La campaña tocó fondo, a falta de nuevos espectáculos futuros. Algunos me habían comentado que sonaba demasiado pesimista en mis últimos artículos. Un puñetazo ha venido a apuntalar mi bajo estado de ánimo y la decepción que me provoca buena parte de la sociedad española. Tener diecisiete años y ser de extrema izquierda, una aberración demasiado común entre los jóvenes españoles. En mi época la mayoría éramos unos radicales de la Playstation, que también te freía un poco la cabeza, pero al menos no te convertía en una máquina de odiar, de odiar cosas que no entiendes en absoluto. Porque para pegar un puñetazo a un señor de sesenta años porque es el presidente del Gobierno es tan absurdo que no se le puede encontrar explicación, salvo dando por hecho que el joven era un pobre imbécil. A ver, con esa edad la probabilidad de serlo es alta y eso se puede perdonar. Lo que es imperdonable es el conjunto de causas y efectos, de explicaciones a las cosas que pasan en el país y en la vida de las personas que estamos dando a los más jóvenes y a los menos jóvenes. Algunos hablan de caso aislado, pero creo que se autoengañan. Hace unos días un guardaespaldas (me parece que lo era) tuvo que evitar que un joven pegara a Jordi Cañas a la salida de un acto. Esta semana otro joven se acercaba a Albert Rivera para intentar sacarle de quicio haciéndole una pregunta que luego no quería dejar que contestase. Eso tiene un nombre. Al final, llegó la hostia. La hostia que se veía venir y que debería hacer reflexionar a todos sobre por qué tenemos tantos jóvenes criados enteramente en democracia, en la época de mayor prosperidad de nuestro país, con más cultura más accesible y más barata que nunca y que son unos sectarios de manual carentes de cualquier valor moral e incapaces de alojar un mínimo de empatía.

Porque, insisto, no es un caso aislado. Basta con darse una vuelta por Internet, donde la mayoría se contienen más bien poco, para ver la cantidad de gentuza (de la que hablaba hace poco) que está inundándolo todo. Gentuza que busca ser escuchada mientras vomita indignidades contra todo el que no piensa como él. Y hay muchos corresponsales aquí: desde cadenas de televisión indignas a educadores que prefieren lavar cerebros antes que enseñar algo a sus alumnos. Que un chaval pegue al presidente del Gobierno y, para colmo, lo celebre, no solamente avergüenza a su familia, nos avergüenza como país.

Sí, algunos autodenominados periodistas, defensores de los partidos que alojan a esta clase de gentuza, intentaron minimizar el incidente hablando de sopapo y de bofetada sin importancia. Incluso, aprovechando que estaba recibiendo alguna medicación, llegaron a inventarse que lo había hecho una especie de tarado mental. Este chico no tiene más tara mental que la que tienen muchos otros: ser de extrema izquierda.

Los podemitas más comedidos no dudaban en mostrar mucha mayor preocupación por las implicaciones electorales de la agresión que por la agresión en sí, lejos de sugerir en ellos una cierta reflexión sobre lo que está ocurriendo en este país. Y lo que está ocurriendo no es nada salvo lo normal en un país que acepta como democrático a un partido chavista.

Superado el estupor general y viendo que sus elecciones de mierda seguían intactas, no dudaron en mostrar su apoyo al agresor. Sirvan de ejemplo los comentarios a la noticia en El Diario. Ignacio Escolar debe de estar avergonzado de la jauría de salvajes que tiene por lectores. O igual no.

Es evidente que muchos jóvenes se hacen radicales, de extrema derecha, de extrema izquierda o de cualquier otra extrema idiotez para rellenar los huecos de su inexistente personalidad, para ser aceptados en un grupo y para tener alguna motivación en la vida. Añadimos que la tendencia al buenismo y el ansia de un adolescente (y postadolescente) por conseguir un mundo más justo es la palanca con la que la extrema izquierda atrae al rebaño a los menos radicales y menos cenutrios, diría. Piensan que para conseguir un mundo más justo o para ayudar a los desfavorecidos hay que pasar necesariamente por un leninismo más o menos amable, un pensamiento infantil y ridículo.

Ahora bien, ¿es más justo el mundo ahora que un menor ha pegado un puñetazo al presidente del Gobierno? Para ellos sí lo es. Lo es porque les han contado que es Rajoy el culpable de todas las injusticias, de su infelicidad, de la infelicidad de los demás y de las miserias de todos (exageradas y sobredimensionadas hasta el extremo por ciertos medios y oenegés con la mano muy larga). Así que lo normal es acabar con el villano de los desahucios, la desigualdad y la pobreza extrema, aunque sea a golpes. Es más, si puede ser a golpes, mucho mejor.

Supongo que pedirle a un joven contención es como arar en el mar, supongo que decirle que tal vez no entiende casi nada de lo que ocurre sería ofender su infinita capacidad de comerse el mundo y su título honorífico como miembro de la generación mejor preparada del universo. Pedir humildad a un niñato no puede suponer más que ganarse, en efecto, una hostia en la cara. Pero mi idea, cuando doblo en edad al mamporrero, es justamente esa, que un adolescente es básicamente un ignorante, que es una locura que un menor de edad esté radicalmente ideologizado y que en España hay un exceso de política por todas partes que va a traumatizar a muchos (un exceso impuesto por ciertos medios, por cierto). Y el que crea que es sano que España lleve dos años en campaña por los intereses de la casta, que se lo haga mirar.

Y no tan jóvenes

Alguien en Twitter (@MrCriticMr, gracias a él) me acercaba hábilmente una entrevista del diario Público publicada hace unos pocos días. Una profesora de Historia que ha superado los treinta años nos sirve una declaración con la que se construye el titular: “No perdono al PP lo que ha hecho con mi futuro, ni que terminase con mis ilusiones”. Si leemos un poco más, nos cuenta que había intentado sacarse unas oposiciones de maestra pero los recortes lo pusieron tan difícil que no lo consiguió. Además, buscaba trabajo en cafeterías o tiendas pero en las entrevistas “sufría mucho, te desprecian, no perdonan que hayas estudiado. Es frustrante”. Vale. Así que decidió emigrar a Londres, donde trabajó en un pub y en un McDonald´s, donde encontró pareja pero “un cúmulo de circunstancias la empujó a un estrés extremo” por el que recibió una medicación. Aquello le llevó a una depresión con dos intentos de suicidio. Las circunstancias personales y laborales que cuenta en la entrevista justifican el estrés, indudablemente. Son muchas y muy enrevesadas, toda una aventura. Finalmente, regresó a España para intentar recuperarse, con la idea de volver a Londres en un futuro próximo.

He comentado alguna vez que no es una desgracia que un joven emigre (por cierto, siempre a los países más capitalistas del mundo). Entre otras cosas, para eso creamos un mercado europeo con fronteras abiertas. Lo que es una desgracia es que emigre con estudios y acabe trabajando en McDonald´s y trabajando más horas de las debidas y casi en peores condiciones que en España. Eso es un fracaso de nuestro sistema educativo.

También es un fracaso que esta chica llegue a la conclusión de que tiene autoridad y razón para culpar al presidente del Gobierno (al de ahora o a cualquiera) de que no consiguiera una plaza de profesora en una escuela pública. O que considere que puede responsabilizar a alguien que no sea ella misma de las experiencias traumáticas vividas en Londres. Porque responsabilizar a un gobernante de eso sería tan delirante como reconocerle al político el mérito de que encontrara pareja allí. Esta profesora andaluza (a la que deseamos mucha suerte en su regreso a Inglaterra) no es más que una víctima más de ese mensaje que hemos servido a los jóvenes para su tranquilidad: vosotros estáis sobradamente preparados y os esforzáis una barbaridad todo el rato, es el sistema, es la corrupción, son las desigualdades, es el capitalismo en su conjunto y es el PP en particular los que tienen la culpa de que las cosas no os vayan bien.

El futuro y las ilusiones de cada uno de nosotros nada tienen que ver con Rajoy o con Zapatero. Dependen de nosotros y nosotros somos los responsables de nuestros éxitos y de nuestros fracasos. En un entorno de razonable libertad, descargar en un político la culpa de las malas decisiones de uno mismo o de sus propias limitaciones es básicamente cobarde. Y lo dice (escribe) alguien que se ha equivocado muchas veces y ha fracasado en unas cuantas cosas. Es una actitud cobarde y triste, de esclavo, de persona que no controla su propia vida, de irresponsable y de deshonesto. Algunos tenemos ya una edad como para estar jugando al “he aprobado/me han suspendido”. Porque el que no asume su fracaso como propio, tardará más en levantarse y simplemente se quedará esperando a que un político con grandes promesas sustituya al político anterior, al responsable (en su mente) de su fracaso y el que acabó con sus ilusiones. Y difícilmente podríamos hacer algo peor que dejar nuestros propios sueños en manos de un burócrata.

Extra: las portadas

Por la noche, algunos tuiteros descubrieron que ABC había manipulado su portada exagerando, según ellos, las heridas de Mariano Rajoy. Incluso algún conocido periodista chavista (al que aproveché para recordar su futuro próximo) se hizo eco desde Venezuela de la supuesta manipulación del periódico madrileño. Al fin y al cabo, son el mismo bando del que pega y del que ríe. Luego se dieron cuenta de que en la portada de El País también habían exagerado la foto del presidente herido. A la fiesta se unía El Mundo, también manipulando, controlado por los bancos, el FMI y el gobierno suizo. En el caso del periódico dirigido por David Jiménez no gustaba el titular: “Un joven de extrema izquierda agrede a Rajoy en plena calle”. Parece que decir la ideología del agresor, a pesar de ser el móvil del incidente, no les gusta a, precisamente, tipos de extrema izquierda. Igual su problema no es un titular, sino su ideología de mierda.

El caso es que los tuiteros comparaban las portadas de los periódicos y las fotografías de Rajoy que habíamos visto horas antes y veían una clara manipulación, algo escandaloso y perfecto que llevarse a las fauces para poder hacerse las víctimas tras una tarde incómoda para sus intereses.

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Lo cierto es que El País y especialmente ABC publican sus portadas en Internet muy saturadas. El color de la pantalla del ordenador es un color puro. Si lo vas a imprimir, ese color pierde fuerza al ser absorbido por el papel. Por eso se exagera la saturación en las portadas, calculando que el resultado final impreso sea el correcto. Todas las portadas que publica ABC, vistas en el ordenador, tienen unos colores totalmente irreales. No es una manipulación, sino un cálculo para que el resultado sobre el papel sea el correcto. Sirva de ejemplo esta imagen del propio Rajoy con Merkel y Hollande.

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¿ABC intenta que Merkel parezca una naranja por algún motivo? No, es simplemente la visualización en el ordenador de una portada hecha para ser enviada a la imprenta. Lo mismo ocurre con otras tantas portadas de ABC con la saturación del color exagerada.

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Vean qué cara de naranja tiene Carlos Herrera, qué cara rojiza tienen Sánchez, Iglesias o Fernando Alonso o miren a Rajoy, casi sangrando de la cabeza en el Congreso. ¿Manipulación? No, saturación propia de una versión para imprimir. Con la portada de El País ha ocurrido algo similar, como pueden ver más arriba. Los colores salen tan quemados que Feijóo parece un tomate.

Pero la extrema izquierda tuitera es tan zafia que, antes de buscar una explicación aceptable, da por hecho que todos los periódicos al mismo tiempo han manipulado sus portadas. Esta es la gente que ganará tres mil euros al mes en cuanto juntemos su sagacidad en un puesto de trabajo y a Pablo Iglesias en el gobierno, ya lo verán.

Así que ahora, gracias a los engañabobos habituales de Twitter, miles de personas piensan que la prensa de su país ha manipulado las fotografías de portada para exagerar las heridas del presidente del Gobierno. Y estas mentiras, como todas las demás que circulan por Internet, por redes sociales y por medios supuestamente profesionales, también son ideología, también generan violencia. Lo peor, los engañados luego nunca piden explicaciones a los que les han engañado, salvo si son ABC o La Razón, que entonces se enfadan como monas. Es lo que tienen las sectas, nadie reprocha nada al líder. Se mira para otro lado o se agacha la cabeza si es necesario.

Tal vez paso demasiado tiempo en Twitter, donde parte de la izquierda celebra las desgracias físicas y personales del rival político, donde la peor escoria del país aprovecha para vomitar sus consignas. Y tal vez por eso tengo una visión más negativa de algunas cosas de lo que debería. Pero esa gente de Twitter sale a la calle dispuesta a asaltar los cielos y una buena parte sale también dispuesta a convertir en un Picasso la cara del que no comulgue con sus ideas trasnochadas. Y es bueno saberlo y estar advertido, por lo que pueda pasar.

La campaña está siendo asquerosa, repugnante, seguramente la peor que recuerdo. Está siendo muy bolivariana, como marcan los nuevos tiempos, está siendo en proporción a esa nueva juventud que considera lógico votar a una formación como Podemos, aunque les haya engañado decenas de veces en unos meses. Esa juventud manipulable, a la que le ponen el “No a la guerra” en la boca en el momento en el que lo ordenan los de arriba. Esa juventud que apoya escraches, que aplaude agresiones, que se ríe de que llamen gratuitamente drogadicto a un candidato, que da por hecho que todos los que no piensan como ellos son unos fachas, esa juventud que entiende la democracia como la dictadura de la mayoría, esa juventud que se ha acostumbrado en internet a creer que da lecciones y no hace más que el ridículo. Es esa juventud que no valora su libertad individual y que apenas se valora como individuo, sino como parte de una masa. Esa juventud para la que realmente todo vale y cuando algo grave ocurre lo único que sabe hacer es sacar la calculadora electoral. Esa juventud es buena parte de nuestra juventud. Y entre tanta decepción, las únicas buenas noticias que tuvimos ayer fueron que el presidente está bien y que el agredido no fue Pablo Iglesias. Creo que caminamos sobre el alambre.