dos en el Ayuntamiento llamó Primo de Rivera a Albert Rivera. Pero esos insultos no le parecieron inaceptables al líder de Podemos y ningún reproche hizo a los que los pronunciaron en nombre de su propio partido. No era el día.

Alabo la habilidad de Iglesias para adaptarse a lo que toca cada minuto, pero éticamente esos cambios son impresentables. Estos juegos de malabares, de cinismo estratosférico e insultante, solamente funcionan con la colaboración de la idiocia del votante. Y ahí está el peligro.

El caso es que en La Sexta finiquitaron el bipartidismo ante la mirada indiferente de un Politikon que no servía a los intereses del medio y que no quería deslucir sin necesidad el cara a cara. Así que apenas le dejaron hablar mientras la mascota de la cadena estuvo presente. Todo fue patético, como se esperaba. La cadena de Atresmedia asume cada uno de sus días de emisión que sus espectadores son analfabetos políticos y audiovisuales y, ojo, es probable que ese cálculo sea acertado.

Al mismo tiempo, en Twitter algunos socialistas promovían mensajes con la etiqueta “Apaga la Sexta”, indignados con el numerito de Ferreras e Iglesias, al que finalmente acabó uniéndose Rivera. Por cierto, alguno pensará que Ciudadanos no debería atender a La Sexta tras las encerronas de la semana pasada, como la entrevista de Ferreras a Arrimadas o el seis contra uno de La Sexta Noche. Pero no se equivoquen, no les queda otro remedio que ir y tragar. Y ahí estuvo Rivera con una sonrisa, sin comentarle a Pablo que controle a sus masas en la calle. Pronto llegará la próxima sesión de apaleamiento que se les ocurra a los directores de la cadena y ahí habrá alguien de Ciudadanos obligado a sonreír.

En definitiva, es curioso que fueran los socialistas quienes ayudaran a crear esa máquina de manipulación baratera que es La Sexta y ahora protesten porque apoyan a otros. Pero tranquilos, si el PSOE deja de ser voto útil, todos los que anoche lloraban se subirán al carro podemita en el que La Sexta va incluida. Será como volver con su ex pareja.

Venga, que nos vamos

Tengo la sensación de que el PP, que no ha ganado ningún debate (Rajoy perdió hasta la entrevista con Bertín), está completando una buena campaña electoral para sus intereses. Le va a costar movilizar a su electorado, poco amigo del frío. Además, el PP ilusiona poco y se ha convertido más bien en un voto defensivo de cosas peores. Pero tampoco descarto que el día 20 los de Rajoy obtengan una victoria abultada y que el plan (legítimo, aunque repugnante) de dividir a la izquierda funcione.

También tengo la sensación de que Sánchez sale ligeramente reforzado con su número final, aunque no sé si electoralmente le va a servir de mucho. Es difícil sacar conclusiones, porque no sabemos en qué lugar estaba el PSOE el domingo y en qué lugar estará hoy respecto a cómo estará el próximo domingo. ¿Cuántos votos ha movido Sánchez adelantando por un día a Iglesias por la izquierda e invadiendo su terreno anti corrupción? Nunca lo sabremos. Sánchez tenía la desgracia de ser uno de los políticos mejor valorados en las encuestas, entre otras cosas, porque no cae especialmente mal a gente que no le va a votar. Se había quedado entre dos aguas y ayer quiso cargárselo todo. Es difícil conseguirlo en una noche, pero seguramente hoy tendría menos nota que hace veinticuatro horas. Y tal vez más votos. Ha cabreado a algunos, a los adecuados.

Tampoco sé muy bien si la campaña rastrera que está sufriendo Ciudadanos ayudará o perjudicará al partido de Albert Rivera. Sé que hay gente cabreada con el mondongo que ha montado la extrema izquierda y al que de vez en cuando se ha subido el Partido Popular. Pero sé que hay votantes que los mondongos se los tragan sin masticar y sin que encuentren obstáculo hasta que no han llegado al píloro.

Ayer fue catorce de diciembre. Para mí fue distinto a todos los catorce de diciembre anteriores, con la Navidad ausente por los tiempos que corren, rematada por la política a destiempo por elección absurda del señor presidente del Gobierno. Podría no haber sido así, pero así ha surgido. Y es raro.

Saben que ando pesimista al contemplar el panorama social y el escenario político. Mi confianza en el votante medio no es muy alta. Y no es porque algunos no voten lo que yo pueda votar o no, que eso es lo de menos. Lo que decepciona es ver a un vendehúmos con un pasado oscuro y unas amistades peligrosas pasearse por la escena política impulsado por las mentiras y el cinismo en cantidades poco aceptables, ante la desmemoria de la gente que no tiene tiempo para otra cosa salvo para votar lo que le dicen que hay que votar. Y lo peor no es que los periodistas no estén sabiendo trasladar al ciudadano la talla del personaje, lo peor es que algunos colaboran en ese trabajo de ocultar sus muchas vergüenzas con el objetivo de llevarlo al poder por los intereses que solamente ellos conocen. La pornográfica felación de Ferreras a su adorado líder en la noche de ayer es solamente un ejemplo más de un contenido que en 2015, en una sociedad moderna y educada, deberían provocar profunda repulsa general. Porque anoche no solamente fue patética la escenografía del cara a cara, también fue patético lo que se vio en La Sexta, aunque intenten ocultarlo tras un buen escenario y adornarlo con unas cuantas luces de burdel. En unos días comprobaremos cuánto han deslumbrado esas luces en este año y medio de campaña, que ya veremos si termina el domingo. De momento, ya sabemos una cosa: el porno de anoche fue líder de audiencia. Feliz quince de diciembre.