Victoria de Trump. Drama mediático y Miley Cyrus llorando. Las encuestas han fallado, los pronósticos de la prensa han sido un desastre, el periodismo ha muerto. Los listos no han dejado de salir de debajo de las piedras desde que acabaron las elecciones. Ahí están los que sabían lo que iba a suceder mientras toda la prensa mundial confabulaba para perjudicar a Trump y para engañar a los ciudadanos. ¿Por qué era razonable dar por segura la victoria de Clinton? ¿Por qué no acertaron las encuestas? ¿Qué ocurrió? ¿Por qué no dejo de hacer preguntas retóricas en vez de ir al grano?

Gana Clinton, seguro

Yo estaba convencido de que Clinton sería presidenta. Todas las encuestas daban victoria demócrata, todas las casas de apuestas pagaban cuotas altas por una victoria de Trump y la campaña del candidato republicano fue un desastre espectacular, pisoteando todos los cánones de la comunicación política más básica. Trump perdió los tres debates con Clinton (tal vez, podemos concederle un empate en el segundo) y su campaña fue una sucesión de exabruptos, meteduras de pata y revelación de secretos de su pasado (o el de su mujer) más o menos graves. Según iban acercándose las elecciones, más personajes iban dándole la espalda. Incluso en un momento dado, el sistema, en su indudable sobreactuación, intentó que abandonara la carrera hacia la Casa Blanca. Pero aquello de tocar coños entrepiernas no derribó las expectativas y la ilusión generada por el candidato. Tal vez algunos votantes incluso lo encontraron un planteamiento razonable con el que se sintieron identificados. A Trump le gusta tocar y a mí también, así que tiene mi voto. Se intentó hacer de aquella filtración su sentencia de muerte, la estocada final y se fracasó. Pero el fracaso lo conocemos hoy, con los votos contados.

Aparte de por las sensaciones de la campaña y la gran mayoría de las encuestas, en definitiva, yo descarté la posibilidad de que un candidato ganara al establishment y pudiera sobrevivir a una tormenta mediática pocas veces vista. Por ejemplo, media docena de periódicos apoyaron a Trump, por los doscientos que apoyaron a Clinton. Era la maquinaria pasando su rodillo sobre un candidato políticamente más bien torpe, con un pasado polémico y que no contaba ni con el apoyo de buena parte de su partido ni con el de la mayoría de los referentes conservadores. En cambio, su rival contaba con decenas de apoyos del mundo de la intelectualidad norteamericana y de la cultura y el espectáculo y sus escándalos parecían siempre minimizados. La victoria de Trump era imposible. Pero ganó.

En la recta final pudo haber signos de que no todo iba bien para los demócratas por determinadas reacciones exageradas (de los propios líderes políticos, por ejemplo) y por algunos cambios que se produjeron en la campaña de Clinton a última hora. Pero esas señales son fáciles de interpretar ahora, claro.

La prensa hizo lo que tenía que hacer. Que los periodistas acepten lo que digan las encuestas y valoren lo que se intuye por el desarrollo de la campaña y por la balanza de apoyos públicos de uno y otro y dieran mayoritariamente por segura la victoria de Clinton es algo absolutamente razonable. Lo que no era razonable era negar esa evidencia demoscópica, simplemente porque alguien tenía un pálpito. Porque ya me dirán cómo alguien puede adivinar el comportamiento que van a tener en la jornada electoral doscientos millones de electores si no es con encuestas.

La mayoría de los que apostaron por la victoria de Trump expresaban un deseo y simplemente tiraron los dados y salió lo que buscaban. Hay algunos que previeron la victoria republicana y la explicaron con cierta solvencia, con datos, con tendencias, dibujando realidades y particularidades del momento. Y acertaron y lo respeto. Pero tuvieron suerte, la misma que Trump.

Victoria a cara o cruz

Trump no barrió a Clinton, aunque la diferencia en el voto electoral finalmente fuera notable. En el voto popular, los demócratas aventajaron a los republicanos en hasta dos millones de votos (la mayor ventaja obtenida por un no ganador en toda la historia de Estados Unidos), pero los de Clinton estuvieron peor repartidos para sus intereses. La candidata demócrata casi ha igualado los votos del Obama de 2012, aunque ha quedado a cinco millones del de 2008 (todavía quedan votos por contar).

Trump se encontró con el escenario perfecto para él, tal vez el único en el que podía ganar con un techo de votos que él mismo había ido construyendo sobre su cabeza política. Desde 1992, ningún candidato había llegado a presidente con menos del 46,6% de los votos, que fueron los que obtuvo Trump. Y en aquel momento se dio la particularidad de que un candidato independiente, Ross Perot, se hizo con el 18,9% de las papeletas. En 1992 ganó Clinton con el 43% de los votos. Algo similar ocurrió en 1968 con un tercer candidato peleón que redujo el resultado del ganador, Nixon (43,4%). Esas son las dos únicas excepciones en los últimos cien años de candidatos que llegaron a presidentes con menor porcentaje de votos que Trump. Dos casos excepcionales en cien años. Además, RomneyKerry, Gerald Ford o Al Gore obtuvieron mayor porcentaje de votos que Trump y no llegaron a la presidencia.

El escenario fue anormal y, como digo, afortunado para el candidato republicano. Ganó en Pensilvania, en Wisconsin y en Florida por poco más de un punto. En Michigan lo hizo por tres décimas. En Pensilvania, donde se recogieron seis millones de papeletas, Clinton quedó a 68.000 votos. En Florida votaron más de nueve millones de personas y Clinton perdió por poco más de 100.000 papeletas. En Wisconsin, con casi tres millones de votos emitidos, el republicano tuvo una ventaja por debajo de los 30.000. Y en Michigan, con 4,7 millones de votos validados, la ventaja de Trump fue de menos de 12.000. Estos estados fueron esenciales en la victoria de Trump. Clinton obtuvo una victoria ajustada en el pequeño y electoralmente casi irrelevante New Hampshire y en Minnesota (mediano), donde ganó por un punto y medio.

El Boston Globe calculó (tal vez para aliviar tras los deseos no alcanzados) que con que 53.667 norteamericanos hubieran cambiado su voto en favor de Clinton, ella hubiera ganado. Es decir, con un cambio en el 0,045 por ciento de los votos, los demócratas podrían haberse llevado las elecciones. Con que seis mil personas en Michigan, trece mil en Wisconsin y treinta y cuatro mil en Pensilvania hubieran cambiado el sentido de su voto, Clinton habría ganado. Entre los tres estados recogieron catorce millones de votos. Sí, es poner votos a dedo y por encargo, pero es la evidencia de lo ajustado del resultado. Pudo ocurrir en la misma realidad, en el mismo país.

El Washington Post publicaba un cálculo similar, asegurando que fueron 107.000 votos de tres estados los que decidieron las elecciones.

Evidentemente, esto no es más que política ficción. Los votos que valen son los emitidos bajo las reglas que el país se ha dado a sí mismo. No pretendo quitar valor a la victoria de Trump, histórica en tanto en cuanto se impuso al sistema, a los medios, a las élites, a los partidos tradicionales (aunque se presentara incrustado en uno de ellos). Sí pretendo dibujar la suerte que tuvo Trump, lo ajustado que fue realmente el proceso y lo imposible que fue para nadie adivinar qué es lo que iba a ocurrir. El análisis más respetable, a lo sumo podía llegar a adivinar que Trump tenía posibilidades de ganar. Los que fueron más allá tenían imposible saber qué harían esos pocos miles de ciudadanos del noreste que decidieron el resultado. Cien millones de norteamericanos con derecho a voto se quedaron en su casa, que podrían haber cambiado el resultado de muchas formas.

El desastre demoscópico

Las encuestas fallaron en sus conclusiones, incapaces de predecir la debacle de Clinton, la caída estrepitosa que sufrió a pesar de que su rival empeoró los resultados republicanos de hace cuatro años. Muchas encuestas dibujaron que Clinton tenía una ligera ventaja con respecto a Trump. Finalmente sí obtuvo una ligera ventaja, al menos en votos. Pero de nada le sirvió.

En la última semana de la campaña algunos sondeos se acercaron al resultado real y mostraron la tendencia al alza de Trump. Hubo periodistas que anunciaron que el candidato republicano había entrado en la zona de margen de error de las encuestas y que podía estar en situación de ganar (así lo contó, por ejemplo, el corresponsal de Antena 3 en Estados Unidos, José Ángel Abad). Por ejemplo, a pocos días de las elecciones CBS daba una ventaja de cuatro puntos a Clinton y Bloomberg una ventaja de tres. El promedio de las encuestas hablaba de unos 170 votos electorales por definir y de un empate en Florida. Empate que aproximadamente se produjo, aunque la balanza se inclinara en favor de Trump por 1,2 puntos y 120.000 votos (con un electorado de veinte millones de votantes).

El escenario estaba abierto y varios estados estaban demoscópicamente (invento palabras) ajustados. Eso sí, el mayor error que se cometió fue que la mayoría de los medios decantaron esos empates y resultados ajustados en estados clave en favor de Clinton.

CNN fue conservadora. Redujo su error a WisconsinMichigan y Pensilvania, dejando más escenarios abiertos (como Florida). Esta televisión concedía a Clinton 268 votos electorales seguros, que tampoco consiguió. La víspera de las elecciones, Fox News publicó una predicción similar a la de CNN, donde garantizaba 274 votos electorales a Clinton. Eso sí, subrayaban que estados como FloridaMichiganWisconsin o Pensilvania podían darse la vuelta y permitir una victoria de Trump. Pero la cadena confiaba en que estos estados, que llevaban tiempo sin votar republicano (algunos, más de treinta años), acabarían apoyando a Clinton. Los cuatro fueron para Trump.

Muy criticado fue el caso del New York Times, que en el final de la campaña aseguró que la candidata demócrata tenía entre un 85% y un 90% de probabilidades de ganar. Pues menos mal.

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El periódico, a modo de disculpa, ha enviado una nota a sus suscriptores en la que reconoce que subestimó las posibilidades del candidato republicano en unas elecciones erráticas e impredecibles.

Los Ángeles Times era de los pocos que daba ganador a Trump, con tres puntos de ventaja sobre Clinton (que tampoco se produjeron) el mismo día 8.

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El mismo medio paralelamente hacía una proyección en la que daba 352 votos electorales a Clinton un par de días antes de las elecciones. Otorgaban Florida, Wisconsin, Ohio, Michigan y Pensilvania (incluso Arizona o Carolina del Norte) a los demócratas. El periódico explicaba que la ventaja era muy corta en todos ellos. Trump se los llevó todos.

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En la misma mañana del martes 8, Univisión titulaba “Estados Unidos elige entre dos mundos opuestos en una carrera ajustada”. Daba 265 votos electorales a Trump y 273 a Clinton. Todo en el aire. Y se hacía eco del promedio de las encuestas (que daban alrededor de un punto y medio de ventaja para Clinton), subrayando que había muchos estados realmente igualados.

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Finalmente, el error medio de las encuestas se situó entre el 2% y el 3%. No es un nivel de error especialmente alto, menor que en 2012 y equivalente a la media histórica de Estados Unidos en los últimos 50 años. Todo entró dentro del margen de error del que advierten previamente las encuestas. Por desgracia, los fallos se concentraron en estados clave, como Michigan, donde la media de las encuestas apuntaba a una derrota de Trump por cuatro puntos y donde ganó por tres décimas. O Florida, donde se esperaba que Trump perdiera por la mínima y acabó ganando por algo más de un punto. Las encuestas no detectaron el leve giro republicano de ciertos estados (algunos habitualmente demócratas) y se dibujó una realidad alternativa en el resultado global. Se asumía la dificultad de acertar el resultado de Florida, pero no se esperaba que Trump se llevara varios estados que llevaban desde los ochenta sin apoyar a los republicanos.

La gente es muy rara

Creo que algunos factores aumentaron los errores de cálculo. En octubre, Trump parecía desahuciado. The Atlantic (que había publicado alguna encuesta en la que demócratas y republicanos empataban) pronosticaba una ventaja de Clinton de once puntos (49% contra 38%). Trump había perdido el primer debate televisado y se había destapado el famoso vídeo con comentarios machistas. Según las encuestas, estaba en su peor momento de la campaña, a unos siete puntos de Clinton según el promedio de los principales sondeos.

Creo que el factor vergüenza tuvo un papel fundamental en los resultados de los sondeos. Frecuentemente hay una determinada opción electoral que algunos votantes no quieren reconocer públicamente. Ocurrió en el Brexit, seguramente ocurrió en Colombia, ocurre en España con el Partido Popular y ocurrió con Trump, especialmente en sus peores semanas.

Trump recuperó terreno en las encuestas de los últimos días, en buena parte, porque sus escándalos y salidas de tono quedaron diluidos, olvidados y digeridos. Creo que se redujo la vergüenza a reconocer que se le iba a votar. Pero tal vez la distancia real con Clinton nunca fue muy grande, simplemente en determinados momentos pudo influir bastante la vergüenza a reconocer que se pretendía votar a un machista, racista y demás (que no digo que lo sea, me refiero a pequeñas hegemonías sociales incluso puntuales).

Aparte del elector vergonzoso, también está el votante confiado, el que se queda en casa porque da por hecha la victoria de su opción favorita y luego se lamenta cuando llega la derrota. Si es encuestado, proclama su apoyo a un candidato. Pero luego, el día de ir a votar se queda en casa.

Y finalmente está el elector cabreado. El enfado moviliza y el ciudadano que aspira a un cambio acude a votar con más ganas y con mayor probabilidad que el ciudadano que quiere continuidad. Creo que este aspecto fue clave para la triste victoria del Brexit (donde también fallaron las encuestas). En estas elecciones norteamericanas el factor cabreo fue más importante que el factor miedo (miedo a Trump). Las expectativas que había generado Trump en sus electores eran mucho más grandes que las generadas por Clinton, una candidata básicamente continuista y poco ilusionante.

Las encuestas no afinaron y casi ninguna consiguió acertar con el margen estrecho que separó a ambos candidatos. Pero, aunque periódicos y televisiones querían que no ganara el candidato republicano, no creo que hubiera una conspiración de esos medios, empresas demoscópicas y universidades (que también hicieron encuestas y también pincharon) para decir que Trump perdería seguro. Siempre hay algún medio que puede publicar alguna encuesta exótica, pero nunca he creído en un acuerdo global de sondeos. Además, en los últimos meses las propias encuestas dieron como ganador a Trump en algún momento y concluyeron un empate varias veces. Creo, además, que dibujar adrede un escenario (conspiranoico) en el que los republicanos no tienen ninguna posibilidad de ganar podría provocar que el votante anti Trump se confíe y se quede en casa. Esa conspiración, aparte de complicada, es jugar con fuego. En mi opinión, adivinar un vuelco como el que se dio en un escenario tan particular no era fácil, sencillamente.

Pero hubo gente que acertó

Claro. Cuando cada día se publican miles de opiniones y más o menos sesudos análisis, alguno tiene que coincidir con la realidad. Especialmente cuando la probabilidad de que ganara un candidato u otro era del cincuenta por ciento. Si mañana cayera un meteorito en la Tierra, seguro que encontraríamos a alguien que lo advirtió. Esto me recuerda cuando un tipo soñó que el Papa se llamaría Francisco, lo publicó en Twitter y acertó. O cuando Paco Rabanne advirtió de que la Estación Espacial Internacional caería sobre París. De haber ocurrido, diríamos que este hombre era un genio.

Me decía alguien en Twitter que vale más acertar de chiripa que equivocarse después de hacer complicados estudios. No, acertar de chiripa no vale nada, igual que sacar un seis en un dado o acertar la lotería no tiene mérito alguno. Cuando en Navidad entrevistan a los ganadores del Gordo, todos los años hay alguno que dice que él sabía que iba a salir ese número. Claro, claro. Y de los veinte años anteriores en los que también pensaste que iba a salir tu número y no acertaste mejor nos olvidamos.

Insisto, que desde el sofá de su casa en Madrid y sin aportar un solo dato, alguien adivinara el comportamiento de un electorado de doscientos millones de personas en un momento concreto que estaba por venir es puro humo. Humo del bueno. Respeto algunos análisis, pero hasta esos análisis se encontraron con la cara acertada de la realidad por pura casualidad.

Un escenario en el que respetaría a estos señores es aquel en el que la mayoría de los medios vaticinan la victoria de Clinton, unos cuantos alertan de que eso no va a ocurrir y finalmente es arrasada con Trump. Pero eso no sucedió.

Otros comentaban en las redes sociales que los que no supieron predecir la victoria de Trump no podían ahora analizar el resultado y los motivos por los qué ganó. Es un argumento flojísimo. Antes de las elecciones los periodistas solamente comentaban encuestas y el escenario que esas encuestas dibujaban. Es casi el único modo que tienen de adivinar el comportamiento de los ciudadanos de un país. Y tras las elecciones han seguido haciendo exactamente lo mismo, comentar la encuesta verdadera, la que vale: las elecciones. Esta idea de que si basándote en encuestas no supiste adivinar la victoria de Trump ahora no tienes derecho a analizar lo ocurrido es una estupidez colosal. Es como si la policía, tras no haber evitado un atentado, quedara desacreditada para analizarlo y buscar a los culpables.

Seamos serios: los que dijeron que Clinton ganaba seguro se equivocaron, pero los que dijeron que Trump ganaba seguro también se equivocaron, porque ni mucho menos era seguro.

Más allá de los aciertos o errores en las predicciones, sí debería preocuparnos que el noventa por ciento de los medios (o más), se posicionaran a favor de uno de los candidatos. Es cierto que Trump no lo puso fácil, con sus órdagos y sus salidas de tono. Buena parte de los medios que apoyaron a Clinton simplemente estaban subrayando su condena legítima a un candidato tan especial como Trump. Pero no es el escenario idóneo para una democracia.

Igualmente, ha quedado demostrado que los grandes (y medianos) medios no tienen tanto poder para influir en el voto. Eso es una buena noticia, que reconforta. En determinados contextos el electorado no es tan manipulable como cabía prever. Cada vez hay más medios, cada vez hay más formas de recibir y de difundir información y para el sistema cada vez es más difícil controlar la opinión pública. Eso es una victoria de todos.

Desde luego, la campaña contra Trump fue una tormenta que también sufrieron los ciudadanos. Tras la noche electoral hemos visto lágrimas, miradas de terror y consultas infinitas en las oficinas de inmigración canadiense. Buena parte de la población norteamericana ha sufrido un shock. Les han contado que Trump es el demonio y el demonio ha ganado y va a ser el presidente. Los psicólogos tienen trabajo para una temporada.

Señores, terminemos. El periodismo ha muerto, por diezmilésima vez. Los medios han dejado de informar y ahora se dedican a influir, comentan. Realmente, los medios llevan siglos queriendo influir e influyendo. Y hacen bien, siempre que haya suficientes voces libres. Lo que ha cambiado es la conciencia de los ciudadanos con respecto al papel de los medios. Y eso es bueno y mucho más importante que la habilidad de las encuestatoras y de los gurús. La gente votó lo que quiso. Ganó Trump. Ganó por la mínima.

Extra periodismo

Hay un mal muy extraño que sufre el periodismo: cuando un periodista o un medio se equivocan, es el fin del periodismo. Eso sí, cuando un médico mete la pata, nunca es el fin de la medicina. Cuando un científico falla un experimento, nadie entierra a la ciencia. Los periodistas estamos siempre expuestos y nuestros errores son públicos. En la mayoría de las profesiones las meteduras de pata son privadas. Cuando a un panadero se le quema el pan, lo tira y vuelve a hacerlo. No se entera nadie y punto.

Extra liberaloide

La victoria de Trump debería servir de reflexión a todo el mundo para hacerse liberal :P. No siempre van a ganar los políticos que nos gustan. Así que cuanto menos poder tengan, mejor.

No es tan difícil salir de esa ficticia lucha política en la que tú defiendes un candidato y el de enfrente defiende a otro. Luego, las pocas veces que gana el partido que querías, tu vida no cambia en absolutamente nada para mejor.

Para mí, los mejores políticos son los que menos molestan, los que menos poder tienen y los que menos dinero público manejan. Y el país soñado es aquel en el que te da igual quién gane las elecciones porque a ti no te va a afectar especialmente. Todo lo demás es un engaño en diferentes grados: gobiernos que solamente sirven para beneficiar a unos y perjudicar a otros y cuya valoración final depende de la opinión pública y de a cuánta gente han perjudicado o beneficiado. Y de cuánto se han beneficiado los propios políticos y sus amigos y familiares. Para colmo, buena parte del electorado aspira a que los políticos sirvan de excusa para robar a sus conciudadanos. En el fondo, todos sabemos que no es decente.

La solución lógica ante políticos malos, corruptos o que no nos gustan, libertad y gobernantes con poco poder.

Actualización: una de las predicciones más acertadas y precisas que vimos fue la del periodista y tuitero @alonso_dm, que acertó el mapa electoral en el mes de agosto, nada menos. Muchos teníamos la suerte de seguirle desde mucho tiempo antes. En su blog comenta cómo fue su caso y las consecuencias de su acierto. Muy recomendable.

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